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Index

Dennis Duncan


Tomás Villegas


Index, un libro –físico– sobre la historia de los índices. Algún desprevenido, de flaco arrojo y cierta pereza intelectual, podría aventurar que existen pocas cosas tan desarticuladas de nuestra coyuntura, tejida a la velocidad algorítmica de la virtualidad. No obstante, y como señala el escritor y profesor inglés Dennis Duncan, responsable del volumen, la primera página web fue, justamente, un índice (sobre la propia web). Simultáneamente, no hay que ejercitar demasiado el intelecto para anoticiarse de que cada vez que creemos estar navegando por internet estamos, stricto sensu, ojeando el índice que Google ideó para nosotros.

Dos tecnologías, de diferente materia y factura, habilitaron las condiciones necesarias para la materialización de los índices como los conocemos hoy. La aparición del códice –sería imposible hacer uso de un índice en los interminables rollos de papiro o pergamino previos al antecesor del libro–; y la utilización del orden alfabético (orden que no interesaba, en gran medida, a la Baja Edad Media). Fue por entonces, alrededor del siglo XII, con la aparición de las universidades y las órdenes mendicantes –los dominicos, los franciscanos– que irrumpió nuestro celebrado dispositivo; y que implica, sobre todas las cosas, un modo de usar los textos. La conferencia universitaria y el sermón practicado por los frailes, géneros, dice Duncan, asociados al "hablar bien", fueron los discursos necesarios para amalgamar el códice y el orden alfabético. El índice habría surgido, así, para agilizar los procesos de lectura; tornarlos más efectivos en nuevos espacios socioculturales y en circunstancias pedestres en los que, hasta entonces, circulaban otros tipos de palabra.

A diferencia de la tradición monástica, que hacía de la lectura silente, la contemplación y la meditación una acallada forma de vida, las universidades formaban estudiantes para carreras religiosas o seculares bajo un paradigma didáctico distinto, ligado a la exteriorización: el comentario, las controversias, las exposiciones de citas de autoridad, que requerían de agilidad lectora, de un método veloz para hacerse de fragmentos textuales mínimos o extensos. Paralelamente, los frailes dominicos y franciscanos fatigaban los caminos de la plebe, mezclándose con ella, hablando su lengua; alejados del latín y de los castos claustros de los monasterios, predicaban en el territorio con énfasis y cálculo; siendo la persuasión el objetivo último de su discurso, la búsqueda veloz resultaba vital para la eficacia comunicacional. Era hora, dice Duncan, de la creación de nuevas herramientas, era tiempo del predecesor del índice, la distinctio. Esto es, un ayuda memoria, la selección de un tema o palabra clave que, si bien no se centra en las apariciones del término en el códice, esclarece el o los sentidos que se le atribuyen.

La aparición del índice implica en verdad una bifurcación en su funcionalidad; se trata de dos formatos que conviven hasta hoy: el índice de palabras y el temático. La concordancia –así se llamaba el primero– ha resurgido con músculo virtual en nuestra actualidad. Basta pensar en las ventanas y barras digitales, en el Ctrl + F que los usuarios de hoy día pulsan con impaciencia.

Duncan es hábil –aunque no económico– en la historia que redacta (y que redacta, a decir verdad, con la meticulosidad de un monje copista). Didáctico en el uso de licencias narrativas, propone un trayecto que se inicia, como vimos, en la Edad Media, para terminar en nuestros días, dedicándole incluso unas cuantas líneas al hashtag. En su recorrido recala en lo crucial de un invento clave, tan importante como natural nos resulta: la aparición de los números de página impresos, centrales para la asistencia en la localización de información.

Se demora también –por mencionar una, entre tantas cosas– en batallas mordaces y sarcásticas que diversos autores ingleses del siglo XVII disputan en –aunque parezca mentira– un puñado de índices temáticos. Y repara en una borgiana (e histórica) Index society, surgida a fines del siglo XIX, cuya meta última era la inverosímil creación de un índice universal del conocimiento, todo un "instrumento educativo" que iría creciendo y actualizándose con el paso del tiempo y el esfuerzo hercúleo de sus colaboradores.

Como toda tecnología de la información, el índice supo fomentar sus fobias y resistencias. Jonathan Swift, por caso, protestaba –en un tono que nos es familiar– por la pereza de los lectores. Es que los lectores, decía –y se refería a su época, principios del siglo XVIII– ya no leen, fingen haber leído solo por haber ojeado el índice de un libro. Como si alguien –argumenta– describiera un gran palacio habiendo conocido únicamente sus letrinas. Esta desconfianza al cambio tecnológico vinculado a comunicaciones del saber no es privativa de la historia de los índices, desde luego. Ya Platón nos recordaba cómo Sócrates, hablando con Fedón, refería el mito del dios Theuth, inventor de una herramienta de apariencia provechosa, aunque de gran peligro: la escritura. Ésta mitigaría las capacidades de la memoria y la atención frente a los oradores, puesto que cualquier pérdida u olvido sería susceptible de recuperarse en el texto escrito.

Para un investigador como Duncan la historia de los índices refracta, en cierto sentido, la de los comportamientos humanos. Su apego a las formas establecidas, sus resquemores ante las posibilidades de cambio y, al mismo tiempo, paradójicamente, su inquebrantable voluntad de innovación y progreso. Las cosas cambian mucho sin cambiar del todo, parece decir el autor. Esperemos que Duncan tenga razón, a pesar de que el futuro que se avizora –cruel, deshumanizado, distópico–, construido a merced de los caprichos de unos pocos tecnócratas y de la apatía ciudadana, no parece tener precedentes históricos, sino literarios: las ficciones especulativas de la más escabrosa ciencia ficción. Aunque tal vez esto –y aquí radica nuestra mayor esperanza– también haya sido dicho.

9 de septiembre, 2026

Index.jpg

Index. Historia de los índices
Dennis Duncan
Traducción de Juan Nadalini
Ampersand, 2026
402 págs.


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