“Oye la voz con que te lees callada esta página”. Esta es una de las muchas oraciones que componen La voz del buey de Carolina Sanín, un libro no solo difícil de clasificar sino también capaz de interpelarte en forma directa, como bien lo demuestra el ejemplo precedente. Sanín escribe un texto fascinante sobre la lectura; un volumen más que se suma a la colección sobre lectores dirigida por Graciela Batticuore para Ampersand. Una podría preguntarse qué más puede decirse sobre la lectura y este libro respondería con creces; qué menos. La fascinación que provoca Sanín se construye de diferentes maneras. Primero, a partir de esta interpelación directa que sorprende en forma repentina, porque si bien se trata de un reiterado recurso utilizado en múltiples veces en la historia de la literatura, el hecho de que la referencia se encuentre en femenino provoca un efecto disruptivo que hasta resulta ridículo de constatar: estamos acostumbrados al lector, al masculino e, incluso, más acá en el tiempo, al tratamiento inclusivo con todas sus variantes; pero al femenino, liso y llano, salvo en revistas o libros exclusivos para mujeres, jamás. La primera reacción es dudar. Levantamos la cabeza. Interrumpimos la lectura. Nos preguntamos... ¿me habla a mí? No, pensamos... cuando dice “lectora” estará hablando de sí misma, como autora y como lectora. Pero pronto descubrimos que no. Sanín, simplemente, decide referirse al “lector” en femenino. Y con la potencia irrefrenable de ese minúsculo gesto, nos reacomoda ya en otro modo de leer. Un modo que tal vez en algún punto se desarrolle en el apartado denominado precisamente “Femenino”, donde al mencionar el origen del romance –la lengua hablada y no la de la escritura, de la que las mujeres estaban excluidas–, señala que tanto hombres como mujeres, al mamar la lengua de madres y nodrizas, imitamos al hablar a una mujer.
La segunda razón por la que este libro resulta fascinante tiene que ver con la hibridez que lo caracteriza. No sabemos muy bien qué estamos leyendo, ¿un ensayo, una historia de la lengua y la etimología, poesía, un relato autobiográfico, una disquisición sobre religión, una reflexión metadiscursiva sobre el proceso de escritura del propio libro que estamos leyendo? Sanín, dueña de un virtuosismo del detalle y las conexiones inesperadas, va y viene, con absoluta naturalidad, de la experiencia personal a la anécdota histórica; de la precisión del dato historiográfico a la reflexión e interpretación literaria; de la materialidad concreta de la escritura y el presente de la composición del libro a la metáfora poética; del juego de palabras o de la forma de una letra a la moraleja de un cuento o el accionar de los animales de una fábula y, desde ahí, a su propia manera de leer el mundo y, por ende, de leerse a sí misma. No es este un texto conclusivo; es más bien abierto, ambiguo. Hay afirmaciones, es cierto, pero, sobre todo, hay preguntas. El tono espontáneo o provisorio del ensayo, el fluir del pensamiento, las lecturas inesperadas sobre qué es leer o el descubrir que tratar de entender qué es leer puede ser infinito se conjugan con la vasta enciclopedia que despliega Sanín. También deslumbra su capacidad de poner lupa sobre la materialidad del lenguaje de modo tal de producir interpretaciones que de tan a la vista, como la carta robada de Poe, pasan inadvertidas. Con su peculiar manera de vincular los relatos clásicos de tradición oral, las historias enmarcadas, los grandes referentes de la literatura universal con su propio taller de escritura, su vida personal y la composición de este libro, Sanín enseña a leer para leerse a sí misma. En ese proceso, se pregunta cómo leerse a sí misma –¿de qué texto soy analfabeta?– y cómo enseñar a los lectores a leerse a sí mismos a través de la literatura. En la literatura, enseña Sanín, todo está oculto y, a la vez, está legible. Se trata de saber descifrar bien el oráculo. El oráculo no se equivoca; sus intérpretes, sí.
La lectura y la experiencia de vida se muestran en igualdad de condiciones. Leer no es, entonces, suspender la vida; y vivir, no es suspender la lectura. Todo es un continuum. Aunque la lectura sea definida como un descanso –incluso cuando es un trabajo– lo abarca todo, lo invade. El recuerdo de la experiencia concreta y personal no solo conduce al recuerdo de una lectura y a la escritura de esa lectura y de ese recuerdo, sino que también expone cómo se lee esa experiencia pasada desde el presente.
Desde su departamento en Bogotá hasta su recorrido por las bibliotecas de Buenos Aires u otros lugares del mundo, La voz del buey es como el hilo de Ariadna que guía por el laberinto de las ciudades pero también por los espacios de virtualidad contemporánea como X, que da título a otro apartado y pie, a su vez, para reflexionar sobre la curiosidad de la elección de una consonante impronunciable para reemplazar a una vocal genérica. Se elige el silencio, se separa la escritura del habla, para introducir una justa consideración política. Sanín no pretende, según ella misma manifiesta, provocar polémica, pero sí llama la atención y explicita su posicionamiento y el de este libro al respecto: la opción por usar el femenino genérico y la variación indistinta entre lector y lectora.
Formulaciones sobre el habla en su tensión con la escritura, sobre que hablamos en verso de arte menor y no en prosa, como tradicionalmente creeríamos, establecen recorridos que van y vienen desde y hacia el concepto de voz y de todo lo que en él se conjuga: el silencio o la sonoridad; la ablación como padecimiento físico por la extirpación de una glándula ubicada en el cuello, allí donde residen las cuerdas vocales; la historia tradicional de la sirenita y el sacrificio de su lengua cortada por amor. Este libro se pregunta, precisamente, cómo decir los tránsitos, esos minúsculos momentos inexorables y, a su vez, imposibles de nombrar. Sin embargo, allí reside una de sus marcas fundantes: el movimiento; el fluir constante de ideas, imágenes, analogías, recuerdos, lecturas, descripciones. Abrir el libro y leer es recorrer, transitar, moverse, trasladarse; es un vaivén como el de las olas del mar.
La metáfora del buey proviene de uno de los libros centrales al que Sanín regresa una y otra vez: Calila y Dimna, una colección de relatos de origen oriental donde hay un buey llamado Senceba que la autora utiliza como metáfora. Su bramido resulta desconocido para el león, que nunca había escuchado ese sonido, hasta que interviene el consejero Dimna que le hace perder el temor. Allí está la voz de la escritura, con su dificultad para ser comprendida, y la capacidad de lectura del león que, en lugar de devorarlo instintivamente, empieza a entenderlo gracias a su benevolente predisposición. Pero Dimna, celoso de esta amistad, ejecuta una mala interpretación, una lectura parcial e insidiosa, y destruye la concordia. Sanín continúa con las homologaciones y se pregunta quiénes son, dentro suyo, el buey y el león; ¿cómo conservar la amistad entre lo que está escrito y su manera de leer que, en este caso, implica su manera de decir, de temer, de desear, de saber? Si ella es el buey, cómo ser leída con justicia; qué pasa cuando la voz lanzada en la escritura es malentendida: “El león me come, pero también me lo como yo, y sigo escribiendo con él dentro de mí”. Sanín parece ir de nuevo, con ese movimiento zigzagueante y apenas perceptible, de la metáfora del relato tradicional al propio libro que estamos leyendo pero desde allí, también, a su propio contexto y a su posicionamiento en el campo cultural y literario, no exento de polémicas, como resultado, principalmente, de sus intervenciones públicas.
Con una apertura que pone en primer plano el carácter silente de la lectura y la idea de que en general hay una preferencia por leer callados –aspecto que podríamos discutir–, Sanín revisa toda una serie de cristalizaciones en torno a la lectura que hemos aprendido y repetido sin discusión, incluso ella misma, de forma tal de habilitar preguntas sinceras sobre los lugares comunes que hemos sostenido una y otra vez. Si como se afirma en este libro, la lectura es silencio y el sonido es el de la mirada que recorre y cose, el de la mirada en camino, este libro nos invita a desplazarnos por un sinfín de ideas, pensamientos, preguntas, analogías para repensar(nos) a través de la literatura, por senderos a veces sinuosos o desconocidos, pero siempre sorpresivos, estimulantes y, por ello, cautivadores.
1 de julio, 2026

La voz del buey
Carolina Sanín
Ampersand, 2026
224 págs.