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Ángeles

Denis Johnson


Juan Vitulli


En 1982 se publica Ángeles, la primera novela de Denis Johnson (1949-2017). Cinco años atrás, Johnson se había establecido en Arizona luego de haber atravesado, sin suerte y sin rumbo, buena parte del territorio estadounidense. Instalado en Phoenix vivió primero en la casa de sus padres. Un modesto trabajo en el Departamento de Educación le permitió tiempo más tarde mudarse junto a su nueva pareja y, en sus pocos ratos libres, escribir mientras continuaba el largo proceso de rehabilitación de sus adicciones al alcohol y a las drogas. Johnson se esforzaba además por recuperar algo de la visibilidad que había obtenido con la publicación de sus dos primeros libros de poesía, escritos durante sus días en Iowa cuando no superaba los 20 años. Al inicio de la década de los 80, Johnson parecía mirar el desastre del pasado a través de un espejo retrovisor. A medida que él avanzaba bajo el sol tremendo de Phoenix aquello que lo había hundido mantenía una distancia regular, como si esperara el momento justo para acelerar y aplastarlo definitivamente. Johnson visitaba, semana tras semana, dos lugares que afectaron su vida y su escritura. El primero era la Casa Maverick, un antiguo motel donde ahora se reunía el grupo de Alcohólicos Anónimos y otras personas con problemas de adicciones. El segundo destino semanal era la prisión de máxima seguridad de la ciudad de Florence, en el condado de Maricopa, donde, por poco dinero, dictaba el taller de escritura creativa para los prisioneros. Dos de sus estudiantes se destacaron desde los primeros encuentros. Uno de ellos se llamaba Chuck Hadd y era un criminal de poca monta que cumplía una condena por traficar drogas desde México. El nombre del otro era Robert Smith, una leyenda dentro del penal, no solo por la calidad de sus escritos y el compromiso con el taller sino porque había sido condenado a muerte en la cámara de gas por un horrendo asesinato múltiple cometido en 1966. Años más tarde, Johnson confesó que fueron las conversaciones con estos dos reclusos (especialmente con Smith) lo que le permitió concluir la escritura de la novela en la cual venía trabajando desde la década pasada.

Ángeles es considerada un punto de inflexión en la carrera literaria de Johnson. Si bien el libro no iba a alcanzar el éxito en ventas y el estatus de clásico que, años después, lograrían los cuentos de Jesus'Son /Hijo de Jesús (1992), sí iba a posicionarlo dentro de un campo literario que vio con buenos ojos la aparición de este renacido de las letras. Pero Ángeles, leída hoy, más de 40 años después de su publicación, es mucho más que un gesto anticipatorio de lo que vendría, ya que es una obra que se sostiene por sí misma y donde es posible encontrar cada uno de los rasgos distintivos con los que identificamos a ese extraño mundo al que llamamos la escritura de Johnson. Ángeles es un tapiz alucinado, preciso, riguroso, adictivo, imperfecto donde se retrata (y se interpela) el vínculo entre la muerte y la belleza en la sociedad norteamericana de finales del siglo XX. La novela cuenta parte de la vida y cada segundo de la muerte de Bill Houston, un pobre tipo que repite, como tantos otros antes, el camino del desamparo. La pobreza, la marginalidad, el crimen, la falta de oportunidades, la locura y la muerte (cometida y sufrida en carne propia) son apenas pasos de un peregrino que, solo y errante, se detiene antes de desaparecer por completo de la superficie.

La trama de la novela es lineal y sigue de forma cronológica las acciones de un grupo de personajes que habitan en las zonas olvidadas del sueño americano, los que viven de las sobras de un banquete que solo pueden imaginar. La voz narrativa no juzga ni predica las debilidades de cada uno de ellos, sino que los pone allí, delante de nosotros, para que los podamos ver bajo una luz de intensidad variable que por momentos parece la del amanecer si bien sospechamos estar frente al comienzo de una noche oscura, quizás demasiado oscura. Hay algo en la forma narrativa y en los diálogos entre los personajes de Ángeles que nos recuerda al estilo que Leonard Gardner utilizó en Fat City (1969), una novela fundamental para entender la ficción de segunda mitad del siglo XX norteamericano. Johnson no solo amaba ese libro, sino que podía recitar de memoria extensos pasajes ante quien quisiera escucharlos. Ya sea por cuestiones familiares, por negocios o por mero azar, cada uno de los personajes de Ángeles forma parte de un cuadro mayor, a la manera de Brueghel, donde es necesario recuperar el centro de la escena para entender la intuición de cada detalle que en la historia converge. El centro imaginario de esta novela es Bill Houston. En torno suyo veremos surgir otras vidas pequeñas, a medio borrar, que al más mínimo roce con él inician una progresiva combustión hasta ser consumidos por completo. Johnson engarza así una serie de escenas que representan momentos particulares que los personajes experimentan y que irá empujándolos a formar parte de una historia mayor, una historia violenta. Ángeles no es, como buena parte de la narrativa actual parece querer convencernos, un libro sobre un tema, digamos, la violencia, el crimen, las drogas o la pena de muerte. Ángeles es un libro violento, criminal, adicto y mortal. Los personajes pueden o no entender lo que les está pasando, pueden incluso tratar de armar el rompecabezas que los llevó a estar donde están; pero no habrá en ninguna de las páginas de Ángeles un intento por explicar, justificar o incluso sentir pena por estas criaturas. Esta técnica de un narrador que parece no interponerse en el desarrollo de la historia que cuenta se mantendrá a lo largo de la novela creando un coro de voces que componen el paisaje sonoro de la novela (Johnson parece tener oído absoluto en materia de diálogos). Será a partir de este juego de múltiples perspectivas que descubriremos indicios de lo que cada uno de ellos esconde y carga. El lienzo que Johnson compone retrata, sin esperanza ni miedo, el inicio de una década que será la confirmación de un cambio de rumbo brutal en la sociedad y la cultura norteamericana.

La acción de la novela se desarrolla en cuatro movimientos (en el sentido musical del término) que suceden en diferentes zonas del territorio estadounidense. En el primero de ellos vemos a Jamie, una mujer joven que, junto a sus dos hijas pequeñas, sube en Oakland a un bus de larga distancia tratando de escapar de su esposo para caer en la red que Bill Houston teje desde el momento en que se cruzan en la ruta. El ritmo de esta zona narrativa del libro reproduce la lentitud y pesadez del vehículo que atraviesa los caminos despoblados. El viaje comenzará en el desierto, pasará por las grandes llanuras del centro del país para acabar en el espacio urbano e industrial de Pittsburgh. El segundo movimiento musical de la historia transcurre en esa ciudad pero bajo el signo de lo nocturno. Los hechos se acumulan como si el narrador fuera el encargado de barrer los pedazos de las vidas rotas que observa: Bill y Jamie recorrerán bares, moteles, calles vacías, callejones sin salida, conocerán personajes cada vez más siniestros y experimentarán un mundo que oscila entre el odio y la indiferencia ante ellos. Estas imágenes que Johnson compone conforman el residuo que deja en cada uno de los personajes la substancia que lo consume. El tercer movimiento del relato se da a partir de la idea de fuga. Ahora será Bill quien decida abandonar a Jamie y buscar suerte en Chicago. Ella viajará tras él, pero perderá otra vez el rumbo. En las páginas más duras de todo el libro veremos, sin poder alejarnos de la escena, a un personaje a punto de deshacerse frente a nuestros ojos. La reaparición de Bill en las calles de la gran ciudad sobre el lago evitará la total desintegración de Jamie. Pero al modificar el trayecto no evita el cumplimiento del destino ominoso que parece perseguirlo. Arizona será el espacio donde el cuarto y último movimiento tiene lugar. Toda esta sección se presenta como un viaje hacia la semilla del mal –en minúsculas. Allí conoceremos a la madre de Bill que respira mística y escupe delirio; veremos a su hermano mayor James quien es un pobre asalariado que no reniega de su pasado criminal; y por último aparecerá Burris, el menor de los Houston, adicto a la heroína y el eslabón más débil de esta oxidada cadena familiar. El viento del desierto les acercará a los hermanos un plan tan ridículo como predecible para los de su clase: robar un banco. El plan tiene como único destino el fracaso y Bill matará a un policía que antes le ha disparado su hermano menor. A partir de aquí la trama se acelera y se enfoca en las consecuencias de ese acto criminal. Primero la cárcel, luego los tribunales y el juicio, más tarde la sentencia y por último la brutal estadía en el corredor de la muerte antes de la ejecución. La cámara de gas recibe a Bill con las puertas abiertas. En una de sus paredes cuelga un cartel con una frase (un verso del poema Sunday Morning de Wallace Stevens) que el personaje no llegará nunca a comprender: “Death is the mother of Beauty” / “La muerte es la madre de la belleza”.

Ángeles es una invitación a un viaje que no cesa. Como ocurre en el conjunto de la obra de Johnson, el libro se mueve en espacios incómodos, no romantiza la marginalidad ni da colores ajenos al fracaso. Podríamos decir que el autor explora las vidas de las criaturas que se mantienen en el lecho y no las que nadan en la corriente, no porque asuma el (ya obsoleto) lugar del que le da la voz a los que supuestamente no la tienen. Al contrario, en la escritura de Johnson observamos un trabajo de escucha riguroso que nos permite oír, sin preguntarnos si nos agrada o no, una música no tan distante donde las voces, los quejidos, los ladridos, los chirridos e incluso el sonido del gas acumulándose en una cámara sellada herméticamente componen la melodía de una época que aún no ha terminado de pasar. La traducción de Benito Gómez Ibáñez es sumamente profesional y reproduce, con más aciertos que desaciertos, el ritmo de una prosa hecha de materiales múltiples, entre los que destaca la oralidad. El texto que se presenta en esta edición, vale aclararlo, está orientado al público lector peninsular. Para el oído argentino, sin embargo, las elecciones léxicas del traductor cuando reproduce el habla de la calle sonarán ajenas o levemente impostadas. Quizás, a casi diez años de su muerte, ya sea hora de reclamar para Johnson el lugar que se merece en nuestro idioma y en nuestras letras.

14 de octubre, 2026

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Ángeles
Denis Johnson
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Random House, 2026
232 págs.


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