Existe en Google maps –y, por tanto, se deduce que en la realidad– un pueblo de California que lleva este nombre: Bishop. También hay otro, más pequeño, en Texas. Sin embargo, el que construye el libro de Juan Vitulli, publicado por Beatriz Viterbo y, como se anuncia en la portada, ganador del Premio Fundación El Libro 2026, se ubica “en el Medio Oeste norteamericano”, “a medio camino entre Detroit y Chicago” y “a orillas del río Muskingum”. La rigurosidad de la cartografía desmiente la veracidad de estas indicaciones, pero la literatura es inmune a las verdades de los atlas. Bishop se nos aparece entonces como un significante al que deberemos darle un sentido o un significado propio en las siguientes doscientas páginas.
Reunidos en esa “unidad de lugar”, los ocho cuentos del volumen comparten un escenario y una historia local que se va reformulando y completando, en segundo plano, en cada uno de los textos. El crudo retorno de ciudad industrial a “la monotonía rural”, con sus fábricas fundidas y abandonadas: “desde que había cerrado la fábrica de autos, los negocios más destacados del centro eran ahora el bar, la ferretería y la casa de empeños”. Con su microeconomía atada a la caridad del Estado con sus cheques de la seguridad social: un paraíso de la precariedad laboral, del desempleo y de la delincuencia. Con mendigos y adictos viviendo con sus colchones bajo los puentes o cruzando como zombis las calles del pueblo. Con sus ociosos vecinos excitados por la inauguración de un Walmart, donde la imposibilidad de comprar las mercancías se verá compensada por el hurto, que les proveerá productos para canjear por pastillas de oxicodona y, gracias a ellas, aplacar los dolores de la existencia. Con su puente en forma de Y griega que, al llegar a la mitad del río, se bifurca devolviendo a quien toma el camino de la izquierda, “a esa parte de la costa de la que trató de alejarse en un principio. Son los habitantes de la ciudad los que no se cansan de repetir que tienen delante suyo una maravilla del ingenio y la técnica norteamericana que permite atravesar el puente y terminar del mismo lado del río que se quiso cruzar”. Este puente en forma de Y griega que quizás sea la epifánica metáfora de Bishop.
En primer plano irán irrumpiendo los personajes: hombres comunes que enfrentan, en algunos relatos, situaciones cotidianas, conflictos y crisis: laborales, matrimoniales o personales, que devienen excepcionales gracias a la tensión que construye la trama y el estilo narrativo de Vitulli. Esto sucede, por ejemplo, en “Pequeña Varsovia” en el cual los hermanos André y Tomasz, descendientes de inmigrantes polacos que se instalaron en el barrio Pequeña Varsovia, se reencuentran para una frágil reconciliación después de afrontar, cada uno como le permitieron sus recursos y sus traumas, la pérdida de la madre. O bien en “Y”, donde la pareja que forman Carter y Lucía intenta evitar que eso que existe entre ellos, eso “que se parece al amor”, se disuelva, compartiendo diversas actividades: desde ir al aeropuerto a observar el aterrizaje de los aviones hasta asistir juntos a la lectura de las sentencias de los juicios a criminales, para poder contemplar los efectos que estas provocan en los condenados. En otros, los menos en cantidad, lo extraordinario o lo límite, lo crucial, adopta la fachada de un hecho corriente y repetido, pero que oculta entre sombras su carácter definitivo y definitorio para el protagonista. Así, en “Trazado”, seguimos el familiar trayecto desde su casa hasta la escuela de su hija de un padre que lo recorre enajenado para ir a confirmar las dimensiones de una de las típicas tragedias americanas. También en “Coyotes. Un caballo”, Carlos emprende un periplo por la clínica y una granja con establo en busca de recursos que le permitan salvarse del asedio del traficante salvadoreño que lo amenaza: “En un inglés mal escrito le dice que, si esta noche no le lleva la plata, le va a cortar la oreja izquierda. No se asusta, solo se queda pensando por qué habrá elegido esa oreja y no la otra”.
Por formar parte de la misma totalidad, de la misma geografía literaria, algunos personajes gozan de la libertad de reaparecer y ciertos episodios o historias se retoman de un relato a otro, guiño del autor al lector atento, reforzando la sensación de unidad de Bishop como libro y como espacio.
Como en Salinger, como en Carver, las “historias mínimas” de Juan Vitulli sondean, auscultan el lado B, el despeluchado reverso del sueño americano –imperecedero, a pesar de haber demostrado ser contrafáctico–. Fácilmente se puede imaginar a esos personajes vencidos, aplastados por la soledad, la incomunicación, las adicciones y la cotidianeidad colocándose la visera roja con la consigna “Make America Great Again”, frase en la que el “great” suena a utopía o a ironía, y el “again”, a una falacia para desmemoriados. Aun con sus especificidades, con su sensación de extranjería, Bishop se vuelve familiar y cercana para quienes leemos desde un país devastado, con industrias y negocios que bajan definitivamente sus persianas, con cada vez más expulsados de un sistema que reparte con sádica inequidad las pérdidas y las ganancias. Bishop parece estar acá, entre Ushuaia y la Quiaca; no solo en la literatura, sino también detrás de mi ventana.
7 de octubre, 2026

Bishop
Juan Vitulli
Beatriz Viterbo, 2026
190 págs.