J.M. Coetzee, uno de los más refinados escritores en lengua inglesa, irrumpe a sus 86 años con lúcidos ensayos en los que no solo ratifica su ya reconocida política de resistencia al avasallamiento impuesto por el capitalismo en violenta expansión en tanto impone sometimiento de identidades, acaparamiento de recursos naturales y expoliación como sofisticación del coloniaje por países del primer mundo en detrimento de los intereses del resto de la humanidad, sino que en su condición de crítico literario da a conocer autores relegados y trasegados por las tormentas de arena del paulatino olvido o la marginación, ambas, entre otras, variantes de la extranjería y el acallamiento de voces que con argumentaciones diversas yacen bajo capas de apartamiento, sometidas a estratégicos intereses de dominación de origen y resultado devastador.
Se trata de dos textos de disímil origen e idéntica carga estética y moral de autoría de John Maxwell Coetzee, exquisitas ediciones a cargo del Departamento de Literatura de la Fundación MALBA: Compañeros de viaje. Ensayos sobre mi biblioteca personal y El amor y el matrimonio en Sigmund Freud y otros ensayos.
La ficción de Coetzee debe leerse como una obra incompleta, mejor dicho, una obra en curso entre la literatura y la filosofía en torno al sufrimiento del ser humano entre su inconsistencia, su perplejidad y su esperanza. No obstante, Vida y época de Michael K., Esperando a los bárbaros, El maestro de Petersburgo, solo por tomar arbitrariamente algunos de sus títulos, señalan al lector una dirección que permite esbozar un árbol genealógico literario más o menos previsible, y la deriva impuesta por la bitácora de su autor. Trabajos anteriores, como Costas extrañas y Mecanismos internos, tienen que habernos entrenado para enfrentar la feroz inteligencia de Coetzee que opera, más que como un programa en progreso, como un laboratorio del lenguaje. Cierto es que en Coetzee o, mejor dicho, en el enfoque siempre inquisitivo de Coetzee, se implanta al tiempo de la vivisección de autores y textos –selección que puede abarcar un solo libro o una sucesión de libros del mismo creador– una suerte de “sistema” que ilumina esa singular manera de leer.
La “Biblioteca personal” de Coetzee no puede, sin inconsciencia, ser abarcada en estos aleatorios comentarios. A riesgo de cometer una suerte de apostasía, me concentraré en los que considero maestros de maestros: Robert Walser y Franz Kafka. Los hilos más o menos secretos, digamos las tramas de quien se ciñe a la esencia de la palabra llevada a su esencia (Walser), y quien ofrece resistencia ante aquello que expone en su absurdidad, pero sin calificarlo como tal y, de cierto modo, aceptándolo como inexorable (Kafka), esos hilos aparecen bajo apariencias distintas en Coetzee. Este los elige junto a otros tantos escritores y los hace parte de su existencia como autor. Walser y Kafka se distancian, tan solo, por el desmadejamiento azaroso de existencias divergentes, enveses impuestos por época y lugar de nacimiento, por educación y ausencia de ella, por religión y familia, de modo que no es disparatado imaginar que se vuelven uno hacia el otro y se miran en sus textos. Coetzee, a su manera –¿por qué no decirlo?– exenta de énfasis, pero nunca desprovista de emoción, hace de su prosa algo similar a lo que hicieron Walser y Kafka: deflagrar la prosa para reconstruirla y exaltarla. Como si se empeñara en dar con la frontera en la que se produce el quiebre o fractura de la ciencia de los cristales, si nos atenemos a que la física es a las ciencias exactas lo que la alta literatura es al arte. Luego está una característica personal en Walser y Kafka, que va más allá de todo legado, lo que sucedió muy por fuera de sus propósitos: el olvido seguido del rescate, como si hubieran sabido que toda consagración en vida es un malentendido.
Los estantes de Coetzee se completan, así lo consigna este tomo, con Hawthorne, von Kleist, Musil, Flaubert, Tolstói, Defoe, Rilke, Pound, Stevens, Cavafis, Neruda, Brodsky, Herbert, Enzensberger, Oswald, Eliot, Ginsberg, Wordsworth, Hölderlin, Baudelaire, White, Madox Ford y Samuel Beckett (este último, sobre quien Coetzee escribió su tesis doctoral: The English Fiction of Samuel Beckett: An Essay in Stylistic Analysis). Va de suyo que abordar el examen de los nombrados excede estos apuntes y la competencia de quien suscribe. No puedo siquiera pronunciarme sobre los diversos grados de consanguinidad o conexidad entre esa nómina, que (no sé si ya lo dije) se me antoja enunciativa más que taxativa, y las preferencias de Coetzee.
Tres premisas operan, en lo que a mí respecta, como coordenadas para situar el punctum de las argumentaciones (literarias, sociológicas, políticas, en suma) de Coetzee: la primera: la mirada alusiva y al mismo tiempo lateral sobre cada uno de los escritores de su biblioteca; la segunda: la curiosa decisión de tomar a algunos de ellos por una sola de sus obras y a otros por la totalidad de la misma; la tercera: la peculiaridad un tanto acre –no como sustantivo sino como adjetivo en su acepción más fosfórica– con que encara su labor escrutadora.
Centrándonos ahora en el segundo de los libros que nos competen, El amor y el matrimonio en Sigmund Freud y otros ensayos, la intensidad con la que Coetzee señala con astucia las peculiaridades del matrimonio entre Martha Bernays y Sigmund Freud me devuelve, en espejo, la felina actitud del Coetzee de siete u ocho años en tanto estudiaba el vínculo amoroso entre su madre Vera Wehmeyer y su padre, Jack Coetzee. En Infancia queda planteado esta contienda. La audaz comparación surge postquam legi –después de haber leído– el extraordinario relato autobiográfico que Coetzee tituló Infancia y que forma parte, junto a Juventud y Verano, de su elogiada trilogía.
En cuanto al extenso ensayo que dedica a Bernays y Freud, elijo centrarme en las dificultades que a este último parece haberle causado “el amor perdurable” y sus implicancias, sin eludir qué significarían aquellas para el creador del psicoanálisis. Coetzee no se adentra en territorios salvajes sin haberse provisto antes mediante lecturas exhaustivas y comprobaciones mediadas por la ciencia. La distancia medida en términos humanos entre el genial indagador del inconsciente y la represión, el padre del análisis de los sueños, de la estructura de la personalidad, de las etapas del desarrollo sexual y las peripecias de un joven enamorado, implica someterse a movimientos sísmicos que Coetzee no rehúye. Propongo un giro copernicano, volver al Coetzee de la confesión y la autocensura, esa flagelación hacia sí mismo que puede leerse en sus trabajos más íntimos y personales. “Sigmund Freud –nos recuerda Coetzee– describía el deseo sexual como un estado perturbador, y, en efecto, desagradable de excitación nerviosa”. Que tal deseo y que, cualquier deseo, resulte “perturbador” describe una accesible evidencia. Que la excitación nerviosa desconcierte, opera entre iguales parámetros de hecho y comprobación del hecho. La cuestión radica entonces, por qué Coetzee ve en Martha y Sigmund el germen que formará parte de una doctrina recóndita por venir, y a continuación se aplica a incursionar en los dominios de Calíope. Y lo hace atribuyendo a Schopenhauer y a Freud la responsabilidad de haber dirigido su pensamiento hacia las cenizas de Aristóteles, quien, por mor de condescendencia, se aviene a volver sobre sí mismo y lo hace ad hoc: Post coitum omne animal triste, “...después del coito todo animal se siente triste. Triste o desilusionado...” Pero la secuencia continúa: la tristeza precede al reposo, y el reposo al pase de taumaturgia de la iluminación: “todo animal tiene un fugaz momento en el que reconoce que había estado atrapado en una ilusión”. El acto sexual, por tanto, como producto de la enajenación. Al apareamiento le sigue la separación para reponer el orden natural de las cosas, recobrar el sentido de las mismas, volver en sí.
Es, tras estas cuestiones que han sido superficialmente enunciadas, que sobreviene una inferencia preliminar: el concepto positivista que ofrecía la ciencia hacia fines de la primera década del siglo XX, hace que Freud no asuma como tarea la de discurrir sobre la ilusión que impulsa a esos cuerpos que vislumbra enajenados y repuestos gracias a la distancia que habrá de separarlos. Es cuando irrumpe en la vida de Freud la amistad con el escritor Romain Rolland que se complica todo. Rolland desafía a Freud a investigar científicamente, es decir psicológicamente, “esos sentimientos de comunión mística con la creación que podían encontrarse en todas las culturas”. Freud rechaza el desafío. “Yo no puedo descubrir en mí mismo –expresa– ese sentimiento oceánico”. Rolland insiste: “sin dudas el psicoanálisis debe tener algo para decir sobre la experiencia religiosa y sobre el sentimiento oceánico”. En palabras de Coetzee, Freud no aprobaba esas variaciones por fuera del judeocristianismo que podrían catalogarse como “misticismo”. Un paso más allá: “Freud no aprobaba esas tonterías”.
En una carta dirigida por Freud a Rolland el 20 de julio de 1929 queda expresada esa reacción (violenta puesto que habrá violentado a Freud): “Para mí el misticismo es tan enigmático como la música”. Coetzee da por sentado que Freud no tenía sensibilidad para la música. Ocurre algo peor: entre Freud y Rolland ya asomó amenazante la roma cabeza de un bicho taladro, la carcoma que hará más frágil, polvo apenas, la amistad entre ambos por haber sincerado sus encontradas posiciones.
A medida que se avanza en este ensayo, la suma de hipótesis adquiere mayor calado, tanto en el plano especulativo como en el emocional. El que podríamos designar como capítulo: “Sigmund y Martha: compromiso y matrimonio” es volcánico. Las cartas de amor entre los pretendientes se multiplican (reunidas, ocupan cinco tomos voluminosos) y Coetzee se asombra de que Sigmund siquiera roce expresiones tales como: “...tú y yo estábamos destinados a amarnos”, o “el destino nos unió”. Para salvar tal negligencia, Coetzee nos reenvía otra vez a los griegos, esta vez a Platón, al Banquete de Platón. En él, Aristófanes insiste con la fábula de que hubo una vez en que los seres humanos éramos “masculinos y femeninos” en un mismo cuerpo, circunstancia que traía aparejada una despreocupación del otro, del deseo del otro (me pregunto si se soslayaba así la pulsión que reclamaba la saciedad sexual). En fin, los dioses hicieron su tarea y separaron los cuerpos y "nuestro destino fue recorrer el mundo en busca de esa otra mitad faltante" (Banquete, 193 a-e, en Platón).
Veamos ahora los otros textos, los Otros ensayos, que reúnen a cuatro escritores:
En “Jack London como fotógrafo”, Coetzee sostiene que en el escritor inglés convivían tanto el magistral autor de ficciones como quien, para ganarse la vida, urdía contratos con publicaciones gráficas que le permitían no solo visitar parajes distantes y exóticos sino también procurarse una holgada subsistencia. Queda, sin embargo, expuesta como precaria su integridad respecto de una profesión para la cual, obviamente, no resultaba competente. Jack London resulta indiscutible como célebre novelista. Se cierne sobre él la sospecha de que no ostentaba la calidad de fotógrafo documental. Ello a pesar de las 12.000 imágenes tomadas entre 1900 y 1916. Entre los registros de placas que se le atribuyen se cuentan el terremoto de San Francisco de 1906, la Revolución Mejicana, y el archivo de la extrema pobreza en el East End londinense, en el que se reúnen imágenes de los primeros años del siglo XX en las cuales capturó las condiciones de extrema indigencia (La gente del abismo) que denominó “documentos humanos”. Resulta definitiva la aseveración de Coetzee: “London no era un fotógrafo de guerra, ni siquiera un fotógrafo profesional”. Como sea, la niña coreana que retrata en una de sus fotografías expone y compromete, en sí misma y a pesar de su poesía, a la naturaleza humana.
La historia de vida de Behrouz Boochani, periodista y cineasta, defensor de los derechos humanos, permite a Coetzee pronunciarse en “Refugiados del mar en Australia”, sobre las políticas migratorias internacionales; con particular énfasis sobre las decisiones diplomáticas de Australia, país que le ha concedido ciudadanía, vasta isla en su casi totalidad deshabitada. La ética irreductible de Coetzee amerita la literalidad de su pensamiento: “Behrouz Boochani, en la mira del régimen iraní por su apoyo a la independencia kurda, huyó del país, se abrió camino hasta Indonesia y fue rescatado a último momento del innavegable bote en el que intentaba llegar a Australia. En lugar de que se le otorgara un hogar, sin embargo, fue llevado en avión a una prisión en una isla remota del Pacífico, donde pasó los siguientes seis años como invitado involuntario de la Mancomunidad de Australia”.
Podemos pasar por alto a Gorki para centrarnos en Zbigniew Herbert, en cuya actitud Coetzee ve una actitud con la que, sin dudas, comulga: ser escritor en oposición. A un régimen, a un sistema, a todo aquello que impugne la verdad y practique la dominación y el sometimiento. La propuesta dual de Herbert de un “temario” y de un “tratamiento literario del mismo”, hace a la convicción moral de Coetzee. Yace, en esa lápida sacrificial, lo humano y lo divino. “Apolo y Marsias” (1961) consagran con la firma de Herbert esa disputa.
Algo similar ocurre con Amos Tutuola (1920-1997), cuya figura y cuya obra fueron controversiales en su Nigeria natal. Controversiales es poco: hostiles. Lectores y críticos tomaron como una afrenta al pueblo nigeriano y a la “africanidad anglófona”, el hecho de que Tutuola denigrara el idioma inglés adoptando cierto “tipo de inglés” que vendría a ser una variante, se contaminaba por las lenguas propias del pueblo: el de la tradición oral yoruba. Increíblemente, ese corrimiento hacia los márgenes del inglés académico que se esperaba pues debía ser el instrumento del cual se servirían los escritores africanos colonizados, no solo fue aceptado por la prestigiosa editorial Faber & Faber, sino por la totalidad de los cronistas y público lector tanto de Gran Bretaña como de los Estados Unidos.
La infancia, la juventud y los primeros años de madurez de Amos Tutuola, estuvieron signados por la pobreza, la desescolarización, y por tareas que naturalmente lo separaban del arte: cobrero, herrero durante la segunda guerra mundial. “Para los nigerianos cultos el lenguaje de El bebedor del vino de palma... era fácilmente reconocible como el inglés de un empleado semianalfabeto. Les resultaba vergonzoso...”. La acusación del “mal inglés” a Tutuola, lo consagraría y lo crucificaría en un ascenso y descenso que no cedió, sino que se disolvió con el paso del tiempo. Explica Coetzee que, en la Conferencia de Escritores Africanos de 1962 en Uganda, se debatió con denuedo el caso Tutuola, ya que no solo desdeñaba el inglés que debía imperar, sino que atentaba contra los “valores occidentales en general”. El inglés pidgin de las calles. En él se gangrenaba el idioma homologado por los escritores orgullosamente sojuzgados por el imperio. En Londres no se lograba concebir que el inglés en el que Tutuola había escrito su obra tuviera tal resistencia, ya que los críticos, al leerla, la calificaban (portento de portentos) como colorida, poética, cautivadora, hechizante. Desde aquellos resistentes años de la guerra fría, la literatura de Tutuola sigue indemne.
Todo lo cual, sin duda, se vincula con la decisión manifiesta de Coetzee en estos últimos años de que las primeras ediciones de sus textos aparezcan en español, con la que se pronuncia en contra de la hegemonía de su lengua materna como idioma de colonización y disgregación de idiosincrasias, resulta por demás elocuente.
Los ensayos y la labor crítica de J.M. Coetzee son de una estremecedora singularidad: un curiosísimo recreador de lenguaje, de semántica y sintaxis, de lo dicho y lo no dicho, de lo excelso que puede manifestarse con rudimentarios signos sobre una hoja. Visitador del límite de todo aquello que subyace en un idioma y se escamotea a la mayoría de los mortales. Uno de los narradores y ensayistas más incisivos, elegantes y, hay que decirlo, prodigiosos de nuestro tiempo.
29 de julio, 2026

Compañeros de viaje: ensayos sobre mi biblioteca personal
J.M. Coetzee
Traducción de Cristina Piña
Malba, 2026
200 págs.

El amor y el matrimonio en Sigmund Freud y otros ensayos
J.M. Coetzee
Traducción de Gastón Rossi
Malba, 2026
168 págs.