Independientemente de sus eventuales elecciones, el componente fundamental de los mandatos de actualidad en el ámbito de la estética es su carácter restrictivo, su pretensión de acotar el campo de lo factible y de lo pensable a través de una exclusión deliberada. Por eso, más que aquello adopta o postula, importa lo que elige dejar afuera, lo que de manera explícita o implícita silencia e invisibiliza, recluyéndolo en ese desván de trastos viejos que supuestamente es el pasado. Resistir los mandatos de actualidad es por lo tanto resistir su carácter restrictivo, operar restituyendo al campo de lo pensable (toda vez que se considere necesario, claro) aquellas cuestiones que supuestamente han quedado en desuso, y en última instancia postular para el presente la posibilidad de un anacronismo radical, en el que nada a priori quede afuera. Es lo que, con la elegancia y la obstinación imperturbable de un samurái, viene haciendo desde siempre el crítico, traductor y ensayista Pablo Gianera, no por una razón programática sino porque es lo que naturalmente proyecta su sólida formación, la multiplicidad de sus intereses y su innegable erudición. En Persecución de la belleza, tal como lo indica el título, retomaba un concepto supuestamente perimido y, mediante una concienzuda indagación, acaba revelando su innegable actualidad, y exactamente lo mismo hace en El alfabeto natural, adoptando en este caso como núcleo temático a ese epifenómeno de la belleza que es el paisajismo. Ambos libritos, claro, forman parte de una serie, y es recomendable leerlos en tándem, pero su edición por separado es realmente un acierto, porque propicia eso que tanto escasea y que es fundamental para el abordaje de un ensayo filosófico: una atención concentrada, que recorte la cuestión abordada del resto, permitiendo una indagación medianamente elaborada. Al igual que lo que ocurre con la elección temática, también en la estrategia editorial se revela el carácter insumiso y la inteligencia reactiva del autor frente a la pobreza imperante, lo que supone nada más y nada menos que una forma relevante de resistencia.
Consciente de que el paisajismo, antes que una forma de representación, articula una dinámica de relación entre la naturaleza y lo humano, Gianera postula en principio una escena sintética pero ejemplar en la que ese vínculo se muestra en toda su complejidad: la de un hombre que se detiene junto a otro a ver un paisaje, y ante la presencia de unas flores que algo movilizan en él, desvía la mirada del mismo modo que “alguien se tapa los oídos por el ruido o retrocede ante el asalto de la fetidez”. En la brecha que abre esta “disonancia” quedan expuestos los componentes y las operaciones que caracterizan a ese “alfabeto natural” que se propone indagar. La atribución de un pasado que compete solo al hombre (y que por lo tanto las flores no contienen en sí), lo habilita a deducir que también el paisajismo funciona como una mediación que torna histórica a la naturaleza, volviendo asimismo al propio paisajismo en histórico. Y eso que se “moviliza” en el hombre cuando mira las flores, le permite a su vez mostrar la operación fundamental del paisajismo, que consiste en “fijar” e “internalizar” el movimiento característico de un fenómeno que es en todo momento y en todo sentido indeterminado, para que luego el espectador pueda volver a dinamizar (aunque con otro signo) ese movimiento internalizado a través de sus sentimientos. La belleza, por su parte, se incorpora a la ecuación y juega su papel a través de esa “lejanía” que, de manera característica, propicia el paisaje. Una lejanía que es sobre todo temporal, y que, nos dice Gianera, la belleza artística intenta acortar pero evitando anularla, en tanto opera en gran medida reteniendo de la belleza natural esa necesaria distancia: “la de una belleza que nunca puede poseerse toda y del todo”. En esta “cacería interminable”, propia del arte y en particular del paisajismo, se expresa la paradoja intrínseca a la belleza, que es “presencia” porque algo ausente se hace presente en ella, pero una presencia relativa porque, en tanto signo, no es más que algo “que se usa para dar a conocer una cosa ausente”. Si algo la caracteriza, en todo caso, es su carácter inaprensible, y por eso quizás queda en suspenso la pregunta en torno a si la belleza radica en el paisaje, en quien lo observa o en el pasaje que da lugar a esa “sucesión de momentos espaciales” que, tal como indica Gianera siguiendo a Adam Müller, figura el paisajismo.
Así, apalancado en una prosa tan afilada como sugerente y en un dispositivo que logra condensar en un ajustado ensamblaje referencia ajenas e ideas propias, Gianera logra su acometido, que no es otro que el de exponer y promover una contemplación renovada de la pintura paisajística, entendida como la plataforma estética en donde tienen lugar las múltiples y complejas implicancias del trato humano con la belleza natural.
1 de julio, 2026

El alfabeto natural
Pablo Gianera
AH, 2026
44 págs.