En 1966 la editorial Gallimard publicó un libro que en su última línea vaticinaba que si ciertas condiciones se modificaban, tal como había ocurrido en el siglo XVIII, podría apostarse a que el hombre se borraría, como en los límites del mar un rostro de arena”. Tres años más tarde, Michel Foucault volvería sobre esta idea de Las palabras y las cosas en una conferencia que titula “¿Qué es un autor?”. Ya no va tan lejos como en esa frase, no proclama la muerte del hombre y menos la del autor. Se limita a diluirlo en el conjunto de sus funciones. En el debate posterior a la conferencia casi todos festejan el nuevo consenso: no hay autor, no hay sujeto, solo funciones e interrelaciones de poder. Es el nacimiento del postestructuralismo. Casi todos festejan la nueva perspectiva; un húngaro –mezcla rara de Quijote y Sancho Panza– discípulo de Lukács y Piaget, se abstiene; adivinamos su incomodidad ante la “comunión de los santos”. Entonces propone una alternativa: es cierto que el individuo aislado no es el sujeto de sus discursos, pero disolver al autor y al sujeto en meras funciones es una ceguera política voluntaria. El autor de los discursos no es el individuo aislado, es el grupo; su ámbito no es el funcionamiento, sino la lucha de clases.
Esta intervención de Lucien Goldmann no encontrará oídos adecuados; llegaba demasiado temprano contra el postestructuralismo, demasiado tarde contra la moda estructuralista. Y también en su propio tiempo vital, pues moriría un año después. Su intento de establecer un estructuralismo genético no tuvo una influencia suficiente como para torcer el rumbo del pensamiento de ese tiempo. Hoy encontramos en sus libros esas potentes novedades que suelen esconderse en los libros que perduran contra el tiempo, que se mantienen en su ser como contratiempos para las modas intelectuales. Y el eje central de esas tesis está en El Dios oculto, libro que apareció en Francia en 1955 y que hoy publica nuevamente la editorial El cuenco de Plata.
Con esta edición se ha solucionado una serie de problemas que se arrastraban en la vieja edición de Planeta Agostini. La reposición del título original no es el menor de sus aciertos. Durante décadas el libro se había conocido en castellano con el sobreexplicado título de El hombre y el absoluto en lugar del enigmático y pascaliano El Dios oculto (Le dieu caché).
Si no se tratara de un libro imposible de resumir, podríamos decir que se trata fundamentalmente de dos cosas. En primer lugar, el ya citado pasaje de una concepción individual de la autoría a una colectiva, en la que se juegan además los conflictos de clase: el verdadero autor de los Pensamientos de Pascal o de las tragedias de Racine habría sido el grupo de los jansenistas y la nobleza de toga en descomposición. La segunda tesis, acaso más importante aún, es establecer una filiación antiintuitiva: el antecedente de la concepción materialista y revolucionaria es la visión trágica de la existencia. Para Pascal –pero como expresión de la "visión del mundo" jansenista– el mundo se había convertido en universo y la comunidad en individuos. Aspiraban a valores absolutos, a los que el mundo era absolutamente indiferente. Para la visión trágica, el mundo es una tragedia cuyo único espectador es Dios. Pero se trata de un espectador que no siente piedad o terror ante lo que ve. O al menos calla ante la tragedia. Por eso se trata de apostar a pesar –o más todavía, a causa– del silencio; retirarse de la indiferencia del mundo para concentrarse en la apuesta. Esa apuesta para los jansenistas es un retraimiento de lo mundano; puede darse como la especulación en Pascal, o incluso como música, según conjetura hermosamente Pascal Quignard sobre la figura de Monsieur de Sainte-Colombe.
Pero para Goldmann, lo interesante es que el pensamiento “dialéctico”, hoy diríamos “revolucionario”, no hace otra cosa que transformar la visión trágica del mundo. El sinsentido es el mismo, pero en este caso la apuesta es mundana: transformar el sinsentido del mundo en un mundo compartido. Devolverle al mundo su humanidad y al individuo la comunidad de la que forma parte. Se trata de una apuesta inmanente: el cambio –la revolución– no es algo a conseguir más allá, sino el sentido para hacer de un punto perdido en el universo un mundo y de los individuos aislados una comunidad. La visión trágica del mundo al estilo de Pascal no parece posible en nuestros días; las apuestas ya no buscan alternativas cualitativas al mundo dentro (o fuera) del mundo, sino acumular una mayor cantidad de lo mismo que ya hay. Volver a repensar las visiones trágicas que preceden a la modernidad puede ser un buen modo de hacer visible ese vaciamiento de nuestras apuestas vitales.
29 de de julio, 2026

El Dios oculto. Estudios sobre la visión trágica
Lucien Goldmann
Prefacio de Michael Löwy
Traducción de Silvio Mattoni
El cuenco de plata, 2026
448 págs.