Cada cierto tiempo el cine pide reinventarse. No le alcanza con su uso de la técnica, su asimilarse a lo que vemos y escuchamos en la comodidad de una experiencia cada vez menos imaginaria, tampoco se conforma con la atención global que genera; menos que menos le alcanza con trastabillar en la delgada línea que transita: el espectáculo o el arte, la inmolación formal o la culpa confesional. Una y otra vez insiste y quiere ser siempre otra cosa, por lo que tal vez esto lo vuelva dogmático, tirano, superfluo y celebratorio. Si no es la salvaguardia del sentido político de una época, el odioso destino común que se nos dicta, es la vanguardia de películas que pronto se olvidan porque otras ocuparán los deseos de lo nuevo. Hay entonces momentos en los que el cine parece haber olvidado su pasado, si es que, al lado de otras artes, alguna vez lo tuvo. Por suerte los ensayos de José Miccio inventan ese pasado cuando se vuelve lejano en medio del abuso del presente. Profundos, minucioso y sentidos, más que un destino común estos leen en el cine una distracción emotiva sin prédica. Aunque la misma resistencia que Miccio presenta al escribir sobre cine como un apasionado, por momentos es tan sintomática que, sin duda alguna, no escapa al renacer de lo viejo que, de buenas a primera, nos arroja a una melancolía autoimpuesta que por todos lados asoma. Es más, Miccio abusa tanto de ella que se las ingenia para encontrar nostalgia en lo próximo, fósiles en lo inmediato cambiante de ciertas imágenes.
Hay algo extraño en El lugar sin límites y es la conformación del libro que juega en contra de su lectura. Reunidos en tres bloques monolíticos, los ensayos de Miccio parecen haberse limitado a una atención puesta en la forma, el contenido que la extraña y la percepción de las imágenes que se inscriben y se dejan escribir en la retina de un yo. Aun cuando su autor piense el cine de un modo un tanto mas ahistórico, como lo señala en el siguiente pasaje donde la potencia de la infancia lo desorganiza todo, hay que señalar que lo performativo de la edición hace ruido: “El arte se presenta a menudo como una astucia de la infancia: un dispositivo mutante que alimenta la elaboración de obras mas o menos dislocadas, mas o menos improductivas, y que se alimenta a su vez de ellas, en un juego que no deja de demoler las jerarquías que su misma existencia funda ni de atacar la línea que su historicidad siempre sueña“. Parte de esa astucia de la infancia se podía apreciar en las diversas publicaciones donde Miccio dio a conocer estos ensayos: revistas, blogs, sitios web que, a la forma de un rizoma, daban cuenta de un cielo subterráneo, acaso el que se experimenta ni bien las luces se apagan y en la sala la película ocupa la pantalla. Tal vez por eso ensayos geniales como el que le dedica a Terence Davis inauguren otras series para leer lo que hay de dislocado en sus películas. Una afirmación como la siguiente: “El cine de Davis no conoce el tiempo posterior a 1960. O mejor dicho: a 1962, año de Love Me Do” son ciertamente maravillosas. Y lo son no tanto por lo provocativo, sino por lo que anticipan: “El de Davis es un mundo anterior a la invención de la juventud”. Así el cineasta y el crítico se encuentra en “un esteticismo melancólico, arrobador, que ante nada se disculpa”, el que desde ya habla muy bien de los dos. Y aquí la falta de disculpas es aplaudida, más si hace del pasado un valor emotivo, justamente cuando a la imagen le sigue la canción, cristal de tiempo, reliquia que lo refleja todo, otra de las armas de la crítica con que Miccio piensa el cine. Tal vez por eso, el bello ensayo sobre Renoir exponga una clave para leer el exceso de esa lectura que inventa una profundidad para el séptimo arte. A la pregunta ¿qué es el cine?, la respuesta podría venir de esas páginas: “la reposición de una continuidad olvidada”.
¿Pero qué nos recuerda el cine? En la última sección el ensayo titulado “La separación”, acaso el mas personal, parece exponer esa utilidad que en definitiva uno llama formación sentimental. Revisando películas en las que el matrimonio burgués fracasa, Miccio se cura de su afección reciente, pasa horas analizando interiores con frenesí semiótico, rastrea reacciones de actrices en su momento de verdad doliente, y no pierde oportunidad para mostrarnos la propia reacción que lo lleva a aferrarse a ese pasado de imágenes; pero al mismo tiempo que todo esto pasa, paradójicamente, se enferma cada vez más de sí mismo. Se trata del círculo vicioso de la cinefilia, algo similar a lo que Stendhal denominara “to the happy few”. La lección del cine podría entonces ser que todo melancólico es incurable, y que los síntomas, por más diversos que sean, siempre le recuerdan su condición de paciente transitorio. De Bergman a De Vito y de Calamaro a Manzi, el arte, sea fílmico o cantado, revela lo que está oculto, presta una estructura firme al espíritu conmovido, expresa lo que nos afecta pues “lo que el cine imaginó fundamentalmente como avatar de la vida burguesa, las canciones lo transformaron en el mas aceitado sistema de interpretación y aprendizaje sentimental que jamás haya existido”. La gramática de esas imágenes, lo silbable de dos minutos y medio en los que una eternidad cabe, permite entonces pensar por medio del montaje emotivo que seamos capaces de armar. Hecho de retazos de un tiempo perdido, el cine es el resto de todo lenguaje, la parte imposible de decir que, sin embargo, tiene un sobrante de palabras, melodías, secuencias, lágrimas de video tape por no decir de cocodrilo.
18 de marzo, 2026

El lugar sin límites. Ensayo sobre cine
José Miccio
Tapei / La vida últil, 2025
460 págs.