Lo que nos seduce de un ensayo literario es su forma, es decir, su no-forma. De su primo, el género académico (eso sí, de distinto apellido), maldice los grilletes estilísticos y aborrece los abstracts, hoy más que nunca, insípidos huesos regurgitados desde las fauces de la inteligencia artificial. El ensayo se autopercibe orgullosamente digresivo.
El realismo sentimental, de Carlos Surghi, es un fiel exponente de ese regimiento libertino. Aquí, el “tema” del ensayista no se revela de entrada. No hay, ni siquiera en el prólogo, menos en el título, indicios que traicionen lo que habrá de desarrollarse. A lo sumo hay pistas (“Quería por cierto que los temas estuviesen [...] para que poco a poco fueran desapareciendo”; “Los lugares en los que soy y he sido feliz el último tiempo me llevaron a pensar en mí Estudio y en el *Jard*ín de esta casa adonde ya hace unos cuantos años vivo”), pero la escansión es lenta. Se requiere un tiempo –el que marca el propio ensayo, no el del común de los mortales– para colorear el fondo de esa figura que es para Surghi el “realismo sentimental”: en términos muy vagos, esa relación íntima del sujeto con el entorno que reclama una y otra vez la mediación de la palabra; que tiene una obstinada necesidad de decir ahí donde la vida, a la vez que concede una emoción, la retacea en la fugacidad del instante.
La relación que mantienen, por ejemplo, los escritores con sus espacios de trabajo, es el campo explorado en “Estudio”, primero de cuatro capítulos en que se divide el libro. “Para escribir se requiere no solo de la administración o la pérdida del tiempo, sino también de la preferencia por el espacio”. Surghi repone la arquitectura de ese espacio en Sartre, Bataille, Kafka, Al Alvarez, para luego abocarse a su propio cuarto propio: una habitación exclusiva en la casa, o también, la cama del dormitorio –forzoso estudio nocturno en la época del embarazo de su compañera–; lo importante es que “el verdadero estudio en el que uno escribe lo que escribe es aquel que está situado en la intimidad, la cual, como lugar o sensación, como experiencia o invención, no está en ningún lado, salvo en donde lo escrito se vuelve legible”.
La intimidad. Los sitios evocados en el segundo capítulo, “Jardín”, son los terrenos de cultivo –en términos botánicos y literarios: el jardín suburbano de Londres en el que Keats compone sus odas, los jardines públicos parisinos desde donde Arnaldo Calveyra añora el verde litoral de su infancia, los Kew Gardens que inspiran los extravíos mentales de Virginia Woolf, la casa/santuario/set de filmación que fue el Prospect Cottage de Derek Jarman. De vuelta, algo en estas referencias literarias, acaso la idea de un lugar de creación y de cuidado que ellas comparten, redirigen al ensayista hacia sus vivencias personales (el advenimiento de la paternidad). Surghi ya nos previene en el exordio: “sólo quería escribir sobre mí mismo”, pero el ombliguismo, felizmente, no es uno de los pecados en que incurre El realismo sentimental. Quizás porque cuando el ego habla de lo que ama (y lo que ama no es, únicamente, él mismo), la autorreferencia es generosa; el tono es acogedor e íntimo como las escenas que la voz describe, o las fotografías de entrecasa que se intercalan entre los párrafos. Y lo que vemos allí es a un Surghi que lee todo el tiempo, aun, o sobre todo, cuando no tiene un libro entre las manos; cuando, por ejemplo, su hijo le pide explicaciones sobre “el ser” de un juguete (“Este quiero. ¿Me lo comprás? ¿Qué es?*“), Surghi no puede menos que remitirse a Walter Benjamin para concluir que “cuanto más envueltos por su incógnita se presenten, más genuinos serán como objeto”.
El tercer capítulo preconiza la deriva en su expresión más pedestre: el paseo. “El mundo del paseante es entonces una puerta abierta a la pérdida del tiempo”; “uno es el lugar hacia donde se va”. Varios paseadores célebres –Rousseau, Walser, Aira, entre otros– campean en las rumias surghianas, hasta que el crítico deviene geógrafo, o urbanista, y entonces la memoria vira de lo leído a lo visto: una plaza, un barrio, un cementerio, un jardín de vieja (sic), decorados que bajo el influjo de la gran curva del río (así, en cursivas, como un concepto acuñado a la Saer) hacen a una unidad de lugar: una ciudad, Córdoba capital, pero pasada por la criba del realismo sentimental.
El realismo sentimental no busca explicar, ni argumentar, ni convencer. Partidario del dejarse llevar, su apero de labranza es la lira (Surghi viene cultivando la escritura en verso desde hace tiempo, al igual que la labor académica). En este sentido, si hay algún pecado que enrostrarle, ese es la gula: un gusto intemperado por la construcción de la frase. La gracia estilística, no es casual, determina el elenco de autores que lo obseden; la arborescencia y el ritmo de un Proust, por caso, que a veces se le pega (“Qué amarga es ya la soledad cuando la infancia la sabe la contracara de una alegría perecedera pero intensa. Y aun así qué indómita la compañía de lo que hemos experimentado cuando la madurez nos hace volver a las voluptuosidades de la infancia”).
En las primeras páginas del libro, Surghi se refiere al ensayo como la “novela del pensamiento”. La misma expresión vuelve a ser utilizada en el último capítulo, pero con respecto a la práctica de la conversación. En efecto, en uno y en otra están la distracción, el juego, la reminiscencia, la predisposición a lo fortuito, el asombro, la epifanía, y un “sentir de la pérdida del tiempo en la fábula de la experiencia”. El encanto de una buena charla –léase, de un buen ensayo– reside en parte en su capacidad de mantenerse como un cauce siempre abierto al tema por venir.
La distancia geográfica y los exacerbados costos de los servicios postales quisieron que este reseñista leyera El realismo sentimental en una Kindle, aparatejo que hace de todo libro una obra sin contornos. Tal vez por eso los fabricantes, previendo los efectos ansiógenos de semejante desmaterialización, tuvieron la cortesía de dotar al software de un contador de páginas que indica el porcentaje de avance de la lectura –o, inversamente, el porcentaje que resta hasta el punto final–. Transitar ese countdown con El realismo sentimental da un poco de pena: se avizora el momento en que el cauce se secará. Entonces hay que recordar que es una ilusión; que los ensayos, como las buenas conversaciones, son infinitos.
29 de julio, 2026

El realismo sentimental
Carlos Surghi
Nube Negra, 2025
196 págs.