Diletante de fuste en el que conviven las facetas de escritor, editor, periodista cultural, crítico y traductor, al listado de atributos que ostenta el endiablado talento de Manuel Crespo (Chascomús, 1982) habría que sumarle, con En el cielo un hombre, su galardonada última novela, un conocimiento específico: saber cómo iniciar una historia. Un oficinista gris e innominado –que es todos y ninguno, y, fundamentalmente, la cifra de un significado escurridizo– sube a la terraza del edificio más alto de la ciudad, se quita los zapatos, se trepa a la baranda y se arroja al vacío. Un motivo inescrutable, fantástico, sin embargo, impide la caída: el hombre ha quedado prácticamente congelado allá arriba, suspendido en el aire a nivel de los pisos más altos. El hombre presenta mínimos signos vitales, ralentizados al extremo inverosímil, que denuncian, por dentro, una vida que, por fuera, no exhibe sino un rostro tatuado por un pánico inamovible. “Que la muerte viniera:” –dice el narrador– “eso pedía la cara en primer plano”.
La novela, claro, se aleja del hombre milagroso para enfocarse en una serie de personajes. Parejas adolescentes o sexagenarias, una mujer sola, que, en su relación con el hombre allá arriba, expresan, indirectamente, un interés: el de escudriñar el funcionamiento social, los ritos y comportamientos antropológicos encarnados, eso sí, en auténticos caracteres (sin olvidar a la ciudad misma, un organismo tecnológico y voraz que acusa todos los males y vicios del régimen capitalista: concentrar los recursos a costa de las periferias).
Crespo, decíamos, se aleja del hombre allá en el cielo puesto que, en gran medida, lo que importa en la narración se centra aquí abajo, en la tierra, en lo que hombres, mujeres, agrupaciones y el gobierno autoritario –caro a una distopía ligera– hacen de él. Ese hombre suspendido, que cae y no cae, resulta un mensaje indescifrable, un signo reacio a todo código, un símbolo de infatigable interpretación; en otras palabras, el horror. No se necesita más, afirma el narrador, para la desestabilización general. “No poder interpretar ese mensaje para volverlo inútil, o incluso para aprovecharlo si la oportunidad se presentaba, escondía la prueba de la fragilidad de todo el sistema”.
Entre el regocijo y el desconcierto por la incomprensión del milagro, surge espontáneamente un deporte –el “falso flotar”–, duelo en el que se semeja la postura del hombre sobre un promontorio y que no tardará en ser cooptado por el showbusiness. Emergen a su vez protestas varias y performances políticas. En torno al edificio –al lugar de la caída– el gobierno recrudece el control, la vigilancia y la represión. Y si bien el tiempo puede transcurrir –y la civilización conocida ser arrasada por una naturaleza desmadrada, incontrolable– no importa cuán precarios y efímeros sean los grupos humanos que renazcan: encontrarán en ese signo inmotivado una excusa religiosa o mítica para desentenderse de la finitud de la existencia.
Del hombre –que es todos y ninguno; que es, en simultáneo, radicalmente singular– sabremos poca cosa. Sabremos, en escasas líneas, de su fantástica capacidad para aquietarse por dentro y por fuera; de su consumo de tres medicamentos diarios; de su dificultad para vincularse amorosamente; y de su trabajo, silencioso e intrascendente, como administrativo en el edificio del que se arrojó. Una suerte de fantasma, dice el narrador, del que ni siquiera vale la pena burlarse. A diferencia de Núñez, el oficinista nietzscheano de Abelardo Castillo que en los albores de los años 60 pretendía revolucionar –con arma en mano y un discurso más convincente aún que las balas– la mente y el espíritu de sus colegas burócratas promoviendo un sesudo suicidio, el oficinista de Crespo –en la actualidad del cansancio, la transparencia y la infoxicación– no pretende persuadir a nadie. No deja, en efecto, carta alguna; no oculta, con su salto, un mensaje entrelíneas. Nada hay por interpretar puesto que nada –ni la conciencia individual ni el devenir del sistema– es susceptible de cambio. Y si de lo que no se puede hablar es mejor callar, solo queda ver, sin más, la caída, en suspenso, de un hombre. Contradiciendo a Onetti, los hechos no carecen de alma; son, estrictamente, lo que son. Tal vez esta sea, al fin y al cabo, la tragedia de nuestro tiempo.
19 de agosto, 2026

En el cielo un hombre
Manuel Crespo
Ediciones bonaerenses, 2026
130 págs.