En ocasiones, la primera traducción de un texto fundante dice (o, más bien, hace) mucho más de lo que promete. Queda claro que la reciente publicación en español de Encontrarse con el universo a medio camino. La física cuántica y los enredamientos de materia y significado, de Karen Barad, constituye en sí un acontecimiento en tanto nos acerca un testimonio de época que tiene el enorme mérito de haber logrado etiquetar ciertos problemas aún vigentes. La irrupción de este material, que hasta hace poco circulaba en la periferia epistemológica por la gracia de la reproductibilidad técnica, nos interpela sobre qué hacer con él. Nos interroga acerca de qué permite pensar su llegada y, sobre todo, nos convoca a participar en la concatenación reflexiva.
Tan lejos y tan cerca, todo lo actual tiene un tinte anacrónico y extemporáneo en estos días. Y aun así, llega justo a tiempo. Publicado originalmente en 2007, este libro hoy de culto se inscribe como sabemos en una constelación teórica que busca desarmar algunas de las dicotomías que organizaron buena parte de nuestra cultura epistémica (sujeto-objeto, naturaleza-cultura, materia-discurso, realidad-representación) a partir de una lectura de la física cuántica, particularmente de los aportes de Niels Bohr. La complementariedad de la materia (su naturaleza corpúsculo-ondular), y la consecuente indeterminación que para Bohr vuelve imposible medir simultáneamente ciertas propiedades (momento y posición) de una partícula, son los pivotes iniciales de la concepción de “realismo agencial” con la que Barad intenta escapar tanto a perspectivas representacionales como constructivistas, las cuales despuntan en el seno del debate en torno a “realismo” vs “antirrealismo” que atraviesa la ciencia. Como es de esperar, el representacionismo constituye un blanco fácil. Hace tiempo nos encontramos persuadidos de que no existe un mundo diáfano de fenómenos materiales al que nuestras representaciones accederían con mayor o menor fidelidad: no parece posible saber (si es que todavía es pertinente la pregunta) qué existe con independencia de cómo se mide y de las relaciones en las que se actualiza. El deslinde respecto del constructivismo se torna un tanto más complejo. Barad necesita afirmar que la materia no es pasiva, que participa activamente en la configuración de los fenómenos y que, por lo tanto, la realidad no puede reducirse a una construcción humana. En principio, no podemos concebir que la realidad sea la mera obra de un sujeto cognoscente.
El realismo agencial de Barad se compone, en consecuencia, multifocalmente como un entramado o patrón de interferencia. La operación es potente. También lo es el gesto de releer, de manera “difractiva”, universos que suelen mantenerse separados: el posestructuralismo, los estudios feministas de ciencia y tecnología y la física cuántica, entre tantos otros. La difracción como perspectiva (inspirada en el experimento de la “doble rendija” en el que la ausencia del dispositivo-observador da rienda suelta al reino ondular y sus propagaciones) no propone simplemente superponer teorías, sino leer sus interferencias y atender a los patrones híbridos que emergen de su encuentro. En este sentido, el emergente al que da lugar Barad es una “ontología relacional” en la que lo natural y lo cultural permanecen como dimensiones coimplicadas o “entrelazadas” (entangled) en una misma red material-discursiva. O más bien se encuentran, como propone esta versión al español, enredadas.
Las propiedades de los fenómenos sólo adquieren determinación a través de dispositivos, prácticas y múltiples “cortes agenciales” que producen fronteras y separaciones contingentes. Los discursos importan (matters) porque “materian”, conforman ónticamente un universo material que activamente “habla” bajo diferentes registros. Pero los discursos humanos no son los únicos que performativamente materian o importan.
Claro está que la perspectiva de interferencia o “difractiva” supone, desde el punto de vista posthumanista, una intra-acción donde los fenómenos eclosionan por la agencia conjunta de agentes humanos y no humanos, aparatos, cuerpos, discursos y prácticas materiales. Tal declaración de principios corre, no obstante, el riesgo de tornarse por momentos una repetición tautológica potencialmente vacía. El imperativo categórico subyacente de deponer la regencia ordenadora de la antroposcopía desjerarquiza el entramado de la materia, en cuya indiferenciación nos hemos sumergido. ¿Acaso hay un primer responsable en este enredo en el que hasta los hongos, los microbios y los entes artificiales “alzan” su voz? (¿reclamarán pronto los ositos cariñosos su merecido lugar en la cadena agencial?).
El problema del límite topológico encierra, como siempre, un dilema axiológico del que no podemos desentendernos bajo la liviandad de la corrección política. La agrimensura del problema que traza Barad es precisa; sin embargo la pregunta acuciante sería qué estatuto adquieren las entidades que emergen de esa cartografía relacional en la que todo pesa democráticamente lo mismo. Difícilmente podríamos estar reñidxs con el espíritu de teorías posthumanistas como la de Barad, ¿pero acaso no escuchamos el canto de las sirenas detrás de esa perspectiva difractiva con la que posmodernamente nos coquetea?
No podríamos por supuesto responsabilizar enteramente a Encontrarse con el universo a medio camino, escrito entre tantos otros textos en los albores del milenio; aunque parece que el acontecimiento de su publicación en Argentina lo pone justo ante la prueba de fuego a la que nuestro presente inmediato lo somete. El desarrollo vertiginoso de las IA nos enfrenta hoy con patencia a la presencia de aquello que hasta hace poco contemplábamos sólo en nuestros juegos retóricos. En nuestra ajetreada cotidianeidad, el problema comienza allí donde esta operación deja de ser un programa de lectura y pretende constituirse en una ontología. ¿Cómo distribuimos la agencialidad de aquello que llamamos “realidad”? Es decir, ¿qué estatuto queremos que tenga cada cosa en el reparto de lo sensible?
Precisamente allí aparece el verdadero enredo. Ahí donde Bohr postula la indeterminación como condición ineludible de la descripción física, Barad radicaliza no sin riesgo su ontologización. Aquello que nos libera de la fijeza de las certezas de la mecánica clásica y de sus rígidas ontologías de antaño se vuelve amenaza de errática deriva. El movimiento es filosóficamente audaz, pero no resuelve necesariamente aquello que se propone. Si la realidad es fundamentalmente indeterminada antes de sus determinaciones relacionales, y si todo tiene potestad de acción o corte agencial, ¿qué clase de realidad acabamos afirmando? Hasta hace poco el realismo agencial parecía, más que nombrar una realidad concreta, meramente especular sobre el proceso mismo por el cual algo llega a determinarse. No obstante hoy estamos ante agentes que comienzan a levantar sus voces sin necesidad de la segura tutela de nuestras mediaciones. ¿La intención bien pensante de renunciar del todo a las prerrogativas con las que nos habría investido el denostado humanismo no agrava el estrago que comenzó antaño la razón instrumental?, ¿acaso no empeora el cuadro el haber decidido soltar felizmente el timón abandonando el barco a su suerte?
Quizás el desafío que nos trae Barad sea, entonces, no aceptar su realismo agencial como una verdad revelada, sino hacerlo trabajar allí donde su indeterminación nos da todavía la posibilidad de repensar nuestro lugar como agencias en las realidades que queremos construir y habitar, nuestras complejas relaciones y los límites de ontologías que quizás aún no estén, por fortuna, lo suficientemente afianzadas. O tal vez quieran encargarse de esta compleja tarea los delfines y las arañas. Sentémonos a ver qué pasa. Palas nos diría que nos dignemos a recuperar la casa.
14 de octubre, 2026

Encontrarse con el universo a medio camino. La física cuántica y los enredamientos de materia y significado
Karen Barad
Traducción de Colectivo Pliegue
Cactus, 2026
640 págs.