Eran tres hermanos, pero uno de ellos murió. Dejó un gato, que la hermana insistió en conservar. El gato y los hermanos van ahora por la ruta, ella quiere volver a su casa, él quiere apurar el trámite de llevarla. Ambos se alejan de Estación Saturno, un caserío cerca de Guaminí, provincia de Buenos Aires, donde crecieron y de donde ella se fue; donde quedó el sepultado y donde la madre sigue viviendo.
Estación Saturno está dividida en tres partes, cada una de las cuales contiene capítulos divididos, a su vez, en entradas sustantivas como Lo que se ve, lo que se huele, lo que se oye, etc., mojones de atención que se hunden en el suelo fértil del trauma. La muerte del hermano es incesante, y los que salen de Estación Saturno no están de viaje, en realidad, sino de huida.
Paran a cargar el tanque y el gato se extravía o es robado. Los hermanos se lanzan a una persecución que los llevará hasta el Tiānquì, un hotel que podría ser también casa de té, centro de convenciones o “telo con equipo interestelar”. Allí conocerán a dos parejas, reunidas en el lugar para el avistamiento de OVNIs y otros fenómenos astrales, bajo la dirección de Minor, Capitán retirado, locutor radial y ufólogo, un sujeto avieso, provisto de axiomas para impugnar toda verdad demostrable. Los encuentros y desencuentros por las instalaciones del hotel se multiplican, entre arrebatos sexuales, alteración del tiempo, juegos de espejos y espejismos; la realidad trastabilla, deriva, no tanto hacia lo paranormal como hacia el artificio, y todo el hotel acaba por sugerir una maquinaria escénica comandada por Minor al servicio de la confusión, “...una prueba piloto. Un micromundo sexualizado de gente en deuda”.
Pero entre bucles temporales y alucinaciones, el centro de gravedad sigue siendo para los protagonistas la ausencia del hermano muerto y la de los otros muertos de la familia, administrada por una madre de rigurosa presencia, garante final de un tiempo que se “ha salido de sus goznes”, ausencia alrededor de la que los hermanos giran enloquecidos, ensanchando el sentido del epígrafe de Macedonio: “Hemos muerto ya miles de veces”. Devorados por nuestro padre Saturno, podría agregarse, porque García Lao selecciona y dispone los nombres propios como huevos de los que nacen animales indisciplinados que se acoplan con sentidos sugestivos y proliferantes.
Estación Saturno, que se inicia como promesa de relato de viaje, de aventura rutera, incluso astral, se inclina pronto hacia la comedia de puertas, un vodevil de espacios siderales que pone en escena los mecanismos de manipulación de todos los negacionismos y el peso intolerable del duelo: “Juega con los deudos, la muerte. Piensa en la palabra deudo. Quién es el acreedor”.
Un párrafo al azar muestra cómo la prosa de García Lao es una voz con identidad propia, que esquiva, con precisión y gracia, todos los lugares comunes: “Bajo la lluvia el mundo se extraña de sí mismo. Se desconoce. Tiene ganas de ser otro, el mundo. La materia depende de la convicción de sus partículas. Bajo la lluvia, nada es lo que era. Los pozos cambian de estado. Se les transforma la voz. Un pozo seco es un grito. Lleno, un vacío sin puntuación. Los animales se refugian, el campo queda desnudo”. El encadenamiento de frases como estocadas, cortas y cortantes, que golpean desde ángulos impredecibles; los detalles erráticos; los párrafos como constelaciones que retienen la disgregación. En García Lao los significantes juegan su propio juego de repeticiones, de equívocos, de resonancias, y el humor, de greguería, es condición fundante de lo conceptual.
Como en Nación Vacuna, en Estación Saturno García Lao vuelve a hacer una intervención poética que es política, sobre un presente dominado por lo alucinatorio, contra el que apunta y dispara el rayo de la imaginación. Y lo hace en una novela compleja, bizarra, divertida, que alcanza –a través de su descarada esgrima sintáctica– una densidad estética que, en tiempos de ceñuda frivolidad, constituye una de esas anomalías que estimulan la relectura, y la recompensan.
1 de julo, 2026
Estación Saturno
Fernanda García Lao
Entropía, 2026
145 págs.
Crédito de fotografía: Vicente Vicens.