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Fallar otra vez

Alan Pauls


Juan F. Comperatore


Aunque las versiones difieran en detalles –si sucedió en un cuarto en casa de su madre o en un muelle una tormentosa noche de marzo–, el núcleo de la anécdota resiste cualquier oscilación de la circunstancia. A partir de ese momento cúlmine en que la epifanía obra de parteaguas de una vida, la obra de Samuel Beckett cambiaría de signo y dirección. En lugar de seguir la vasta sombra de Joyce en la vocación de añadidura, en la saturación enciclopédica del saber acumulado, el joven Beckett perseguiría la senda del balbuceo, del empobrecimiento, se encaminaría, en definitiva, rumbo a peor. Uno de sus lemas, repetidos hasta el hartazgo y a veces malinterpretado como cándido voluntarismo, dice: “Probar otra vez. Fallar otra vez. Fallar mejor”. Nada hay en Beckett que revista el menor margen de intransigencia respecto a su programa, por eso resulta al manos llamativo que Alan Pauls, que siempre transitó otros abolengos, sobre todo de raigambre francesa, titule su último ensayo, siguiendo al nacido en tierra irlandesa, Fallar otra vez.

De prosodia holgada, de frases enruladas que procuran eludir el ripio de la interrupción y cuyo horizonte se expande como fuelle desvencijado, la escritura de Pauls se ubica en las antípodas de la negatividad beckettiana. Allí donde el segundo busca borrar las huellas del autor hundiéndose en la ciénaga de la ausencia de estilo, el primero prefiere refrendar los oropeles del nombre propio. La arquitectura de la frase –sus senderos escarpados y sus momentos de reposo, sus florituras y pasadizos secretos, la dilatada estela que deja y aquella que anticipa– es el non plus ultra de Pauls. Entonces, ¿por qué Beckett?

Resultado de una conferencia dictada en noviembre de 2019 en la Casa de América de Madrid, en el marco de un curso para el desarrollo de proyectos cinematográficos, Fallar otra vez ahonda en los vericuetos de la tarea del escritor y toma a Beckett menos como parte de la cohorte de afinidades electivas que como trampolín hacia una ética de la escritura. Para ello, despliega una precisa y luminosa disquisición sobre el arte de corregir.

Quien escribe, tarde o temprano, inevitablemente, se encuentra ante la tarea de corrección que, según Pauls, asume las particularidades de una “situación imposible”: tediosa, interminable (su satisfacción es siempre incompleta) y encima confronta con taras y errores propios. Como el Jano bifronte, posa un rostro al pasado (hay que revisar lo hecho) y otro al porvenir (hay que seguir haciendo lo mismo) postulando, de esta manera, una economía de la repetición sin salida y que tiene por único fin el pulido de lo escrito.  

A contrapelo de esta idea de la corrección como garante último del estilo –como estandarización y puesta a punto de la escritura en tanto réplica del bien decir–, Pauls aventura la hipótesis del acto de corregir desde la pura potencia de la invención. En este sentido, y parafraseando a Von Clausewitz, corregir sería la continuación de la escritura por otros medios. En este sentido, el autor trae a colación los casos señeros de Proust y Joyce, cada uno una máquina de adicionar al punto de volver ilegibles los manuscritos y sacar canas verdes a la paciencia del editor. El punto es que “no corrigen porque se equivocaron”, “tampoco para mejorar”; “corrigen”, dice Pauls, “porque no pueden parar de escribir”.

Las modalidades pesada y enciclopédica de Proust y Joyce distan de ser las únicas que puede adoptar la corrección cuando no se quiere instalarla en un sucedáneo de la prolijidad. Tal es así que puede contrarrestarse con una perspectiva conceptual, la de Aira, por ejemplo, que no se detiene a corregir (una de sus boutades preferidas consiste en decir que corrige un libro con el siguiente) y que de sus errores e inconsistencias mana lo más disruptivo de su obra. “Proust y Joyce no paraban de corregir para seguir escribiendo. Aira no corrige para no parar de escribir”. Estrategias marcadamente opuestas que, no obstante, se intersecan en un mismo punto: la posibilidad de seguir escribiendo.

El asunto es que la corrección entendida como homogeneización del estilo resulta un límite para que una obra abra nuevas perspectivas. Toparse una y otra vez con la misma piedra, fallar mejor, es lo que permite a escritores y cineastas, a cualquier artista de peso, hacer un camino distinto al de sus predecesores y alumbrar nuevos rumbos.      

12 de abril, 2023

Fallar otra vez.jpg Fallar otra vez
Alan Pauls
Prólogo de Julián Herbert
Gris tormenta, 2022
76 págs.


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