En cierto sentido, la historia de I.Sat es también la historia del país. El canal apareció tres años después de la privatización de los canales de aire, antes en manos de las fuerzas armadas, y cambió de dueño por primera vez apenas seis años más tarde, cuando su fundador Alberto González dejó la ingravidez de las señales satelitales y la reemplazó con los ladrillos de Puerto Madero.
La crisis del 2001 se metió a la pantalla del canal poco después, con la aparición de Primer plano, ese ahora mítico ciclo de cine conducido por Alan Pauls. Las fechas se pisan, y la televisión, el país y la ciudad hablan las mismas cosas. En 2001, el país se funde. Ese mismo año González dona a la ciudad el Puente de la Mujer, que se inaugura –cómo iba a ser de otra manera– el 20 de diciembre. Un año más tarde aparecen el sillón, el escritor, las películas independientes subtituladas –y el ciclo absorbe la crisis, no solo a través de la estética mezcla de trash y de fanzine que el canal toma de la revista Ray Gun para sus piezas gráficas, sino también de la escenografía fabril.
A esta historia pública o más visible le corresponde otra, una que ocurre puertas adentro: lo que I.Sat hizo en miles de casas argentinas durante más de veinte años.
Las dos historias las cuenta y las hilvana Marcelo Vera, pero el título de su libro da cuenta de la relevancia que tuvo y todavía hoy tiene el canal. Generación I.Sat: los cortos, el animé, el riesgo estético y el humor sin concesiones, las películas de Abbas Kiarostami, Alberto Laiseca fumando pucho y recitando cuentos de terror. Para miles y miles de raros e insomnes, primero en Argentina y después también en el resto de América Latina, todo esto sirvió de santo y seña. Por eso todavía existen en YouTube las tandas promocionales de todas las etapas por las que pasó I.Sat. Por eso, si se abre el último posteo del canal en Instagram, dos años después de su cierre definitivo y seis después de la publicación de la foto, se puede leer un comentario de este año. “Todavía hablamos de ti, I.Sat”. La publicación es un archivo de comentarios que se renuevan: gente que vuelve, feligreses de una iglesia que ya no existe.
I.Sat fue, a todas luces, una anomalía. El libro de Vera es entre otras cosas una disección de este fenómeno. El trabajo que hace es puntilloso, y generoso con el lector. Divide la historia del canal en tres actos: orígenes, auge, caída, y su análisis no solamente es sociológico, también es formal. Al final, incluso, ofrece un listado de ciclos de programación, películas “100% isateras”, cortos y series. No es un trabajo sencillo. Esto se reconoce en las notas finales, cuando entre otras cosas menciona que su objeto de estudio “ya no existe”: “En definitiva, escribir sobre I.Sat es perseguir un fantasma que se pixela a medida que nos acercamos”.
¿De qué está hecho ese fantasma?, ¿por qué recorre todavía el inconsciente de toda una generación?
De la lectura del libro se desprenden varias respuestas. Una funciona como matriz organizadora: I.Sat fue un proyecto pedagógico contracultural. Hizo curación con el descarte, mantuvo la política del subtitulado sin concesiones, y de a poco se hizo a sí mismo el prestigio de un nicho. A contramano del cine shampoo de los noventa y de la risa enlatada de las sitcom, asumió el riesgo de modelar la sensibilidad de sus televidentes, produjo gusto y negatividad.
Esa es la doble entrada de Generación I.Sat, las dos tramas de las que está hecho. I.Sat y su tiempo: puertas afuera (y entonces Vera cuenta la historia de la corporación, del medio y del país), puertas adentro (y entonces aparecen la forma y la disidencia del canal tal como se veía en el living, en el comedor, en la noche).
Existe esa categoría de Raymond Williams, que es linda y que sobre todo es productiva: la estructura de sentimiento. Esa articulación (significante) entre lo social y lo privado que está en formación, que todavía no cuaja, que no cristaliza en idea, que es pre-ideológica, pero que, aún así, produce cambios o da cuenta de ellos. Una categoría que es útil tener a mano a la hora de leer Generación I.Sat.
En primer lugar porque el canal movilizó algo de todo eso –y por eso se volvió lo que es: un fenómeno generacional. Pero también porque el libro de Vera da cuenta de ese movimiento y de esa estructura. Y, sobre todo, porque el libro da cuenta de lo que quedó, de lo que hay ahora.
Vera es explícito a la hora de desmarcarse del sentimentalismo reaccionario: “Este ensayo rechaza de plano la nostalgia como herramienta de análisis. Recordar I.Sat no es un ejercicio de melancolía generacional ni una reivindicación reaccionaria del pasado analógico”. El libro, en cambio, “se propone el estudio de un dispositivo cultural que educó la mirada”. Cumple con lo que promete, pero la nostalgia está ahí de todos modos. Así, I.Sat todo el tiempo funciona como negativo de la saturación de pantallas, del streaming permanente y de la predicción algorítmica.
Ese es el quid del libro, y es político antes que afectivo. Aun cuando subimos historias a un feed que ya no mira nadie, cuando, aturdidos, detenemos la reproducción automática del episodio que sigue, cuando elegir una película toma más tiempo que el que toma efectivamente mirarla, mientras todo eso ocurre o precisamente porque todo eso ocurre, todavía, sí, todavía hablamos de ti, I.Sat.
14 de octubre, 2026

Generación I.Sat
Marcelo Vera
Godot, 2026
180 págs.