Si la inmigración masiva desde Europa en el siglo diecinueve fue un hecho determinante en la historia rioplatense, en los últimos años se ha dado un movimiento en sentido contrario. Muchos argentinos deshacen los pasos de los abuelos; aprovechan su ascendencia italiana o española para irse a Europa. Buscan otros horizontes en lugares que sus antepasados abandonaron justamente por su estrechez. La novela La batalla intacta, del porteño Agustín Caldaroni, es una saga familiar que cuenta la historia de dos migraciones fallidas.
El protagonista Nene viaja de Buenos Aires a Galicia para acompañar a su abuela Olympia; la anciana sufre demencia senil y la familia manda al nieto en calidad de espía, como paso previo a su internación. Caldaroni nos presenta con un clan muy poco sentimental; sus integrantes tienen en común un pragmatismo pendenciero. Nene evoca su sobremesa: las “comilonas de gallegos aporteñados donde imperaba el sentido práctico, los adultos se entendían en un lenguaje de martillero público: un pariente muerto, tasación de propiedades, herencias, sucesiones, abogados, titularidad, fincas divididas al tanto por ciento, acciones de hotel”. Es con ese mismo pragmatismo que Olympia deshizo la migración que la llevó a Buenos Aires en los años cincuenta, para casarse con un hombre de su pueblo que “apenas conocía”, y regresó a España. Ahora Nene la sigue hacia la tierra de sus antepasados.
Los nombres de los dos personajes son elocuentes: Nene, un tipo blando que nunca se hizo hombre y Olympia, evocador de los dioses griegos. La abuela tiene fama de loca en parte por su extravagancia –Nene la recuerda tan ajena en las reuniones familiares como “el plumaje de una lechuza vibrando entre los invitados”– y por siempre haber actuado con libertad. En Buenos Aires se convirtió en “la primera mujer taxista de la Argentina”; dejó a su marido franquista por “un playboy correntino: bigote grueso, cuerpo hercúleo, piel cobriza, pantalones de vestir ajustados en la entrepierna con un bulto explosivo”. Eso que la familia dice locura es su autonomía irreductible; cuando Olympia se enferma, sus parientes se vengan de ella y su independencia escandalosa saqueando su casa en la Capital Federal. “Algo en ella se quebró ese día”, afirma su nieto; instalada de nuevo en Ferroso, su aldea en Galicia, se cree a salvo de la avaricia de los suyos.
Nene, en cambio, vive su migración a España de forma mucho más vacilante. No atiende a los parientes que llaman para escuchar los informes del nieto soplón. Se pone a trabajar como mozo en Santiago de Compostela: sus experiencias en aquella ciudad turística le dan otra perspectiva sobre la argentinidad. Tiene compañeros argentinos en el bar donde labura, pero ese lazo no genera ninguna complicidad. Al contrario, “Sus compatriotas argentinos son los tipos que más detesta, los más obsecuentes... Son de Argentina pero podrían ser de cualquier parte del mundo, tienen la tonada nacional aguada como los tragos que sirven”. Nene considera a su jefe un “explotador colonial”; su estatus de inmigrante lo obliga a asumir una postura sumisa y degradante.
La masculinidad es un hilo conductor en la obra de Caldaroni. En los cuentos de Hotel Pelícano, su libro anterior, es una fortaleza asediada por la intensidad sensorial del mundo: sus personajes masculinos dudan entre resistirse a los estímulos para mantener su entereza varonil o entregarse, dejar que el mundo los seduzca. El protagonista del cuento que da título a Hotel Pelícano desea “que me arrancaran un par de costillas y me soplaran el corazón con humo sahumado a ver si volvía a encantarme con el mundo”. Ve la entrega como una forma de volver a sentir. En La batalla intacta, Nene también quiere someterse: “Desea un líder que piense por él, que lo ordene; desea alistarse en un ejército bárbaro, vencer sin tener que razonar”. Se siente atraído por dos fuerzas opuestas que disputan el control de Ferroso: la Nova Irmandade Galega, un grupo nacionalista que participa en ataques terroristas y el Marqués, una figura mafiosa que “tiene comprado medio Ferroso por monedas” y era amigo de su abuelo. Con la falta de coherencia que lo caracteriza, Nene se acerca a ambos a la vez; quiere que su violencia lo anule y le dé un propósito a su vida. De ese modo el nene espera convertirse en hombre.
El empeño de Caldaroni en evocar las superficies de su mundo –se fija mucho en los olores, las texturas, el peso específico de cada cuerpo– es otra expresión de esa ambivalencia: en su prosa están siempre en tensión el deseo y el asco, la ternura y la crueldad. Cuando Nene observa una liebre en el patio de su abuela, “cargando los binoculares como un fusil”, su emoción oscila entre la identificación, la gula y la excitación sexual: “Puede ver una pata trasera palpitar, la mirada alienada y fría, casi extraterrestre, las fosas nasales húmedas que se abren y se cierran con algo de exhibición genital, el pecho latiendo agitado”. Caldaroni plasma particularmente bien ese humor argentino que se divierte con las ocurrencias hirientes, los golpes bajos y el sufrimiento ajeno. Jaime, el marido de Olympia y abuelo de Nene, también abandonó Argentina para volver a Ferroso. Gracias a la aspereza de Jaime con su nieto de chico “se forjó un matiz de su carácter, la risa floreciendo en circunstancias de terror”; el viejo odioso le parece “un personaje ridículo y atractivo”. Cuando Nene lo cuida después de un infarto, aprovecha la debilidad del anciano para vengarse de los maltratos de su infancia.
La batalla intacta traza una línea entre la familia y la nacionalidad: son dos pertenencias que nos definen aunque no siempre sean gratas. La migración ofrece entre otras cosas la posibilidad de eludir aquellos destinos heredados, la posibilidad de elegir otro. Sin embargo, no es sencillo soltar la historia de vida que arrastramos ni inscribirnos en una historia ajena. La novela de Caldaroni, fuerte y amarga, examina sin piedad esos traslados donde la identidad se hace y deshace.
7 de octubre, 2026

La batalla intacta
Agustín Caldaroni
Nudista, 2026
282 págs.