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La dependienta

Sayaka Murata


Miguel Sardegna


Una konbini es una tienda abierta las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana en Japón. Su nombre viene del inglés, Convenience Store. Se trata de un préstamo lingüístico, como existen tantos por allá.

Keiko Furukura, la protagonista de La dependienta, la novela de Sayaka Murata ganadora del Premio Akutagawa en 2016, lleva diecinueve años trabajando en una tienda así. Vio pasar a ocho jefes, no quedó ninguno de sus primeros compañeros. Se trata de un trabajo eventual, por horas. Se supone que nadie se queda mucho tiempo en lugares así, que es algo transitorio hasta que se pueda establecer un "vínculo con la sociedad". Keiko lo sabe porque se lo han explicado, no porque pueda entenderlo por ella misma: debería conseguir marido y trabajo estable, dos cosas que no le interesan.

Hay quizás dos preguntas fundamentales que plantea la novela. ¿Qué es ser normal? ¿Vale la pena cumplir con las expectativas del resto? El intento de responderlas, con el correr de las páginas, conduce a otra pregunta más: ¿Tenemos derecho a decidir cómo queremos vivir?

Sardegna.jpg Ilustración de Matías Tejeda

Keiko encontró en una konbini su lugar en el mundo. Siente que su vida cobra sentido cuando imposta la voz y finge una sonrisa, repitiendo fórmulas de bienvenida para los clientes. Bienvenidos, bienvenidos, bienvenidos. Las mismas palabras todos los días, todo el tiempo, hasta perder su significado y volverse solo música.

Si hay algo que define el trabajo de Keiko, es la sujeción a rutinas y rituales. Todos los días hay briefing y juramento de cortesía. "Juramos que nuestro objetivo es prestar el mejor servicio para que el cliente se sienta a gusto y nuestra tienda sea una tienda de referencia", recitan todos cada mañana, y practican otra vez las expresiones faciales y los saludos. Incluso con años de antigüedad en el mismo puesto, Keiko sigue practicando a la par de los nuevos empleados los mantras usuales: "Bienvenido... Con mucho gusto... Muchas gracias". Con treinta y seis años, Keiko necesita el manual de instrucciones que le provee ese trabajo. Cuando se siente acorralada en una reunión piensa en volver a la tienda. Allí está sola, las cosas son más fáciles, no necesita inventarse excusas para justificar que no planea casarse ni conseguir un trabajo de verdad.

La tienda es un espacio en el que todo permanece igual. No importa que los antiguos jefes ya no estén, que los pasillos hayan cambiado, que tampoco los productos sean los mismos. Ese cambio es una ilusión. Una clienta se lo hace notar a Keiko, se lo dice una tarde. Y no hay grandilocuencia en esa revelación. La literatura japonesa no suele sentirse cómoda con los énfasis. También acá se presenta apenas como una idea pequeña y casual.

Sayaka Murata construyó una novela que piensa la soledad de la modernidad y el trabajo, y nos permite asomarnos al día a día japonés, en uno de sus espacios por excelencia. De algún modo, la tienda sigue el mismo sistema del mundo: es un lugar que normaliza a la fuerza. El empleado que deja de ser útil, se lo descarta, igual que la comunidad persigue y margina a las personas que no necesita.

23 de diciembre, 2020

La dependienta.Murata.jpg La dependienta
Sayaka Murata
Traducción de Marina Bornás
Duomo, 2019
176 págs.


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