Dice Julian Barnes que no deberíamos tomar como una certeza absoluta la idea sobre la cual descansó uno de los episodios más célebres de la literatura occidental. En Despedidas, el autor británico se permite desconfiar de la afirmación de Proust acerca de la existencia de una memoria involuntaria, ese recuerdo que tiene la habilidad de aparecer ante una experiencia física –el legendario bocado de la magdalena–; un recuerdo desbordado, desmedido, capaz de evocar la vida entera a partir de un instante sensorial. “La mente no puede darnos a conocer todo lo que está procesando en tiempo real: nos abrumaría (...), nos dejaría reducidos a unas criaturas temblorosas”, escribe Barnes. Para él, en el acto de rememorar se imprime siempre una primacía de la voluntad: recordamos aquello que queremos recordar. Algo de esa evocación premeditada es la premisa que echa a andar la historia que cuenta La música de las esferas, la nueva novela de Yamila Bêgné.
En un tiempo presente, una joven astrónoma emprende un recorrido nocturno por Buenos Aires con la intención de terminar de destruir los vestigios de una relación amorosa que ha mutado hacia aquella síntesis tan reconocible: “no sé qué te creíste, no sé qué te creés”. Esa peregrinación, más que una misión urbana, es un deambular por un pasado descarnadamente reciente: la narradora se mueve por los pasadizos de una ciudad haciendo estragos con las formas de la memoria voluntaria, recordando todo cuanto quiere recordar. Y en ese movimiento, La música de las esferas hilvana la idea de que las rupturas nos empujan a transitar el espacio de un pasado específico: ese momento que no puede escribirse en pretérito sino en presente continuo porque todo parece resistirse a quedar en un tiempo otro. Un pasado que no quiere serlo, la noche eterna de la separación.
Narrada desde un equilibrio formal de ensamble entre una noche –el 20 de junio de 2025 a las veintitrés y cuarenta y dos, la hora justa del solsticio, “la noche más larga del año”– y el pasado de la relación de una astrónoma y quien fuera su compañero en la universidad, la historia de esta novela se cuenta de a mojones. En el inicio, una voz repite los nombres de un planeta enano y de su satélite natural –Eris y Disnomia– y se lanza hacia el espacio exterior para transitar el dolor de un amor terminado; el recorrido será por una ciudad de Buenos Aires donde en 2050, como en el resto del planeta Tierra, ya no será posible ver ninguna estrella. La ruptura del amor y ese dato científico trazan el pacto de lectura que propone la novela. Por un lado, la relación amorosa entre dos personas peculiares –este es un amor desde la inteligencia, la erudición, marcado por lo indescifrable de los saberes científicos, el mundo mezquino de la academia, los malentendidos del quién da menos y quién da más cuando están en juego no solo el amor sino también las carreras y los lugares de prestigio–. Por el otro, esa voz avanza en una sucesión de momentos sin tiempo que están separados en capítulos y entre blancos, pero que podrían leerse de corrido y sostenerse con creces por la valentía de una escritura que apuesta mucho incluso a riesgo de perderse pero que, en ese límite, resurge una y otra vez contundente, fortalecida. Ideas acerca del amor, el dato fascinante de la astronomía, la aparición quirúrgica de una segunda persona cuando es necesario y el intercambio de tiempos verbales que se animan a la semántica del pretérito y el presente continuo hacen de la escritura de Bêgné una puesta hipnótica. No ya, acaso, escritura. La música de las esferas se lee como una bellísima coreografía.
En el territorio de este despliegue formal exquisito, la novela de Bêgné susurra también algunas ideas como destellos –esas intermitencias que se hacen posible todavía en alguna dimensión de resistencia, poco frecuente y casi secreta, de la literatura–. En La música de las esferas aparece, por ejemplo, la posibilidad de pensar en una polisemia oculta de las ecuaciones científicas: en las separaciones amorosas, el pasado se torna en un pizarrón imposible de decodificarse, abarrotado de ecuaciones íntimas, humanas. En el centro de esa arquitectura de ideas, lo dicho: una sucesión de mojones de tinta acerca de lo que sucede con el recuerdo cuando lo que se rememora es una relación que ha terminado de forma abrupta y sin razones que la inteligencia pueda explicar. Quizá una forma de entender tales razones sea ese recorrido nocturno que emprende la narradora de la novela, caminar por la ciudad, ir hacia la casa de quien fue el compañero amado, mirar la luz de una ventana, entrar en un laboratorio solo para recordar, durante todo el tiempo que sea posible, cómo es que esas dos personas llegaron, un día, a ese punto –“Una letra. Una aguja. Un número, una espina. Más, y más, hasta que la presión estalló y el rojo se volvió infinito. Y pum: el odio. No sé qué te creíste, no sé qué te creés”–. El recorrido por la ciudad como la punta del ovillo del rememorar; rememorar de forma voluntaria para entender, para decodificar. Acaso también: volver al pasado para retener ese tiempo en el instante de un solsticio presente. Quedarse allí mientras las cosas estaban a punto de separarse, cifradas en esas ecuaciones imposibles de pensar.
19 de agosto, 2026

La música de las esferas
Yamila Bêgné
Omnívora, 2026
128 págs.
Crédito de fotografía: Damián Luppino.