Con una cantidad considerable de autores que la cultivan y un mercado editorial receptivo, la ciencia ficción argentina parece estar viviendo su momento de mayor apogeo. No es que antes no hubiera cultores notables del género (ahí están las narraciones de Elvio Gandolfo y Marcelo Cohen), pero lo cierto es que en la última década ha cobrado una centralidad inusitada. De quienes actualmente lo abordan, Juan Mattio posiblemente sea el que lo esté haciendo con mayor ambición. La nación de los sueños diurnos, su nueva novela, sigue apostando por una estética en la que las referencias pop conviven con exigencias formales del modernismo.
La novela disloca la linealidad temporal: capítulos situados en un futuro cercano son seguidos de otros ubicados en otro incierto. Los puntos de vista son múltiples, como también lo son los formatos que la integran: informes médicos, entrevistas, correos electrónicos, pedidos de habeas corpus, capítulos escritos en primera persona, capítulos en tercera y otros conformados íntegramente por diálogos. Más cercana al modernismo popular de las novelas de Puig que a las dificultades del Ulises o de El sonido y la furia, la complejidad de La nación de los sueños diurnos no va en desmedro de una trama ganchera, edificada sobre un puñado de enigmas: ¿Cuál es el origen de la pandemia que asola a un pueblito bonaerense? ¿Por qué razón lo hipersticional comienza a poblar el mundo?
Borges es una de las figuras rectoras de la imaginación de la novela. No solo por los “hrönir” que han vuelto extraño el universo perceptual y porque buena parte de la acción se sitúa en un pueblo llamado (como uno de los abuelos del autor de El Aleph) Isidoro Laprida. La nación de los sueños diurnos actualiza los postulados de “El escritor argentino y la tradición”. Las posibilidades de escribir desde la periferia le dan forma a una novela en la que las referencias a la cultura occidental (canónica y no tanto: Joyce, Adorno y Benjamin; Sonic Youth, Pearl Jam y Taylor Swift) conviven con alusiones más o menos explícitas a la tradición literaria argentina: capítulos llamados “El matadero” y “La refalosa”, la inversión del tópico fundacional del “desierto”. Esta mirada estrábica se corresponde también a una temporalidad que oscila entre las posibilidades pesadillescas de la IA y el siglo XIX. Un movimiento que lo acerca a otros autores de ciencia ficción de su generación como Michel Nieva o Juan Ignacio Pisano, cultores de una imaginación futurista que se nutre de la historia argentina.
Mattio problematiza las posibilidades y limitaciones de la representación de lo real. Ya no se trata, como lo hacía la novelística del siglo pasado, de narrar el caos de la vida urbana, ni de dar cuenta de un viejo sistema de valores hecho trizas, sino de encontrar las formas para narrar un ominoso futuro posible en el que lo humano y lo artificial desdibujan sus fronteras. Esta ambigüedad no es nueva; tiene antecedentes en la ciencia ficción al menos desde las narraciones de Philip K. Dick, en tanto las dudas en torno a la percepción del mundo se remontan al Barroco. Por ello, la reflexión sobre el lenguaje y sobre su imposibilidad para representar un mundo que se está volviendo irreconocible (“Describir a la criatura es romper el lenguaje. Se necesitarían generaciones para que nuevas palabras pudieran dar cuenta de lo que están viendo”) constituye uno de los centros de sentido de la novela.
El capítulo “La vuelta” recurre a una sintaxis inconfundiblemente saeriana: “Él, mi hermano, de nombre Pavel, el otro, murió”. En el contexto de la novela, se trata menos de una parodia burlona que del reconocimiento a un autor que centró su búsqueda estética en los límites de la percepción. Otros capítulos, en tanto, se acercan (ahora quizás sí irónicamente) a las tonalidades de las “escrituras del yo”, con referencias culturales y lingüísticas con una clara impronta generacional. Así, se oscila entre las seducciones propias de la identificación de zonas nada menores de la narrativa argentina contemporánea y el extrañamiento propio de las escrituras modernistas.
“El mundo que conocemos se desmorona”, se lee en las últimas páginas. La sentencia va más allá de la novela y se refiere, también, a nuestro presente. Entre los méritos de La nación de los sueños diurnos está el no haberse limitado a representar la incertidumbre actual en términos realistas ni bajo la repetición de fórmulas genéricas. Versátil en el uso de registros, con la teoría como material narrativo, dialogando con los imaginarios del siglo XIX, el proyecto literario de Juan Mattio desborda los alcances de la ciencia ficción local.
19 de agosto, 2026

La nación de los sueños diurnos
Juan Mattio
Caja negra, 2026
480 págs.