Hay algo particularmente atractivo en los textos que de un modo u otro se ocupan de la natación. Como prueba, y para entregarnos al placer de la enumeración de exquisiteces, podríamos nombrar a El nadador de Cheever, El gran nadador de Kafka, Crawl de Viel Temperley o En el estanque (Diario de un nadador) de Al Álvarez. En todos los casos, se haga explícita o no en el texto en cuestión, el atractivo se sostiene en gran medida por la vinculación implícita entre natación y escritura. El correlato entre ambas actividades no es evidente ni necesario; se establece más bien en la esfera de las resonancias, y quizás por eso funciona tan bien en los textos de carácter literario. Ambas acciones coinciden en propiciar una instancia de soledad activa en la que el cuerpo libra una batalla relativamente gozosa con otro cuerpo (en el caso de la natación con el del agua y en el caso de la escritura con el del lenguaje), las dos producen en quien las ejecuta un relativo extravío de sí, y de lo que trata en ambos casos es de mantenerse en todo momento y a toda costa en la línea de flotación. Lo que pasa, que siempre en última instancia es lo que realmente importa, ocurre justamente ahí, en esa zona liminar, en ese umbral a la vez material e imaginario en el que se abre la posibilidad de un pasaje. No casualmente Damián Tabarovsky apeló a esa instancia para titular este libro, que no es sino su particular exploración del vínculo entre escritura y natación.
A primera vista la propuesta se asienta en la historia de un anónimo nadador que se ha propuesto cruzar el Río de la Plata. Podríamos decir que eso es lo que se cuenta en este libro, y no estaríamos faltando a la verdad, pero la afirmación es insuficiente, porque este texto también cuenta (también da cuenta de) la travesía escrituraria que supone referir esa proeza. Replicando entonces lo que ocurre en el nado, la escritura en este caso se asienta en la asonancia, en la reiteración machacante de palabras claves (“nada”, “pasa”, “marca”, etc.), en la expansión a través de sus posibles variaciones de un mismo significante y en una rítmica asentada en el encabalgamiento y la cacofonía que en su despliegue va trazando múltiples líneas de significación. Afirmaciones, contradicciones, fricciones y especulaciones se suceden de manera más o menos vertiginosa, con el único propósito, pareciera por momentos, de mantener la escritura (y al nadador) a flote. Porque en el decurso de esta dinámica, claro, el nadador sigue nadando, e inevitablemente aparecen cosas: un crucero, por ejemplo, o una lancha con bolsas con dinero, o un barco repleto de “mercancías”, significante que la escritura pone inmediatamente a trabajar, encadenándolo a otros (“fetichismo”, “secreto”, “valor”, “cambio”, “uso”, “manifiesto”, “asamblea”) evidentemente traficados de la doxa marxista, con el propósito más o menos explícito de desnaturalizar su significado aparente. En este y otros casos de lo que se trata es de testimoniar lo que pasa frente al nadador, pero como es evidente, son cosas que en realidad pasan en la escritura, a partir de las líneas de fuga que va proyectando su discurrir incesante. Una escritura que pareciera que nada, para dar cuenta de un nadador que pareciera que escribe. “Pero no escribe”, dice el narrador, y de inmediato se corrige: “o tal vez sí”, para luego señalar las características de esa posible escritura acuática: “manchas sobre el agua, caligrafía del crawl de aguas abiertas”.
Como de lo que se trata en este texto es principalmente de la escritura, el narrador funciona como una máquina especulativa que a la vez que narra filosofa. “Sucede que ahora nada, nada, nada”, dice por ejemplo, y en la reiteración del final la acción de nadar deriva en una suerte de licuación en la nada, en un devenir “nada” del acto de nadar, que resuena inevitablemente en la escritura, que siempre consiste en algún sentido en ensamblar naderías para eso mismo, para lograr disolverse en esa nada en la que es posible, en el mejor de los casos, tomar contacto con algo del todo. ¿Para eso se escribe? ¿Para eso se nada?
En la oscilación continua entre esos dos significantes (natación y escritura) hace su despliegue este texto, que no es una novela ni un ensayo sino una hibridación vacilante en la que el autor encuentra un vehículo propicio para hablar lateralmente de lo que para él es la literatura. De hecho retoma algunos conceptos que ya había desarrollado, como ocurre por ejemplo cuando, en su fluir de encadenamientos continuos, el narrador dice cosas tales como: “Nada como quien quiere perforar el agua, perforar la lengua; buscar ese afuera de la lengua”, aludiendo de manera directa a una concepción de escritura que el propio Tabarovsky ya había postulado y desarrollado en Literatura de izquierda. Y para que no queden dudas al respecto, el párrafo siguiente es una trasposición literal del desarrollo de esa idea tal como aparecía en aquel libro, lo que nos habilita a pensar a Línea de flotación, al menos en parte, como una variación de aquel tratado, una variación en clave natatoria, menos explícita y programática, más especulativa y melancólica, y en todo caso más ligado a su persona, con todo lo público y político que tiene lo personal, claro.
La escritura, como la natación, es una actividad misteriosa, que si uno la ejerce de manera continua durante un tiempo relativamente extenso y un buen día comete la imprudencia de preguntarse de manera honesta qué pasó con eso, lo más probable es que la respuesta sea “nada”. Esa imprudencia pareciera haber cometido Damián Tabarovsky y, frente a esa respuesta lapidaria, en lugar de desanimarse diseñó un dispositivo que lo habilitó a recaer alegremente en la escritura. Comenzó por adoptar el significante en cuestión (“nada”) y, produciendo un desvío que ya estaba inscripto en ese término, se entregó a desglosarlo (a desglosar esa “nada” que fatalmente habita en el centro de toda escritura) a través de la natación, revelando que en realidad son muchas las cosas que pasan (muchas más de las que imaginamos) cuando no pasa nada.
14 de octubre, 2026

Línea de flotación
Damián Tabarovsky
Mardulce, 2026
80 págs.
Crédito de fotografía: Cris Sille.