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Malas lenguas

Alan Pauls


Patricio Fontona


Hace poco escuché un reportaje en el que alguien que había conocido bien al protagonista de cierta biografía contaba que, para no seguir contabilizando vaguedades o errores, había abandonado la lectura en la página 15. En un primer momento, me asombró ese juicio negativo sobre una biografía que me gustó mucho, y de la que hasta entonces no había conocido más que elogios, aunque inmediatamente recordé que esa insatisfacción es la que, en alguien que conoció con algún detalle una vida ajena, suele causar la lectura de un libro consagrado a ella. (Por eso no doy los nombres propios involucrados en la anécdota, porque es una anécdota reiterada).

Esa misma insatisfacción está en el origen de Malas lenguas, la nueva novela de Alan Pauls. En ella, un narrador del que el lector nunca sabrá el nombre se descarga largamente –así define él mismo su texto, como un “descargo” de la insatisfacción que le produjo la lectura de la biografía que una mujer de la que tampoco se sabrá el nombre, y que es a menudo mencionada como “nuestra amiga”, escribió sobre Baldó, un profesor de lenguas clásicas, un erudito, un sibarita, un pornógrafo (no necesariamente en ese orden). Aunque lo que inquieta especialmente al narrador no son las inexactitudes deliberadas en las que incurrió esta biógrafa respecto de Baldó (si bien se ocupa de enmendar algunas, sobre todo las de índole sexual), sino que le dedique solo unos pocos renglones a Bernal, un joven poeta –entre otras cosas– respecto del cual considera que fue clave en la última etapa de la vida del biografiado, cuando este estuvo al frente de la fantasmagórica biblioteca Naldoni.

Pero los motivos que acicatean la escritura del extenso descargo no son únicamente esos. El narrador fue además amante ocasional de la biógrafa, quien lo consultó para escribir sobre Baldó, y amante frecuente de Bernal. A esto se suma que Bernal fue amante de “nuestra amiga” y acaso también –las sospechas respecto de esta posibilidad corroen al narrador– de Baldó. Malas lenguas es una viperina comedia de enredos que son, a la vez, amorosos, sexuales, profesionales y biográficos. Además, a esos enredos los acompaña una prosa cuya sintaxis enrevesada replica la espesa trama de vínculos que tejen los personajes.

En El sueño eterno, Philip Marlowe reflexiona sobre un relato que acaba de escuchar y de cuya veracidad sospecha: “Tenía –concluye– la austera sencillez de la ficción más que la enrevesada trama de los hechos” (la versión en inglés, de difícil traducción, suena mejor: “It had the austere simplicity of fiction rather than the tangled woof of fact”). En su novela, Pauls trabaja con esa oposición: a la sencillez de la ficción biográfica su narrador opone, en varios sentidos, la “enrevesada trama de los hechos”.

Que los tres personajes principales –el narrador, “nuestra amiga” y Bernal– sean también biógrafos permite que Malas lenguas pueda leerse, además, como una suerte de sagaz ensayo sobre el género biográfico: sobre sus características, sobre sus vicios, sobre sus imposibilidades. El narrador, por ejemplo, anota: “Entiendo ese prurito del biógrafo concienzudo que ha reunido todos los hechos y, teniéndolos perfectamente alineados, cada uno en su puesto, los escribe todos, no importa lo irrelevantes, lo tediosos que sean, en parte porque descartar alguno es depreciar el trabajo que le exigió dar con él, en parte por miedo a que alguna vez alguien [...] le toque el timbre y le enrostre el eslabón que olvidó u omitió, en ambos casos simplemente porque no valía la pena consignarlo”. No obstante, él mismo, aunque sabe que está siendo injusto con una colega, se transforma en ese lector que toca el timbre en casa de la biógrafa para enrostrarle la omisión de algunos eslabones.

Pero la inquietud del narrador no es solo biográfica (comprende, además, que los defectos de la biografía de Baldó son los de toda biografía). Lo que parece atormentarlo prioritariamente es no saber a qué se dedicaba Bernal cuando no estaba con él y escapaba a su vigilancia. Y la biografía de Baldó, con esos pocos renglones consagrados a Bernal, es sospechosamente muda respecto de esa cuestión. Lo que atormenta al narrador es, entonces, aquello que “nuestra amiga” no escribió, el inconmensurable fuera de campo que rodea toda biografía, incluso las más exhaustivas. Malas lenguas comparte así con La mitad fantasma, la novela previa de Pauls, una misma inquietud: la del amante paranoico que multiplica las conjeturas respecto de qué hizo la persona a la que ama cuando no estaba junto a él.

La novela transcurre en una ciudad, y en un país, que pueden ser Buenos Aires y la Argentina; algunos datos parecen confirmarlo; otros, por el contrario, tornan opaca toda referencialidad. Lo mismo ocurre con los personajes principales y secundarios. ¿Estamos, entonces, ante un roman à clef? No estoy seguro de que así sea, y tampoco importa demasiado –no depende de eso la novela–, pero el hecho de haber reconocido una velada referencia a Borges en un tal “Groebs” que reflexiona sobre la “etiqueta abismal” de una lata de galletas me puso en situación de sospecha, es decir, en la misma situación desde la que escribe el narrador. ¿Quiénes son en realidad Baldó, Bernal o la biógrafa “amiga”? Por lo demás, así funciona toda la novela, cuya escritura oscila entre las precisiones microscópicas –por ejemplo, las dermatológicas– y el desdibujamiento de toda certeza –por ejemplo, sobre la cantidad de páginas que ocupa la biografía de Baldó–.

Que quede claro: Malas lenguas no es una biografía –y menos aún una autobiografía– sino una novela que, como El loro de Flaubert, de Julian Barnes, o La luz negra, de María Gainza, interroga el género biográfico para poner en evidencia ese carácter ilusorio que denunció Pierre Bourdieu en, precisamente, “La ilusión biográfica”. Además, sus personajes y los ámbitos que transitan recuerdan no pocas veces a los de En busca del barón Corvo, ese formidable “experimento biográfico” que A.J.A. Symons escribió hace casi un siglo.

Malas lenguas es consciente de que toda empresa biográfica está asediada por lo que Manuel Alberca llamó “relativo fracaso epistemológico”; pero, también, es consciente de que esa característica decepcionante no es exclusiva de este género. El narrador de Malas lenguas comprenderá –y con él, el lector– que ese fracaso es el mismo que nos asedia a todos, que nunca terminaremos de conocer la vida de los otros, aun la de aquellos con los que estamos involucrados más íntimamente. Para decirlo con aparatosa gravedad: Malas lenguas pone en escena el misterio irreductible, y a menudo intolerable, que se cifra en cualquier vida ajena.

27 de mayo, 2026

Malas lenguas.jpg

Malas lenguas
Alan Pauls
Random House, 2026
315 págs.

Crédito de fotografía: Xavier Torres-Bacchetta.


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