Es una aventura y un riesgo leer a Luis Chitarroni. Su escritura es tan singular que también es probable que el lector o la lectora no pase a lo siguiente, al “contenido”, sin minimizarlo, de sus textos, sino que quede demorado, sorprendido, en el despliegue estilístico del autor. Son tan encantatorias sus frases que parece no haber en ellas otro registro que el de la propia materialidad de lo escrito. Es uno de los desafíos a que nos enfrenta: pensar la literatura como un paisaje de grafos, como el proceso de dibujar esos grafos, en el límite de la abstracción, desvanecidos como signos, como reliquias de una civilización abandonada en el tiempo.
Existe un impulso a subrayar sus frases como si fuesen hallazgos, excepciones, desprendimientos. Un poco tal vez como decía Calasso de Thomas Browne, que su escritura estaba hecha con pedazos de saberes que no terminaban de amalgamarse en uno nuevo. En general las de Chitarroni son frases amables, de un extrañísimo equilibrio final, jaqueadas con una puntuación inesperada y sostenidas por palabras engarzadas como perlas flaubertianas, en el sentido de que más allá de su exotismo se siguen de manera naturalmente armónica. Porque Chitarroni es un adjetivador, hace de la adjetivación decidida, desafiante, un asunto casi político. En su estilo resuenan tanto la literatura exhausta de Borges o Nabokov como la desbordada y descentrada de Lezama Lima y el neobarroco. Algo de esto ha teorizado en su Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges).
El conocimiento se transforma en materia lingüística: los nombres, los idiomas, las fechas, los títulos, las enumeraciones, todo es materia narrativa. Es un fabulador, un narrador nato, que de todo hace ficción.
Los libros de Chitarroni plantean inmediatamente la pregunta por las circunstancias de su escritura. ¿Por qué escribía así? ¿Qué quería decir sobre el estado de la literatura su manera de escribir? ¿Y qué puede decir hoy, sobre el estado actual? ¿Qué hace un escritor con las circunstancias de su escritura? ¿Hay algo más allá de ellas?
En la foto de tapa de Notas y reseñas sobre rock se lo ve fumando, del otro lado de un escritorio sobre el que hay las pruebas de página de una publicación, una plasticola, unas biromes. Él está apoyado sobre una máquina de escribir levantada en vertical. Podríamos especular con la idea de que la escritura de Chitarroni es justo anterior a los comienzos de la escritura con procesadores de texto. ¿No hay acaso un no estilo derivado de los efectos de la tecnología de escritura y edición de los procesadores de texto? ¿No son los procesadores de texto relativamente simultáneos al pop que vendrá a reemplazar al rock?
El libro incluye once notas y veinticinco reseñas de discos publicadas por Chitarroni regularmente, entre comienzos de 1981 y fines de 1983, en la revista Audio Universal, más tres artículos aparecidos en la revista Esculpiendo Milagros en 1993 y 1994, a los que se agrega una coda que cierra con un texto sobre Awopbopaloobop Alopamboom, el volumen de Nick Cohn (“un escéptico cuya pasión le obliga a volver como dandy al pasado”), de 1969, que es considerado pionero de la “crítica de rock”.
Pero el contenido de los textos de Chitarroni no es, si se quiere, tanto la música como las vidas de los músicos que la crean y la interpretan. Es inevitable pensar en las “Siluetas” (término al que cargó con un sentido casi de género, como quien dice “perfil” o “biografía”), que publicó entre 1988 y 1991 en la revista Babel, de las que estas notas vendrían a ser una suerte de luminoso antecedente. Los únicos cuentos que importa contar, dice ahí más o menos, parafraseando a Aira cuando analiza a Copi, son la vida y obra de los artistas que amamos. “El empeño misterioso que sostiene el conjunto al que llamamos obra no es otra cosa que lo que llamamos artista”, escribe Chitarroni.
En este libro hay varios artículos maravillosos, también en el sentido de fantásticos, de fantasías, porque Chitarroni parece estar hablando de seres cuasi mitológicos, cuya historia ya está inscripta en una universal, y él no hace sino retransmitirla. Por ejemplo, el que dedica a Elton John. Cuando menciona su primera banda, la Long John Baldry Bluesology, Chitarroni dedica una página entera a la minuciosa descripción de los instrumentistas del grupo, al carácter de sus interpretaciones y a sus proyecciones.
(Demoras, regodeos, saltos, cambios de velocidades: como una amplificación del estilo, en estas narraciones de la vida musical habitan lo que podrían considerarse enormes desproporciones del relato, un poco a la manera del Borges de Historia Universal de la Infamia).
Chitarroni exhibe en estos relatos un enciclopedismo personal asombroso, no tanto por la cantidad de información que maneja (que también podría ser) como por su singularidad. “El archivo es mi memoria”, escribe. Despliega lo que se sabe, lo comparte, deja constancia. Es un enciclopedismo de melómano también, de fetichista de los datos, de coleccionista de detalles, de observador único. Devela sus lecturas, las fuentes de sus notas, pero es claro que ha construido estas vidas a su propia voluntad. Siempre en algún momento cruza la música con la literatura, con la poesía de las letras, para definir una poética de las bandas. “Es difícil decir dónde está (Elton John), qué es lo que lo mantiene ocupado”, escribe.
¿Cómo es en todo caso el paisaje musical que retrata? Melódico, sinfónico, prolijo, virtuoso, etéreo. Cada lector tendrá lo suyo para decir: hay artículos sobre Joni Mitchell, Elton John, Jethro Tull, Eric Clapton, Janis Joplin, Vangelis, Phil Collins, James Taylor, Chicago. Escribe sobre la flauta de Ian Anderson, sobre los instrumentos de Vangelis. Casi no hay punk, casi no hay pop. Son músicos que hoy parecen formar parte de un mundo lejano. ¿Era así también entonces? ¿Escribió sobre lo que se estaba apagando? ¿Cómo leerlos hoy?
En las reseñas de discos, quizás demasiado breves, encorsetadas por la necesidad periodística de dar cuenta de algunas cosas, sí aparece la cuestión por la música nueva, pero no mucho más que mencionada, lo mismo que el arte de tapa, la calidad de la grabación.
Las notas de Esculpiendo Milagros (sobre Julian Cope, John Cale y los Beach Boys), escritas una década después, son un poco más crípticas, más apretadas.
Chitarroni convoca al Capote de Música para camaleones: la música es para que cambie el color anímico. “La capacidad del artista no admite otra demostración que el placer de la obra”, señala, y en caso de cualquier desacuerdo o diferencia, invita al lector a abandonar el texto e ir a escuchar los discos.
25 de febrero, 2026

Notas y reseñas sobre rock
Luis Chitarroni
Prólogo de Ricardo Ibarlucía
Hiperbórea editores, 2025
262 págs.