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Olimpo

Blas Matamoro


Alejandro Modarelli


En un apunte a su reciente reedición, Blas Matamoro (nacido en Buenos Aires en 1942; renacido en Madrid por efecto del exilio en el infame 1976) comenta que Olimpo, su último libro escrito en Argentina, fue publicado de manera discreta poco después del golpe de Estado. Pero antes de llegar a las librerías obtuvo dictamen de prohibición atribuible a un sacerdote católico. En semejante contexto político, la burda prohibición fue mejor que un premio. En el Decreto N° 1.1814, del 6 de septiembre de 1976, el General Harguindeguy ejecuta oscura catequesis mediante el lenguaje de la dictadura: Olimpo atenta contra los valores cristianos, la tradición nacional y la dignidad del ser argentino. Por tanto, es un fragmento de la resistencia que debía ser confinado al corredor de las desapariciones. Y toda memoria de él aniquilada junto con el secuestro de todos los ejemplares, aunque alguno pudo sustraerse. Con el agregado, lógico, de la huida del autor a la España de la transición, antes de que le golpearan a la puerta. Doble linchamiento sacrificial, entonces, otro más dentro de la mitología argentina: la de una obra y su autor. Argentina es una fábrica de mitos trágicos y ridículos. La dictadura reactualizaba hasta en los ejemplos menos evidentes, como este libro, el crimen original de nuestra cultura– civilización o barbarie– pródiga hasta hoy en exterminios y también, cada tanto, en revisión histórica.  

Matamoro inquieta a una sotana de educación básica, guía espiritual de algún golpista.  Desatiende las explicaciones de la ortodoxia de púlpito y cuadra, por eso, en el ambiguo concepto de ideología a la que había que golpear con el bastón, como en la tira de Mafalda. En esos interminables meses en que se consumaba el sacrificio, real, físico, de miles de jóvenes argentinos de izquierda, se hacía puro Fahrenheit 451 con las criaturas de papel que solían esconderse en los morrales. Daba igual si Olimpo humillaba al ser nacional; alcanzaba con que un cura equis no entendiese bien de qué va. Así, pues, la necesidad de borrar este ensayo, o mejor, suma de ensayos, ejemplares y develadores, sobre la relación entre historia y mito, la persistencia en las sociedades actuales del pensamiento mítico (olimpo para masas ansiosas de divinidades) en unos años como los de entonces tan ocupados en las lecturas de los estructuralistas franceses (Lévy-Strauss, Barthes) y los eruditos de historia de las religiones como Mircea Eliade. Eliade era un analista de manifestaciones sagradas o hierofanías, originariamente adscrito al fascismo rumano, como Emil Cioran; de ahí se instaló bajo las luces rituales de París, también como aquél, y en 1956 fundó una cátedra en los claustros de Chicago. Su influencia sobre los estudiosos de las religiones era determinante.     

Imagínense, además, si a aquella biblioteca de ideas que sedujo a Matamoro, y en parte, veremos, reprobó, se sumaba la disidencia sexual. Quizás al cura soplón le habría llegado el rumor sobre la afiliación al pecado nefando de este homo sacer llamado Matamoro. Imposible precisarlo. Matamoro había sido cofundador del Frente de Liberación Homosexual (FLH) en 1971, junto con Juan José Sebreli y Héctor Anabitarte (otro exiliado en España desde 1977, sindicalista de correos y excomunista), entre varios otros. Había prestado su casa como cuna del frente en el barrio de Once. Si no era un homosexual público, participaba intensamente de la homosexualidad, como le divertía decir de sí mismo a David Viñas. Tanto que, además de ser generoso al abrir su casa a la militancia, tenía como pareja a un muchacho llamado Martín Bartolomé, chupado por la policía de Córdoba en 1976. No por subversivo sino por un error de análisis de su fisonomía y de su documento de identidad. Cuando quedó libre, se exiliaron juntos en Madrid.  

En la primera edición de Olimpo no hay casi huellas de esa época de activismo, a menos que se tome por tal una línea del capítulo “Muerte y transfiguración”. Ahí refiere que en los funerales de Perón “alrededor de las filas de asistentes discurren multitudes paralelas de gente que busca ocasionales partenaires sexuales”. Si Perón, tras su muerte, anunciaba en ese mismo acto su resurrección en las masas, como Jesús cuando empujó su lápida en el cuerpo de la cristiandad, había que alimentar a la nueva criatura resurrecta con el mito de orgasmos vivificantes, así fuesen de homosexuales. En Pompas fúnebres, Jean Genet quiere que un deudo se retrase en la comitiva mortuoria para poder entregarse a una descarga sexual clandestina: vida contra muerte. Con la mención a los funerales de Perón, y medio a escondidas, Matamoro instila sin estridencia un poco de picaresca de loca en un ensayo nunca autorreferencial.

“Muerte y transfiguración” ocupa, por el propio peso de su objeto de análisis -Juan Domingo Perón- la centralidad del libro. Es escrito cuando nada del acontecer ni del pensamiento puede sustraerse a su discusión. Sin Perón no hay país qué pensar. Si hasta dentro del incipiente FLH desenrollan consignas para incluirse en el llamado campo popular, y del lado de la izquierda, a pesar de su homofobia persistente (tan bien estudiada en cuanto maquinaria cultural y social de sometimiento en el documento Sexo y revolución). Como si Perón fuera el gran mito en el que convergen todos, a través del que es posible evidenciar el ejercicio de los rituales más significativos; la promesa de felicidad, la envidia y la admiración, los miedos, las audacias y frustraciones de los argentinos.

En aquellos setentas, nos dice Matamoro, aquel dios hasta entonces oculto en su exilio madrileño decide atravesar la última etapa de su existencia física como mito: vuelve a la Argentina en 1973, se revela como ordenador de una crisis política que empujaba a un ciclo de violencia mimética, de todos contra todos. Pero, viejo y urgido a decidir entre la guardia tradicional nacionalista del partido y la juventud esclarecida de la izquierda (la llamada Tendencia Revolucionaria) hace un giro conservador del gobierno. Y opta por intentar una nueva alianza entre burguesía y proletariado que excluya a esos muchachos que dicen ser sus herederos, pero rechazan la herencia. Sin embargo, el ciclo biológico y un tiempo que ya no era apto para repetir el antiguo bonapartismo del '50, se lo llevan puesto: “Ahora que el sacrificio lo ha devuelto al mundo de los dioses ocultos, está cubierto de las inclemencias de la Historia. No así los que seguimos en el tiempo, que no es el de los dioses, sino de los hombres”.

Con Perón muerto y su voz vicaria (Isabelita) enseguida interrumpida por la dictadura, el mito declina en peronismo profano, y para el Alejandro Horowicz de los Cuatro peronismos será desde entonces un partido político que ya nunca jamás volverá a tener un programa fuerte de activación proletaria. Ni siquiera bajo el kirchnerismo. Las sucesivas etapas en que se despliega el mito de Perón y enumera Matamoro recuerdan desde otro ángulo las que plantea Horowicz. Claro que nuestro autor está atento al mito de Perón más que al desarrollo político del peronismo. Pasa revista al ascenso heroico del Coronel desde los márgenes de la juridicidad, con escala en Martín García, al triunfo del bonapartismo regulador y parlamentario del '45; desde la resistencia orientada por el “dios oculto” después del golpe de Estado de 1955 hasta su regreso manifiesto en 1973, luego de lo cual atraviesa el Vía Crucis del intento pacificador y su carne terrenal se muere.     

El centro de observación de Matamoro hacia las sacralidades del Olimpo está situado en el tiempo profano. Matamoro se proyecta desde ahí para examinar a otros dioses y héroes emergidos de la sociedad de masas. Su energía libidinal de analista de mito e historia nos conduce, cómo no, a la Coca Sarli, el sex symbol de los pechos en la fuente, lideresa de la pasión masturbatoria argentina, cuando “la represión sexual se disfraza de libertinaje”: en cada película suya, a cada desnudo lo corrige una parábola puritana. El autor es riguroso en su revisión cinematográfica. Cada detalle importa. Para que la mitologización masculina del personaje mamario sea eficaz debe producirse una identificación, a través del personaje de Armando Bó. Bó rufián, Bó guardián, Bó caliente y enamorado, en fin, Bó vía regia de la salvación de la hembra desviada o en peligro de desvío. Que fuera de la película vuelve al kitsch clasemediero de su casa, a un hombre y nada más: un alegato contra el desborde de la vida privada (con la salvedad de que su hombre es jurídicamente hombre de otra mujer) en una época en que la familia ordenada era un valor nacional.

Porque el mito necesita sobre todo de identificación del hombre cualunque con los héroes fabricados y en oferta. De representaciones culturales que, precisamente por efecto de esa mímesis, hagan posible que un sistema económico, cultural y social funcione, para preservación de un sistema. En el fondo del Olimpo, nos recuerda Matamoro, está el reino de la ideología, aquel que construye y difunde objetos culturales, y mediante la que se perpetúa “la distinción y el ordenamiento de las clases sociales en cierto país”. Base y superestructura, conceptos del marxismo que indignan a cualquier funcionario del '76, con sotana o sin sotana.

Análisis, también, de la odisea de Susana Giménez y Carlos Monzón: a diferencia de la Coca y Bó, en estos divos el escándalo es claramente pragmático, una parábola sobre el desvío, pero en la vida real. El muchacho pobre glorificado como campeón de boxeo es seducido por la modelo-hembra-voraz, una diosa más de la feminidad, saltando ambos del filme La Mary a la realidad escrutada y consumida por un público ávido de ejemplos y contraejemplos, mientras Pelusa, la esposa de nuevo virgen mártir, mira desde una esquina. En fin, las figuras olímpicas argentinas (aunque las hay, en el libro, que exceden el marco nacional, como Drácula o James Bond) resisten, algunas, en el presente, y otras son suplidas o rescatadas hoy por las plataformas de contenidos audiovisuales, desde Robledo Puch (comentado en el libro) a Yiya Murano, la envenenadora prodigiosa de Monserrat.

Matamoro, mediante una lengua “elegante y aguda”, como está escrito en la contratapa de Olimpo (había momentos en que imaginaba a Carlos Monsiváis en el teclado, y en otros añoraba algún comentario de René Girard), difiere de Jung y Eliade, le da otro destino a su estudio del mito. Es el materialista que lo analiza como instrumento ideológico de dominación social, que debe ser desmitificado, justamente a través mismo del mito. Hace falta la inmersión en él, nos advierte, para alcanzar el mundo histórico. Porque la orfandad que dejó Dios en el corazón de los hombres es compensada por la emergencia de divinidades menores, útiles para la conservación del sistema social jerárquico pero también para el sueño de su derrota.

Partiendo de que lo sagrado del mundo vuelve sagrada la práctica humana dentro del mundo, cree en “el conflicto entre el mito de lo ineluctable de la realidad y el mito de lo construible y modificable de la realidad”. El mito lo cubre todo, pero no inmoviliza la historia. El mito nutre las revoluciones y las contrarrevoluciones.

En un tiempo liminal como el presente aparecen señoríos apocalípticos, y el Olimpo pasa a ser high tech y tener su enclave en Silicon Valley. Los nuevos dioses obedecen a la regla de ocultamiento y epifanía, como Peter Thiel. Un día en la mesa de control del Imperio, al siguiente en un local del barrio del Once. Por eso, este libro no pierde interés hoy, más allá de su soporte teórico que sigo encontrando atractivo.

Justo cuando se desmoronaba la maqueta peronista del Altar de la Patria, y se levantaban las bases del barbárico “proceso de reorganización nacional”, del mito de la sagrada alianza de clases al linchamiento sacrificial del proletario, a principios de 1976, nacía Olimpo, de Blas Matamoro.

27 de mayo, 2026

Olimpo.jpg

Olimpo
Blas Matamoro
Blatt & Ríos, 2026
224 págs.


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