Cuenta un mito griego que al rey Midas lo mató la riqueza. Con literalidad maliciosa, los dioses le habían concedido el deseo de que todo lo que tocara se convirtiera en oro; al poco tiempo murió de hambre y de sed. Un destino semejante vio John Berger en Pablo Picasso: “poco después de la Segunda Guerra Mundial, compró una casa en el sur de Francia y la pagó con una naturaleza muerta”. No tan distinto a Midas, todo lo que Picasso dibujaba se convertía en oro; no pasó demasiado tiempo hasta que la fama y el dinero lo secuestraron. Vivió en soledad, en la más extrema riqueza.
Nadie ignora que el arte y el éxito no siempre acompasan con eficacia su caminar. Y esto no ocurre con los sujetos solamente: el éxito de un libro, por ejemplo, puede ser en algunos casos una implacable mordaza para el resto de la obra de un autor. Un mundo feliz de Aldous Huxley, por caso, ha oscurecido la importancia de otras obras del autor, con hallazgos nada desdeñables, como Contrapunto o Ciego en Gaza. Entonces, la obra perdura y sostiene al autor, pero al precio de recortar la imagen de aquel a lo largo de su propia sombra. Estas asociaciones surgen porque tengo en mis manos un libro de ensayos de George Orwell (1903-1950), Por qué escribo. Ensayos sobre literatura y propósito, recientemente publicado por La parte maldita.
Ante el nombre de George Orwell, un lector promedio probablemente piense en dos novelas, 1984, primero, y Rebelión en la granja, después. Podríamos ir más allá y decir que de no haber sido tan exitosas estas dos novelas, el nombre de Orwell nos resultaría difícil de recordar. De esto se desprenden dos conclusiones contrarias. La primera, y más obvia, que hoy su obra es más accesible a causa del éxito de esas novelas; la segunda, que la imagen de Orwell como escritor ha sido limitada por la forma de esos dos libros, de modo que se nos presente como un creador de fábulas políticas, más inclinado a la narración directa y la demostración de “tesis” que al lenguaje con el que trabaja. No se trata de afirmar que el “verdadero” Orwell es el menos conocido –tales afirmaciones son siempre erróneas, y no pocas veces snobs– pero es claro que algunos aspectos de sus obras “menos conocidas” –y especialmente Por qué escribo, el libro que aquí reseño– podrían iluminar de otro modo la imagen que de él nos hacemos como escritor.
Por qué escribo compila ensayos de épocas y temas disímiles. No estoy seguro de que el título (que el libro toma del primer ensayo) condense la temática general. Es cierto que Orwell abunda en la motivación de la escritura, que no falta el tono íntimo, la primera persona y la autobiografía; pero mi impresión es que el tema es otro. Más traslúcido que los motivos, más opaco que la escritura. Los motivos para escribir que da Orwell son en general –y como esperamos– políticos, particularmente anti-totalitarios. Pero agrega que esa motivación no alcanza. Que si bien él jamás habría escrito su Homenaje a Cataluña de no haber conocido en primera persona la injusta acusación del estalinismo contra los combatientes trotskistas en la Guerra Civil Española, la motivación política no justifica su libro. Tales motivos pueden arrojar a un hombre o una mujer a viajar a tierras lejanas y pelear una guerra civil –tal fue el caso de Orwell–, pero escribir un libro solicita otro impulso. Algo como un demonio o instinto nos lleva de la motivación política a la escritura, y de esta al lenguaje. La escritura debe ser entonces translucidez: “la buena prosa es como el cristal de una ventana”. Una claridad que unifica dos opacidades. De un lado la motivación, del otro el lenguaje. La escritura es el puente inasible entre ambas orillas. Pero ese tránsito no es completo. Antes o después nos perderemos, antes o después el cristal se empaña. De ahí que todo libro sea un fracaso.
Este libro trata entonces de la opacidad que está antes y después de la escritura. Lo hace con una prosa tenue y precisa. Habla, por ejemplo, del oscuro encono que llevó a Tolstoi a deplorar a Shakespeare; de la lengua inglesa enturbiada por los lugares comunes, por metáforas que pasan de mano en mano como monedas; nos cuenta del placer que él siente al leer a Swift, cuyas tesis y “mensajes” desprecia; del poder de renuncia de la buena literatura ante la impotencia y de la salvación que supone el estoicismo pornográfico de Henry Miller ante la decadencia de Europa; de la miseria de las reseñas, en la que este texto se incluye; del oficio terrestre de los libreros y de los lectores demasiado humanos. Se trata, a fin de cuentas, de lúcidas aproximaciones a ese viaje imposible que es la literatura, a ese fracaso ejemplar, que acaso nos sirve para fracasar mejor.
18 de marzo, 2026

Por qué escribo. Ensayos sobre literatura y propósito
George Orwell
Traducción Sebastián Martínez Daniell
La parte maldita, 2025
248 págs.