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Sala de máquinas

Miguel Vitagliano


Fernando Núñez


El vínculo íntimo entre la literatura y determinados artefactos es el eje de los ensayos de Sala de máquinas. Los escritorios de San Jerónimo, Sor Juana Inés de la Cruz y Lafcadio Hearn, la máquina de escribir de Friedrich Nietzsche, los cuadernos de notas de Peter Handke y los lápices Faber de Hemingway son algunos de los protagonistas de estos textos breves de Miguel Vitagliano. En uno de ellos, se glosa la categoría “dispositivo” de Giorgio Agamben (“cualquier máquina, elemento o artificio que contenga al menos la capacidad de orientar las conductas de los individuos”), fundamental en la imaginación crítica del autor.

Las tres secciones del libro se organizan en torno a las condiciones materiales que subyacen a la escritura. La primera se centra en escritorios, la segunda en instrumentos (lápices, máquinas de escribir) y la tercera en las interacciones productivas entre sujetos y máquinas. Si bien Vitagliano es docente de Teoría Literaria, los de Sala de Máquinas son menos los trabajos burocráticos de un profesor universitario que los ensayos de un narrador virtuoso, emparentados con la libertad de las “novelas” de Luis Sagasti y con las narraciones críticas del Hernán Ronsino de Notas de campo y Antes de leer.

"¿Hay alguna relación entre el lugar donde se escribe y lo que se escribe?" interroga Vitagliano en las primeras páginas del libro. La pregunta nada tiene de retórica y funciona como motor de una lectura capaz de producir diálogos entre nombres aparentemente distanciados por el estilo, la geografía y el tiempo. “Máquinas de leer”, por ejemplo, comienza refiriéndose a las anotaciones de lectura de Giulio Cesare Scaligero para pasar, luego, a la labor clandestina de Rodolfo Walsh en ANCLA; “Maquinarse o escribir a mano” se inicia con Heidegger (para quien “el pensamiento estaba en la mano”), prosigue con la máquina de escribir de Nietzsche y finaliza en Misery de Stephen King. A diferencia de otros ensayistas contemporáneos, Vitagliano escatima frases asertivas con pretensiones de inapelable cita textual. Su potencia reside, en cambio, en la lucidez para leer lo mínimo y en una prosa argumentativa salpicada de recursos narrativos, en la que los nombres de autores aparecen menos como autoridades que como los personajes de una novela fragmentaria.

El montaje textual produce efectos de lectura inesperados: el entusiasmo de Lucio V. Mansilla por el fonógrafo contrasta con la tecnofobia de Ray Bradbury; las grabaciones del doctor Seward en Drácula se cruzan con el proceso de escritura de Maldición eterna a quien lea estas páginas. No son pocas las ocasiones en las que Vitagliano se detiene sobre un detalle aparentemente nimio que, en su lectura, se vuelve revelador. Así, cuando señala que Puig escribía en el dorso de páginas ya utilizadas, afirma “así como en la trama de sus novelas revisitaba géneros (desde la carta a la radionovela) y estereotipos en la forma de hablar para reproducirlos en una nueva dirección, lo mismo hacía con las páginas viejas en su caja de útiles. Escribía al otro lado de lo ya escrito”.

La biblioteca que despliega Sala de máquinas es amplia y no se limita, como suele ocurrir en nuestro cosmopolitismo autóctono, a la literatura contemporánea de un puñado de países europeos, Estados Unidos y Argentina. Los ensayos se refieren a textos y biografías de autores japoneses, mexicanos, chinos, uruguayos y rusos; a medievales, renacentistas, modernos y posmodernos. La lectura desborda las fronteras nacionales sin entregarse por ello a los protocolos de las “literaturas comparadas”. Como lo hicieron, entre otros, Borges y Ricardo Piglia, Miguel Vitagliano apuesta a las posibilidades de la crítica como una de las bellas artes.

27 de mayo, 2026

Sala de maquinas.jpg

Sala de máquinas
Miguel Vitagliano
Tenemos las máquinas, 2026
136 págs.


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