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Audición

Katie Kitamura


Juan F. Comperatore


Las transiciones de Kitamura son tan neblinosas como en una sinfonía de Philip Glass. Al fin y al cabo, el minimalismo no consiste tanto en la escasez de materiales como en la economía del desplazamiento: pasar de un estado a otro sin que el trayecto llegue a hacerse notar. Con pocos elementos (un cuarteto de personajes y dos o tres ambientaciones de paspartú), y a partir de escenas breves y conversaciones elípticas, en las que lo decisivo parece siempre haber ocurrido un instante antes o fuera de campo, Audición, la más reciente novela de Katie Kitamura, pone en juego la inestabilidad perceptiva que gobierna los vínculos afectivos, alimentados por hipótesis tácitas, silencios compartidos y pequeñas ficciones privadas.

La narradora, sin ir más lejos, vive en un estado de alerta permanente, registrando en sus interlocutores los matices de un cambio de postura, las inflexiones de una voz o aquel mohín de soslayo, como si cada diálogo o incluso cada silencio atesorara una cifra que exige ser interpretada. El punto es que esa exigencia de lectura –corolario de la imposibilidad de distinguir con claridad entre lo que ocurre, lo que se imagina y lo que se desea– termina por erosionar la confianza en los vínculos más próximos, empezando por el que mantiene con su pareja y propagándose hacia una figura más joven cuya presencia desata una ringlera de conjeturas, desplazamientos y reajustes afectivos. 

Por su oficio de actriz, la narradora debería dominar ese régimen de sospecha, sin embargo, cambia de papel según el interlocutor de turno y descubre que ese dominio es frágil, discontinuo, vulnerable a interpretaciones ajenas que no puede ni prever ni corregir. La novela procede, entonces, como una serie de ensayos fallidos, en los que las identidades se desplazan –actriz, amante, esposa, madre– sin llegar a fijarse, y donde el pasado inmediato se reescribe a cada paso, no porque los hechos cambien, sino porque la perspectiva desde la cual se los evoca ya no es la misma. “Como si nada conservara integridad alguna, nada siguiera estable o intacto”, dice la narradora. Kitamura tensa esa volubilidad en una forma de suspenso peculiar: en lugar de averiguar qué ocurrió, se aboca a intentar determinar qué versión de lo ocurrido será finalmente habitable para quien narra, qué relato podrá sostener sin que se le desmorone en las manos.

La vida social, en los términos que propone la novela, es un campo minado de malentendidos; una suerte de ensayo incesante en la que cada personaje se ve compelido a interpretar un papel cuya legitimidad nunca termina de consolidarse. Pero si la novela reviste algún interés no es por albergar semejante lugar común, ni tampoco por su diagnóstico –de sobra transitado– sobre la fragilidad de los vínculos contemporáneos, sino por el modo en que Kitamura lo somete a un dispositivo narrativo que se pliega sobre sí mismo y deja al descubierto el mecanismo de su propia construcción: “Siempre hay dos historias que suceden a la vez: el relato de dentro de la obra y el relato que la circunda, y la frontera entre ambos es más porosa de lo que podría creerse”.

Aunque la crítica anglosajona suele emparentarla con Rachel Cusk debido a la distancia algo abstracta desde la que compone a sus protagonistas femeninas, tal vez no resulta descabellado pensar a Kitamura como una cruza improbable entre Alain Robbe-Grillet y Patricia Highsmith: del primero adopta un modo impersonal de ordenar los sucesos que despoja al personaje de identidad; de la segunda, la manera de teñir ese vacío de suspenso. Porque actuar no es solo fingir, sino construir una distancia frente a lo real, una forma de inocencia precaria que hace posible la vida en común. Pero esa distancia nunca es del todo segura: basta un desliz o una palabra mal interpretada para que el teatro que sostiene a los vínculos se venga a pique y deje a la intemperie aquello que la representación apenas lograba contener.

21 de enero, 2026

Audicion. Sexto piso.jpg

Audición
Katie Kitamura
Traducción de Ismael Attrache
Sexto piso, 2025
184 págs.

Crédito de fotografía: Irene Medina.


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