¿Existe en una obra un centro de gravedad? Quiero decir un espacio físico al que el resto de ella tiende o al que se buscó de manera más o menos consciente, más o menos programática converger. No pienso en el punto de apogeo, con el que el centro de gravedad podría coincidir, sino un espacio al que los versos, si corrieran como el agua, irían de forma más o menos precipitada, más o menos directa. Porque esto último, el punto de apogeo, quizás corresponda al estilo y el centro de gravedad al de la materia del poema; a aquello a lo que se reduce cuando la erosión hizo su parte.
Y en Ponce esa erosión parece ser fruto del ir sin precipitación hacia un lugar de reposo y, al estar allí, decantar hasta que esa calma devuelva nítida la materia. Una materia sólida, de aristas suaves y seguramente porosa. Sólida, porque sus poemas son emotivamente contundentes; de aristas suaves, porque no hay ni definiciones ni la búsqueda de una taxonomía y porosa, porque el sentido de sus versos no es unívoco.
Y más allá de su composición, su efecto. El de una pausa en medio del ruido, en medio de lo que se aglutina, se superpone. La introducción del elemento aislante, del espacio, del blanco, de la distancia que permite identificar los componentes, que los decanta, los expone y construye con ellos cuidadas oraciones llenas de pausas e imágenes. Oraciones, líneas, versos alejados del estrépito. Más de cuatro décadas de escritura que no buscó el espectáculo, sino que se produjo en el gesto revisitado que busca la precisión. Cuando leemos esta obra reunida no deberíamos dejar de pensar en los años que Ponce dedicó al estudio de la cultura oriental. No puedo dejar de asociar la idea de gesto y repetición que me vino cuando, en medio de los días que dediqué a leer esta obra reunida, vi la película de Lee Sang-il, Kokuho. El maestro del kabuki. Tres horas de tensión sostenidas entre escenas de altísima sublimación, apoyada en la composición formal de una tradición, y otras apoyadas en la esencia y aceptación de una vida. Ponce traza versos asentados en el gesto preciso de buscar la armonía entre la materia que los compone, las palabras, y la estela que proyectan, el vibrato, produciendo un continuo que se disemina como una suave brisa que permite la germinación.
Esta obra reunida contiene poemas publicados entre 1976 y 2022; cinco libros, el primero de 1976 y el último de 2016, dos plaquetas, de 2011 y 2019, y una sección titulada “Otros poemas” compuesta por aquellos que aparecieron en distintas publicaciones. Además, una nota biográfica y un prólogo a cargo de Valeria Melchiore en el que en unas líneas concisas sitúa esta obra en un contexto más amplio: “Ese tono persistente [el de Ponce] es el que no recae en el exabrupto ni se solaza en la voracidad, y el que viene en sintonía con los modos que se imponen a la hora de leer su obra en un contexto más amplio” y más adelante, “La grandilocuencia y las afirmaciones tajantes, las solemnidades que caracterizan otras poéticas del período en que esta comienza a asentarse, no tienen sin embargo lugar aquí porque la suspensión, que es la modalidad temporal del umbral, es el verdadero hilado de estos versos”.
Sin grandilocuencia, sin afirmaciones tajantes y sin solemnidades, Ponce publica en 1976 estos versos que son parte de su primer libro Trama continua:
“el vuelo de metal del pensamiento
ha dejado atrás
al cuerpo de pie
–dispersas sus partes destrozadas en el agua”
Versos que forman parte de una sección que se titula “Vértigo por un espacio anterior”. ¿Cómo releer hoy, comienzos de 2026, estos versos? Trama continua, vértigo, vuelo, cuerpo, partes destrozadas en el agua. La lectura se tensa no porque se considere anticipatorios o no estos versos, sino porque la actitud reflexiva de resituarlos es posterior al primer impacto de lectura. Como si la potencia de esos versos radicara en algo anterior a la historia o quizás en algo que es sustrato de toda época: el pensamiento, el cuerpo, el vértigo. Elementos esenciales de esta poética sutil que opera por debajo de la superficie y que en ocasiones se muestra en versos como este: “... el temor es una forma” de Composición (1976-1979) editado en 1984.
Si finalmente aceptamos que un centro de gravedad puede marcarse en una obra, en esta podría decirse que es el libro Fudekara, de 2008, que se sitúa en el centro de este recorrido de escritura. Un centro que no responde a lo temporal, sino al momento en que el fluir encontró descanso y permite que los elementos muestren todas sus particularidades. Tenemos el pensamiento, los sentidos, la práctica. Un texto escrito mientras Ponce toma clases de caligrafía de ideogramas chinos. Catorce textos, en el segundo, “Día 2”, podemos leer: “Esta noche, el ojo reemplazará al oído. El ojo reemplazará a la respiración” y en el quinto:
“Día 5
En silencio, dibujo fragmentos de signos, trazos, como ejercicios.
Al repetir, empecé a olvidar mi mano. Pero aún el camino será exterior por mucho tiempo.
La curva refugia maneras de envolver el blanco”".
Como si ese blanco en la obra de Ponce fuese lo que puede ser rozado por los versos, pero no aprehendido. Es el momento en que la porosidad de una escritura se libra a la voz que lo interpreta, la puesta en obra de la letra en el acto que es la ceremonia de lectura y que lo sitúa en su campo gravitatorio, en su cultura.
25 de febrero, 2026

Boomerang Naturae. Poesía reunida (1976-2022)
Liliana Ponce
Emecé, 2025
304 págs.