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Mil cosas

Juan Tallón


Rocío Colman Serra


La última novela de Juan Tallón, editada por Anagrama, está construida como una metáfora perfecta de la alienación moderna en la que incluso los paratextos nos predisponen a una lectura vertiginosa.

La primera anticipación la propone el título y su referencia a la multiplicidad de tareas que manejamos a diario, constantemente complicados por la gestión de lo laboral y lo familiar. El siguiente anuncio de una trama acelerada está a cargo de la contratapa, mediante la cual se adelanta que la narración se centrará en la vida contemporánea de sus protagonistas, una vida cargada de hiperactividad perpetua y extenuante. Por último, el epígrafe y su referencia al vertiginoso ritmo moderno se une sin escalas con las primeras líneas de la novela, ya que ambos protagonistas, el de la referida novela de Scott Fitzgerald y el de Juan Tallón, van en sus autos a una velocidad frenética. La aceleración y el ritmo descontrolado anunciados en el epígrafe serán elementos centrales.

La estructura de Mil cosas es ordenada y prolija: está organizada en capítulos, con un narrador que focaliza alternativamente en Travis y Anne, un matrimonio agobiado por la multiplicidad de tareas y obligaciones diarias. Junto con ellos, el texto nos revela, desde las primeras líneas, que la velocidad es la protagonista oculta de esta historia.

A su vez el argumento narrativo, una jornada laboral para ambos (el último día previo a sus vacaciones) y las mil tareas y desafíos por realizar (que no son muy diferentes a las realidades agitadas de cualquier matrimonio moderno), podrían pensarse en un tono, atmósfera y carácter que nos recuerda el de los tradicionales relatos de aventuras. La acción trepidante, el ritmo narrativo rápido, la aventura que, presuponemos, tiene un inicio con la salida del hogar para enfrentar el día laboral, y una serie de desafíos que ambos protagonistas deben enfrentar antes de finalizar la jornada y su consecuente retorno, son los principales puntos de contacto con las historias de ese tipo.

Pero el oficio como escritor de Juan Tallón no está en la trama, sino que queda en evidencia cuando, en conjunto con su estilo, construye la historia. Es esa conjunción lo que le otorga la verdadera intensidad narrativa al relato.

Las oraciones breves y la focalización variable, centrada en los pensamientos de los personajes y en su constante preocupación por las tareas pendientes y el peso de lo no realizado van marcando el ritmo narrativo. A lo largo de todo el texto, en el que los planos de “lo real” y lo que podríamos llamar “lo postergado” compiten por ganar lugar en las mentes de los protagonistas (con evidente ventaja de esto último), van presentándose también pequeños oasis narrativos. Nos encontramos con menciones, directas o indirectas, a escritores, novelas y textos literarios. Tanto Travis como Anne tienen presente en todo momento la literatura. Cada alusión a lo literario marca una pausa, un respiro en el ritmo narrativo y, por qué no, un guiño al lector que se reconoce en esos personajes, no solo en sus penurias sino también en sus placeres.

De esta forma, el narrador nos conduce hacia una empatía casi simbiótica con los protagonistas, y junto con ellos nos sumerge en el caos de sus vidas: sus olvidos pasan a ser también los nuestros nuestros, es decir, de los lectores.

Subyacen a la historia una serie de ideas sobre las que, inconscientemente, estamos siendo inducidos a reflexionar: la falta de tiempo, los conflictos de la comunicación moderna, la inutilidad del celular. Las reflexiones se instalan acordes con esa pulsación interna que construye el ritmo y la tensión del relato. Paradójicamente, esa tensión es la que funciona como una suerte de adormecimiento que nos prepara, como propuso Roberto Arlt, para recibir el final con “la violencia de un cross a la mandíbula”. Las pistas, recién al final lo notamos, están diseminadas acumulativamente a lo largo de todo el texto, solo que, al igual que les sucede a los protagonistas, se nos pasaron por alto.

Entre las referencias a escritores encontramos, desde las primeras páginas, a Julio Cortázar. Tallón nos recuerda con su texto la famosa frase del escritor argentino en la que, haciendo la comparación con el boxeo, refería que en la novela se gana por puntos y en el cuento por knockout. En Mil cosas combina ambas metáforas pugilísticas: suma los puntos a lo largo de toda la historia, pero la finaliza con un knockout.

En definitiva, Juan Tallón se muestra como un contemporáneo flautista de Hamelin: mientras suena su música, nos conduce a nosotros, los lectores, hacia donde quiere, sin que logremos ver los hilos que sostienen el encantamiento. Nos precipitamos hacia la trampa de la vida moderna y caemos, fundamentalmente, en la trampa de la escritura. Construye su novela como un orfebre de la palabra que combina a la perfección historia, trama y estilo para configurar, con una precisión asombrosa, una terrible tragedia moderna.

20 de mayo, 2026

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Mil cosas
Juan Tallón
Anagrama, 2026
152 págs.


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