Casa nómade viene a proponer la unión de dos figuras que, por inercia interpretativa, se contraponen. Las ideas de raíz y nomadismo son reunidas aquí, no solo por magia verbal, sino también, y principalmente, por necesidad de encontrar sus puntos de coincidencia. ¿Cómo volver nuestro aquello en lo que no permanecemos? La respuesta, que tanto su autora como el lector reciben, no va más allá de la existencia del libro en sí, con la pequeña –pero no por ello menos gravitante– salvedad de la polisemia, de la multiplicidad, del haz de efectos que estas páginas irradian y que articulan lo que se asienta en lo que fluye.
En vez de situarse en el espacio, la casa se ubica en el tiempo. La trashumancia se convierte en el regazo donde esta se aloja: ir, retornar, visitar, hospedar, acoger resultan verbos en los cuales el habitar y el apropiarse se despliegan. Los innumerables desplazamientos, deseados u obligados, permiten convertir la acción en posesión. Y ahí no solo se transmuta la naturaleza de los actos, los hechos y sus agentes –propulsando una incandescencia molecular en favor de una amalgama en la que rotar es permanecer–; también se le da cuerpo al pasaje del pensamiento a la palabra, del habla a la escritura, de una lengua a otra: el poema que traduce, el poeta traductor y el poema traducido.
Los términos se tornan residencias (“Casa natal como se dice de nuestras lenguas natales. En las que venimos al mundo. Y a nosotros mismos”), y el poema pasa a ocupar la función de albergue de los sentidos y de lo humano. En él se guarecen la ternura y la tranquilidad de las pieles demasiado expuestas a la violencia, especialmente la política: “Palabras a la altura de un corazón infantil ante el vacío– // palabras como refugio–”. Porque quien carece de hogar es quien mejor alcanza a comprender su significado (“Ella que no tenía casa salvó la memoria de las casas”) y a ponerse en su defensa (“sus manos han recogido tantas palabras de una lengua de la cual los niños son los centinelas”).
En esa clave afectuosa (“sí empezar por la belleza del mundo contra viento y marea”), el trato de las palabras se da como un ejercicio vital, orgánico, y por tanto, respetuoso de la música latente que el pulso de la poeta va hallando a medida que avanza de una sílaba a otra. En una suerte de retoma de la técnica declarada por Roussel, la línea del poema es el fruto de una emergencia que la escritura descubre: los términos se llaman entre sí y en sus puentes construyen el texto a través de una catexis continua y progresiva que arrastra la melodía como una estela, y así la ejecuta (“nuances de pétales fraîchement tombés de roses jaunes, parfois liserées de lilas ou de carmin; de roses de couleur incarnadin, liserées de jaune et empourprées de cerise; de couleur mauve, magenta foncé ou rouge sang avec des éclats jaunes”).
En este punto, el trabajo de la traducción aparece como la chance de entrecruzar planos y mundos (no solo las versiones que menciona la poeta, sino sobre todo la de Horacio Máez para esta edición). El prestar el oído a los matices, a las temperaturas y los tonos de lo ajeno viene a confirmar que para hospedar primero hay que haber hecho de lo propio un hogar apto para la recepción (“y ese día entendí que la hospitalidad es volvernos también sus huéspedes”). Siempre en miras a resguardar el aliento, la calidez entre las criaturas que, itinerantes o sedentarias, no pierden la noción del planeta como una gran casa en la cual convivir, con “el tiempo justo el tiempo entre dos trenes de volverse un poco humanos”.
22 de abril, 2026

Casa nómade
Mireille Gansel
Traducción de Horacio Maez
Ninguna orilla, 2026
128 págs.