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Dandelions

Thea Lenarduzzi


Silvia Itkin


Por fuera de una autobiografía canónica, en la que el personaje suele cincelar su propio bronce, el relato íntimo solo puede armarse más allá de toda linealidad, más allá de fechas puntuales o periodos claramente registrables. La vida se abre a la escritura, atravesada por la evocación de lecturas, por otras que salen al cruce y van, como tantos datos, asociaciones e interpretaciones propias y ajenas, hasta alcanzar cierta organicidad.

Thea Lenarduzzi llega traducida por Micaela Ortelli, en el debut de la editorial Queequeg Press; la escritora nació en Inglaterra, de padre italiano –los Lenarduzzi han ido y vuelto una y otra vez entre la Italia rural y Gran Bretaña por cuatro generaciones– y madre británica. Muy pronto en su libro enseña sus procedimientos al citar a Joan Didion: “Vivimos bajo la imposición (...) de aplicar una línea narrativa para ensamblar imágenes dispares, de las 'ideas' con las que aprendimos a congelar esa fantasmagoría cambiante que es nuestra experiencia real”. Y la misma autora de Dandelions se responde: “Editar y pulir la experiencia, el trabajo de la memoria, es particularmente riesgoso”. Y estos riesgos aparecen cuando se larga a explorar las características de la planta que da título al libro. Sobre las virtudes de la planta, sus preparaciones posibles, sus modos de reproducción y hasta sus flores –conocidas como panaderos– que inspiran fuentes de agua y luz en distintas ciudades del mundo, se habla y mucho, sin temor a las digresiones. Esos desvíos, sin embargo, parecen por momentos mimar la reproducción de la planta –el viento la transporta y coloniza– hacia lugares diversos y, también, dispersos. El afán documental se desborda y talla en la lectura una máxima: no todo es significativo para narrar.

La historia de la familia tiene como protagonista principal a Nonna –Dirce es su nombre–, la abuela de la autora, y es con quien, pese a sus más de 90 años, mejor parecen desgranarse y hasta organizarse los recuerdos. Tres expresiones de Nonna dominan la narración de los encuentros entre ambas: Non mi ricordo, che importa, t'immagini. Si las dos primeras obturan las posibilidades de la memoria (o mejor: muestran cómo funciona), la última es combustible de la autoficción. Lo que no recordemos, será pasto para imaginar lo que le falta a la foto. De hecho, este extenso libro comienza con una escena imaginada: a finales de los cincuenta, una Dirce joven arranca entre pasturas altas de Longsight, Manchester, dientes de león para la cena.

Podemos decir que Lenarduzzi escribe como quien recolecta. Escarba y entra a cuanta puerta se entreabre para encontrar, ¿qué? ¿Cuánto? Porque la historia familiar siempre se muestra fragmentada, siempre retacea las respuestas, siempre es esquiva. Solo ofrece las fotografías posibles. Las tres expresiones de Nonna son, en este sentido, lo más pregnante de la propuesta. Ahí está el corazón del libro.

Dandelions habla de una identidad que se juega en dos países, de la mixtura, de las idas y vueltas, de la extranjería, de la lengua y los dialectos de quienes dejan Italia para asentarse en Sheffield y Manchester, y luego retornar. “Yo solía decir que era mitad italiana, mitad inglesa, haciendo automáticamente un gesto con la mano como cortando el aire por la mitad. Como si la herencia fuera biométrica, certificable, algo posible de capturar y enmarcar”, escribe Lenarduzzi. Sus padres dejan Inglaterra para vivir en Italia a principios de los ochenta. Otra vez el idioma, las costumbres, lo familiar y lo extraño se ponen en marcha para una nueva adaptación. La pertenencia o no también se juega hasta en el propio país, y en esta familia se ha posado tanto en la lengua de una Italia unificada como en el friulano y el véneto.

No faltan, claro que no, datos puntuales históricos sobre la desconfianza al inmigrante, en particular a los italianos en la Europa de la posguerra, sobre sus capacidades para el trabajo; e historias todavía más antiguas sobre la idea de que las pestes son llevadas de aquí para allá en cuerpos migrantes. Pero lo que más punza a Lenarduzzi es la pregunta sobre dónde está el hogar, y el acecho del sentimiento de homesick, que va de un lado a otro, porque en todos hay algo que se gana y que se pierde, que se lleva y que se deja.

Nonna y la familia que resta vuelven a Maniago después de unos años y quedan dos tumbas en Sheffield a las que, como el final de un largo camino, llega Lenarduzzi en coincidencia con el cierre del libro. Sobre estos muertos inscriptos en lápidas –como otros que no lo están–, se da un diálogo final entre nieta y abuela que trae, de algún modo, a Vinciane Despret cuando dice que los muertos nos convierten en fabricantes de relatos.

22 de abril, 2026

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Dandelions
Thea Lenarduzzi
Traducción por Micaela Ortelli
Queequeg Press, 2026
323 págs.

Crédito de fotografía: Adam Goodison.


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