A sus 75 años, Julian Barnes (Leicester, Inglaterra, 1946) dice estar un poco harto de sí mismo, medio sordo y con miedo a repetirse. El cáncer en la sangre que le diagnosticaron no le ha arrebatado, sin embargo, el humor; un cáncer incurable que –le aseguran– puede ser, de todas formas, tratable. Deberá vivir bajo supervisión lo que reste de vida para mantener a raya a la enfermedad. Escritor como es –y, de los vivos, de los más famosos de su tierra– pareciera no tener otra opción frente a esta circunstancia que la de, justamente, escribir. Con tiempo de sobra, y el recuerdo de familiares y amigos muertos, dedica unos años a concebir Despedidas, volumen que, asegura, será su último libro. A no desesperar, tampoco: si alguien puede lidiar con una situación de esta naturaleza sin dramatismo ni solemnidad, ese es Julian Barnes, maestro de la ironía y el chascarrillo.
A su edad, entonces, con un cáncer a cuestas y una trayectoria rutilante –que incluye el premio Booker en 2011 por El sentido de un final– ciertas expectativas se ponen en marcha: debía ser cuestión de tiempo para que entregara una autobiografía, un diario, la correspondencia con otro autor; algo, en suma, que arroje inequívoca luz sobre su vida privada y que pueda leerse como, hoy día, todo quiere ser leído: referencialmente.
Como era de esperar, tratándose de Barnes, Despedidas modula una hibridación de recuerdos, anécdotas personales, ensayos y ficción, alejada de toda solemnidad y melancolía, horadando, cada vez que encuentra el espacio, la transparencia de lo narrado: si la Historia es un escenario de disputa, la historia vital se interpreta y reinterpreta incansablemente a sabiendas de que del primero –y de cualquiera– de los actos no quedan sino versiones frágiles, dispuestas a modificarse cuando la luz de la memoria se demora unos instantes sobre ellas.
En “El gran I AM” –el primero de los capítulos, que recuerda los excepcionales casos de Luria y Oliver Sacks– Barnes plantea desde su título la ambivalencia de dos formulaciones en las que, en cualquiera de los escenarios, el poder y el control del ser humano palidecen ante la divinidad o ante el imperio incognoscible del cerebro. El gran “I AM” implica, por un lado, la veta religiosa (el “Yo Soy” que el Dios del Antiguo Testamento le espeta a Moisés); por otro, retoma la sigla neurológica (que alude al Recuerdo Autobiográfico Involuntario: IAM, en inglés). En este último caso, se trata de un fenómeno cerebral en el que, a modo de cascada irrefrenable, una invasión involuntaria y cronológica de recuerdos respecto de un tema particular avanza sobre la conciencia del individuo, completamente indefenso.
Barnes menciona el caso de un hombre que, al degustar una tarta en particular, rememora –involuntariamente, por capricho cerebral– todas y cada una de las tartas que hasta ese punto de su vida ha comido. De este paciente –de fatigoso paladar borgiano– se sirve Barnes para ridiculizar la célebre magdalena proustiana, elaborada con una experiencia –pretérita– plagada de acontecimientos plenos, significativos. Por mi parte –asegura el autor– mis recuerdos tienden a la mediocridad, y, de todas formas, no nos engañemos: es la necesidad psíquica –no la veracidad– el motor de la historia personal.
Es solo muy de tanto en tanto –a Dios gracias– que el cerebro nos juega esta mala pasada: recordarlo todo, como Funes lo experimentó, supondría habitar un paralizante infierno privado; una forma de locura que nos lleva a otra –a una colectiva, y con un atendible poder de lobby cuando se consolida en instituciones concretas: la religión–. Como decíamos, la expresión IAM retoma también la formulación cristiana del “Yo Soy”, locución religiosa que –para mal de muchos, en especial de los creyentes– recuerda cada uno de los pensamientos, sentimientos y actos del ser humano y, de esta manera –a su divino criterio e inescrutable antojo–, produce las reconvenciones necesarias, genera los reclamos convenientes e indilga las culpas justas del caso.
En rigor, es más adelante, luego de ciertas idas y vueltas, de ciertas digresiones –siempre caras a nuestro autor–, que Barnes nos anoticia de que ha sido diagnosticado con un cáncer en la sangre; un cáncer tratable, mas no curable, y deberá convivir con él lo que reste de vida. Emergen aquí fragmentos del diario personal y anotaciones de una libreta a la que acude de tanto en tanto para corroborar si lo que ha escrito más o menos de memoria se condice con los apuntes inmediatos que fuera tomando los primeros días de haber sido diagnosticado. Surge así una escritura sobre la escritura de la vida –la de Despedidas en relación con el diario y la libreta–, que no hace sino exhibir fisuras y tensiones en procura de la inalcanzable verdad unívoca del pasado.
Pero esto no es todo. Siempre bajo el amparo del humor y la ironía, Barnes trae a colación una historia romántica en la que el propio autor ha oficiado de celestino. Cuarenta años después de la separación de una pareja amiga, Barnes los reúne para que retomen el noviazgo coartado décadas atrás. Lo cierto es que de esta historia –con excepción de su principio y de su final–, Barnes desconoce prácticamente todo su nudo o corazón, los cuarenta años de desarrollo en que los tres permanecieron ajenos a la vida del otro. Esta suerte de construcción lacunar replica el vacío inherente a la aparición de la palabra y de la narración, que valen por aquello que nombran; una falta incurable, aunque necesariamente tratable.
A pesar del tono general del libro, poblado de desavenencias cordiales, preocupado por evitar cualquier trampa u autocompasión que la enfermedad pueda traer consigo, uno de los apuntes que el autor transcribe sobre el primer día de hospitalización transparenta el miedo que, para cierta tradición, anida en toda escritura. Dice Barnes: “Escribir esto me calma, concentrarme en las palabras, en hacer que sean tan veraces como pueda. Fue igual que cuando Pat (mi esposa) murió. Me protegí del terror y la angustia escribiendo sobre el terror y la angustia, que aparecían cuando no estaba escribiendo”.
El libro gana sustancia con el transcurrir de los capítulos. En el último –en el que Barnes comienza verdaderamente a despedirse–, recuerda a su esposa fallecida hace más de quince años y lee, por primera vez, una libretita que la pareja llevó en su último tiempo de vida: todo un diario de decrepitud, como lo había bautizado la mujer, una enumeración de dolores y padecimientos utilizando términos precisos, técnicos. Se desprende de allí un interrogante, por demás delicado: cómo nombrar –si no a la muerte– su proximidad. En este lapso, el autor rememora también a escritores de partidas, de Rimbaud a Kerouac; de regresos comedidos, como el de Updike; y a poetas que atraviesan la estadía, como Larkin. Simultáneamente, aprovecha la ocasión para despedirse de amigos muertos y arrebatarle a la parca su movida fatal. Este será mi último libro –confiesa–; ni siquiera la muerte logrará interrumpirme, ya que habré terminado mi trabajo antes de que llegue. Y cuando lo haga, podré sonreír frente a ella, hacerle una mueca incluso, porque he sido yo, como siempre, el que ha decretado el punto final de la escritura.
22 de abril, 2026

Despedidas
Julian Barnes
Traducción de Jaime Zulaika
Anagrama, 2026
216 págs.
Crédito de fotografía: David Levene.