Hay novelas con opening lines que son como faros: en unas pocas palabras, sus autores alumbran el camino por el que los lectores habremos de transitar las siguientes 250 páginas. Un ejemplo: “Al tercer día de su vida, Antonio Borjas Romero fue abandonado en los escalones de una iglesia, en una calle que hoy lleva su nombre”. De este modo, Miguel Bonnefoy nos presenta, en El sueño del jaguar, tanto al personaje como a su destino. A partir de una sola frase, conocemos su origen humilde, de huérfano, y sabemos que el futuro le deparará altos méritos, dignos de la señalética urbana.
La obra de Bonnefoy siempre se alimentó de vidas ejemplares y del frenesí de la peripecia. En ella, desde las tribulaciones del analfabeto de El viaje de Octavio, que acaba por asaltar la casa de la mujer que ama, hasta las vicisitudes de Augustin Mouchot –el pionero de la energía solar que inspiró El inventor–, no falta la épica, ni la aventura, ni la inspiración histórica. Tampoco es la primera vez que Bonnefoy se sirve de su propio pasado familiar. Ya lo había hecho en Herencia, novela inspirada en sus ascendientes paternos, inmigrantes franceses llegados a Chile a fines del siglo XIX. Nuevamente, lo que se busca es construir la saga, la dinastía. Pero su último libro –el más abultado y el más exitoso también, tanto así que le valió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa, y el Femina, del que ya había sido finalista–, es acaso más personal que los mencionados: ahora es el autor mismo quien aparece transfigurado como personaje.
En esta ocasión, Bonnefoy se remonta a la infancia de su abuelo materno en Maracaibo, el iniciador de ese linaje, el jaguar del título: Antonio Borjas Romero, cuya vida fue objeto de una biografía consultada por Bonnefoy para la manufactura de su libro, es de hecho una eminencia en los anales de la medicina en Venezuela. Fue fundador de clínicas, director de hospitales, profesor universitario y rector, miembro de colegios profesionales y sociedades científicas, diputado nacional. Estuvo casado con Ana María Rodríguez, otra ciudadana ilustre, primera mujer médico de Maracaibo, promotora del derecho al aborto. De ese matrimonio nacería, el 23 de enero de 1958 (ahora ya estamos en el terreno de la ficción), una hija que bautizan Venezuela, en honor a las revueltas que pusieron fin aquel día a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Venezuela pasará su juventud en París, desarrollando una notable carrera diplomática, y conocerá a un exiliado chileno –el Ilario Da de Herencia– con el que criará a un niño con vocación de escritor.
Lo que ofrece El sueño del jaguar es una reconstrucción novelesca del de por sí novelesco ascenso social de Antonio y Ana María, y de su legado. Como el de toda familia, ese trayecto está cincelado por los tiempos políticos y económicos del país. Los mojones históricos de la Venezuela del siglo XX –el descubrimiento del primer yacimiento petrolero, las dictaduras, las revoluciones– son el trasfondo de una serie de episodios ritmados por el azar y lo maravilloso, como suelen ser los relatos de algunos ancianos, de videntes y espiritistas: un broche de oro con la forma del pingüino que un día desembarcó en la costa de Maracaibo y que pasa de mano en mano de una generación a otra; un cuaderno donde se anotan las mil historias de amor que cuentan los pasajeros de la estación central de autobuses; personajes con nombres inverosímiles, feéricos (Pedro Clavel, la vecina Zina, Diana del Alba, Leona Coralina).
El referente intertextual más próximo a El sueño del jaguar es el de las sagas latinoamericanas a la García Márquez o a la Isabel Allende. Bonnefoy se propuso abarcar una historia colectiva: la de varias generaciones, la de una región –un país–, a lo largo de un siglo. Pero desde Hemingway y su teoría del iceberg hasta nuestros días, ¿no es sabido que no hay mayor trampa para un escritor que la necesidad de contarlo todo? Acaso semejante afán explique por qué en esta novela extrañamos aquello con lo que Bonnefoy supo dotar –y en abundancia– a los personajes de las anteriores: una individualidad, una impronta única. No por nada Edith Wharton identificaba el gran misterio del arte de la ficción en la capacidad de insuflarles vida a los personajes. A tal fin, la novelista norteamericana recomendaba “ser tan incoloro y silencioso como suele serlo la vida en esos intervalos que hay entre los grandes momentos”. Y si algo falta en El sueño del jaguar son intersticios, silencios, márgenes. Ya sabemos, porque el narrador los presenta como tales, cuáles son los instantes que se rememorarán veinte años después; las ideas, los gestos, los encuentros y desencuentros que cambiarán el curso de una vida (o de la Historia). Los personajes de El sueño del jaguar son resolutos, pasionales, soñadores; de una tenacidad tan exhaustivamente descripta y de motivaciones tan explícitas que es poco el lugar que resta para la contradicción, para la porosidad, para la vida.
En la escena en que se inaugura la Universidad de Zulia, cuyo principal promotor fuera Borjas Romero, Bonnefoy cuenta que el gobernador le preguntó “de qué manantial misterioso había bebido, de qué fuego prodigioso se había alimentado para imaginar tamaño monumento. Antonio le dio la respuesta más simple del mundo: –Lo soñé todo, gobernador”. El sueño del jaguar es la epopeya de adalides que logran lo que se proponen en la vida. La destreza retórica con que Bonnefoy nos había seducido en El sueño de Octavio y El inventor, y que posibilitaba un humorismo delirante cuando se trataba de narrar las proezas de los héroes olvidados, ahora que los sueños se realizan, que las conquistas superan a las derrotas, lo que entrega es una novela bien escrita, como un tejido sin costuras. Un libro ideal para lectores de piel sensible.
22 de abril, 2026

El sueño del jaguar
Miguel Bonnefoy
Traducción de Regina López Muñoz
Libros del Asteroide, 2025
272 págs.