En 1883 ocurrió una de las erupciones más brutales de los últimos siglos: la del volcán Krakatoa, en Indonesia. El estruendo se escuchó a 4.000 kilómetros de distancia. En dos días murieron alrededor de 36.000 personas, la mayoría a causa de los efectos secundarios de la explosión, entre ellos, las olas de cuarenta metros que arrasaron con todo a su paso.
Ciento cuarenta y tres años más tarde, como si las cenizas volcánicas aún estuvieran humeantes, Verónica Stigger publica Krakatoa, una novela compuesta por una serie de voces relacionadas, directa o indirectamente, con la gran explosión, voces que sólo podían escucharse (y esta es la frase inicial del libro) “después de que se hizo silencio en el mundo”.
En la primera parte, las voces que circulan parecen provenir del más allá, gente muerta o que desconoce su condición, como los fantasmas, seres extraños y extrañados de sí, que intentan pronunciar una palabra nueva, poética, entre tanto ruido.
¿Cómo explicar lo que se oyó si carecemos de un punto de referencia desde el cual comparar? La erupción del Krakatoa no fue una más, fue la erupción, “ese gran grito de la naturaleza”, atrayente a la vez que aterrador; al punto de que una de las voces confiesa: “no podía dejar de oírlo”.
Lo sublime kantiano resuena en Krakatoa. Según el filósofo alemán, lo sublime irrumpe cuando contemplamos una fuerza de la naturaleza que podría destruirnos, pero ante la cual nos encontramos a salvo. Sentimos nuestra pequeñez frente a la exuberancia de las cosas. Nos fascinamos con lo inmenso, lo colosal, lo grandioso. Es una sensación que la novela pone en el centro de la experiencia: “El mundo estaba completamente devastado. Sólo quedaba intacta la caverna en la cima de la montaña desde donde, como dioses, contemplábamos la destrucción”.
Pero esta destrucción que narra la escritora brasileña podría anunciar un nuevo comienzo, un tiempo que ya no se cuenta en días, meses ni años. Fue tal la radicalidad del acontecimiento que hasta la creencia más firme se trastocó. Sin embargo, “es un resurgimiento en el que los humanos son mucho más fantasmas que personas”, comenta Stigger en una de las oficinas de Caja Negra, la editorial del libro, donde pactamos la entrevista.
Para romper el hielo (uno de los elementos que monologa en la novela) hablamos de sus influencias argentinas y menciona a Borges, Piglia y Aira. Sobre todo le entusiasman los saltos lógicos (o ilógicos) que el escritor de Flores alienta en sus narraciones.
Desde el título, el sonido y la musicalidad tienen un lugar preponderante en el libro. ¿Cómo pensás la dimensión sonora de la novela?
La primera imagen que vino a mi mente para hacer Krakatoa era la del coro de los volcanes. No una erupción en particular, sino el coro de los volcanes. Imaginé todos los volcanes cantando al mismo tiempo. Esa imagen me fascinaba. Lo pensaba como un teatro mundial. Pero no era posible verlo todo, porque la Tierra es redonda (aunque algunos todavía lo nieguen). Entonces me gustaba imaginar que podían escucharse. Esa era la principal imagen, perturbadora y fascinante, que me impulsaba a escribir. Por eso empiezo la novela con la referencia sonora. Para mí, la imagen del coro es fundamental porque contiene tres cosas definitorias del libro. Primero, el canto, el sonido. El sonido es muy importante. Y me preguntaba cómo cantarían los volcanes, porque no quería pensarlo en términos humanos: ¿cómo sería ese sonido? Después, la idea de la ópera. Krakatoa, como dice un personaje, “no es una novela, es una ópera”. Y, por último, los protagonistas no son necesariamente humanos: son voces telúricas, cósmicas; el sol, el hielo, el carbón, el agua, los volcanes. Entonces, la idea de coro sintetizaba la serie de elementos.
Hay en la novela una insistencia en la destrucción...
Sí. Yo soy trabajadora autónoma y cuando empezó la pandemia en Brasil todos los trabajos se cerraron. Por un tiempo estuve desocupada. Después mejoró. Y pensé: bueno, no quiero enloquecer. Tal vez lo mejor sea escribir un libro.
Intenté escribir una novela que se llamara El satanista, pero no conseguía plasmar lo satírico. Entonces se me ocurrió empezar un libro sobre los volcanes, aunque pensaba que tal vez me estaba apartando de la realidad. Por si fuera poco, en Brasil la pandemia coincidió con el gobierno de Bolsonaro. Teníamos el virus y el gusano que era Bolsonaro: dos destrucciones en curso, al unísono, también como un coro. Hasta que un día me di cuenta de que estaba hablando de la destrucción que atravesábamos en aquel momento. El libro transcurre durante el desarrollo de esa destrucción. Es el final y el principio de algo: un presente indefinido. Por otra parte, es una destrucción en la que la Tierra resulta la gran protagonista. La pandemia nos hizo ver eso. Recuerda que los animales regresaron a las ciudades vacías, la polución bajó. Esa es la razón de que las voces no sean únicamente humanas.

Verónica Stigger por Juan Carlos Comperatore
El libro está dividido en dos partes con registros muy diferentes. ¿Por qué elegiste esa estructura?
Pensé el libro en dos partes: Krakatoa, que repite el título, y Anak Krakatoa. La erupción fue tan destructiva que el volcán explotó y dejó de existir. En su lugar nació Anak Krakatoa. Y anak en indonesio quiere decir “hijo”. O sea, era el hijo de Krakatoa y concebí el libro como el padre y el hijo. Pero la segunda parte no repite la primera. Es el nacimiento de algo nuevo. Es como si fuera necesario destruir Krakatoa para tener Anak Krakatoa, tanto en la realidad como en la ficción.
Quien quiera nacer debe destruir un mundo...
¡Claro! La idea es que no haya una relación directa entre las dos partes. Sin embargo, con la explosión del padre, queda perviviendo un fantasma. Si en la primera parte suenan voces borrosas, poéticas, animales, en la segunda la voz narrativa habla sobre los volcanes como una enciclopedia. Eso divide muy bien los diversos registros. Hay otra diferencia: la primera parte no tiene un tiempo determinado, mientras que en la segunda todo está marcado con sus fechas, sus alturas, sus números. Es lo medible frente a lo inconmensurable.
¿Cómo se te ocurrió el capítulo en el que se narra la serie de cambios? Es casi un paso de comedia.
Trabajé con la lógica de Krakatoa y Anak Krakatoa. Lo que era y lo que es. Y claramente es un pasaje de cierto humor. El libro no tenía tanto humor. Yo pensaba que era un libro muy serio y después noté que ahí había un momento humorístico que es fundamental para descomprimir el tono y volver la narración más ambigua.
Reparé en esta frase: “Un pensamiento solo vive en la orfandad”. ¿Qué significa esa idea para vos?
Un pensamiento solo existe cuando no es un lugar común. Un lugar común es un pensamiento colectivo. Por eso es huérfano, porque está solo y resiste. Y al resistir se empodera.
21 de octubre, 2026

Krakatoa
Verónica Stigger
Traducción de Mario Cámara
Caja negra, 2026
200 págs.
Crédito de fotografía: Marcus Leoni.