Alguna vez Werner Herzog dijo que toda persona, en cierto momento de su vida, debe trepar una montaña con un barco a cuestas. Germanísimo, su caso reviste literalidad y metáfora. Según cuenta en Conquista de lo inútil, diario fantástico del rodaje de Fitzcarraldo, estuvo a minutos de lograr financiamiento hollywoodense para la película y todo se desmoronó cuando le explicó al productor interesado que la escena cardinal no se resolvería con una maqueta simple y económica. Herzog debía empujar un barco real sobre una ladera porque Fitzcarraldo debía hacerlo; en ese emparejamiento se cifraba el fracaso grandioso que ambos perseguían. Y si el barco era para ellos un barco hecho y derecho –con tripulación aborigen, cargamento de tierra, gramófono–, cada ser humano carga a su vez con su propio navío, material o intangible, y tarde o temprano tendrá que medirse con la elevación de la derrota. Aunque conquistar lo inútil es perder, también es acechar una forma de la verdad. Y la verdad es eso que Herzog todavía busca.
“Pero déjenme decir una cosa”, avisa en su nuevo libro de ensayos. “La verdad no me parece una estrella fija en la lejanía, donde se encuentra anclada y a la que podemos acceder alguna vez. La verdad me parece más bien un esfuerzo constante por acercarse a ella. Como movimiento en su dirección, como viaje incierto, como búsqueda llena de empeño y esterilidad”. Más que hacer retrospectiva de obra o defensa técnica de un estilo, El futuro de la verdad se incrusta en los temas urgentes de su última ristra de documentales: la verdad como misterio, como moral, como expectativa. Qué nos importará de ella en los próximos años, bajo qué jirones de verdad nos cobijaremos para sustentar nuestra existencia –otra vez: física y simbólica– en el mundo de falsedad y virtualización que ya se está desplegando ante nosotros.
Los textos reunidos en el libro, de extensión variable y orientación azarosa, van desde anécdotas menores, como la del cerdo encajado en un pozo ciego palermitano, hasta largos capítulos que desmigajan fake news de la antigüedad, simulacros y artilugios de los que se valieron reyes griegos, egipcios y romanos para anexar territorios y grabar su nombre en la tradición hoy dada por cierta. Hay una sección más íntima, donde Herzog investiga la verdad como insumo y producto del sentimiento, lo que a su manera quiere decir: nunca de los hechos. El convencimiento popular de que lo verdadero bulle en una realidad exterior a la mirada siempre lo incordió y hasta le confirió una esquina en algún que otro escándalo. Su renuncia intempestiva a festivales, sus declaraciones vitriólicas sobre otros directores y la escritura de manifiestos contra las imposturas del cinema verité se repiten, con el ímpetu de entonces, en varios pasajes del libro. De acuerdo con el mantra herzogiano, el acceso a la esencia –o a su espejismo– sigue siendo una potestad del individuo. “Se necesita un nuevo tipo de cine que nos ayude a reajustar los ojos y confiar nuevamente en ellos”, dijo hace no tanto en una de las entrevistas compiladas en Una guía para perplejos.
Al fondo de todo esto, el propósito es la expansión del arrobamiento, eso que Herzog definió como “verdad extática”, la disparada de uno mismo hacia una percepción que se logra mediante la observación pura, sin vinculación con el resultado o incluso entendiendo que naufragar a mitad de camino es parte del gesto. Esa observación, en El futuro de la verdad –y en toda la obra escrita de Herzog, que él avizora más duradera que su filmografía–, tiene sus remaches y sus obcecaciones. Rasgos, podría decirse, de una coherencia impermeable al devenir de las modas y los años. Será que la verdad no tiene fecha de vencimiento, porque reside en un plano donde ninguna fecha recuerda nada a nadie.
18 de marzo, 2026

El futuro de la verdad
Werner Herzog
Traducción de Ariel Magnus
Ediciones Universidad Diego Portales, 2025
128 págs.
Crédito de fotografía: Joel Saget/AFP/Getty.