La historia es relativamente conocida. A mediados del siglo XVIII un tal conde von Keyserlingk, que al parecer sufría de insomnio, le pide a Bach que le componga una serie de piezas que lo entretengan en ese mal trance y que sean incluso capaces de inducirle el sueño. A semejante encargo, el maestro barroco del contrapunto responde con un Aria seguida de treinta variaciones más la reiteración del Aria, que luego, en alusión al virtuoso clavecinista que las tocaba todas las noches para el insomne, se conocerían como Las Variaciones Goldberg. El mismo nombre tiene esta novela de Nancy Huston, y podría suponerse que se trata de una recreación literaria de esa anécdota, pero no es el caso. Porque, si bien la irrupción de una música cuasi milagrosa y la confluencia de personajes tan potentes como un conde insomne, un compositor genial y un intérprete prodigioso, son una materia prima más que tentadora para una narración, la escritora canadiense (francesa por adopción) opta por un abordaje mucho más interesante. Deja de lado esa historia algo gastada y decide inteligentemente operar en relación a la pieza musical en sí, proponiéndose crear una versión literaria del dispositivo formal implementado por Bach.
El desafío era por cierto exigente, porque para que el experimento funcione, era necesario encontrar una resolución en la que la trasposición de un lenguaje a otro ocurriera realmente y en la que lo que pasaba musicalmente en relación a las variaciones tuviera su correlato en las palabras. Huston encuentra la solución en algo que ocurre siempre en la instancia de un concierto pero que generalmente no es considerado, quizás porque se trata de un fenómeno silencioso y por tanto invisible. Mientras la pieza en cuestión es ejecutada, en la cabeza de los oyentes, e incluso en la de quien la está interpretando, suena esa voz continua que es el modo en que nos habita la palabra. Se supone que la música transcurre en un marco de respetuoso silencio, y es así en el ambiente donde que ocurre el concierto, pero en el foro interno de cada uno de los participantes del evento ese silencio no existe. Consciente entonces de que, aun en el silencio, la palabra suena, Huston se da cuenta de que para su versión escrita de Las variaciones Goldberg lo que tiene que hacer sonar a través de las palabras es ese concierto polifónico que ocurre en la cabeza de los concurrentes a la presentación en vivo de, precisamente, Las variaciones Goldberg.
El libro entonces es básicamente eso: una sucesión de monólogos internos enmarcados en una presentación de esa pieza icónica. Para que la traducción fuera consecuente con el dispositivo creado por Bach, la autora dispuso como marco escénico un concierto en una habitación donde viven la clavecinista y su esposo, al que asisten veintinueve selectos invitados (entre los que hay músicos de toda especie, académicos, periodistas especializados, estudiantes de música, intelectuales, etc.), la mayoría de los cuales se conocen o tienen algún tipo de relación con los dueños de casa. El monólogo interno de la intérprete corresponde al Aria de la pieza de Bach (que como sabemos tiene un segundo momento al final), y el de los treinta oyentes corresponde, claro, a las treinta variaciones.
Ahora bien, para que la traducción de la obra en cuestión realmente ocurra, sobre este andamiaje que replica la estructura propuesta por Bach, Huston sabe que tiene que hacer sonar en palabras el principio de diferencia y repetición implícito en el dispositivo de la variación. Teniendo en cuenta que en la música forma y contenido tienden a indistinguirse, decide hacerlo entonces de manera simultánea en los dos frentes. Y así es como, calibrando un sutil equilibrio que la afinada traducción de Pablo Gianera se cuida en conservar, construye cada voz con un tono distintivo pero remitiendo de manera solapada a una voz general; y a la vez, considerando que el lugar del Aria lo ocupa Liliane Kulainn, la intérprete, hace que los diferentes monólogos transiten cuestiones personales de quien lo emite, pero también que aludan a la dueña de casa y por extensión a su esposo. Las perspectivas son tantas y tan variadas que el conjunto acaba configurando un retrato fragmentado, difuso, en el que la imagen de Liliane tiende a desestabilizarse y a tornarse múltiple, e incluso reacio a coagular en algo parecido a una identidad.
Lo mismo, claro, ocurre con las cuestiones recurrentes en los monólogos, que son algo así como los componentes de la organización armónica de esta versión escrita de Las variaciones Goldberg. El más evidente quizás sea la obra en cuestión, que es abordada por casi todos en una suerte de muestreo de perspectivas que va de la defensa purista a la descalificación. Lo que está en juego, claro, es menos la obra en sí que los modos posibles de entender el fenómeno musical, que es presentado como un campo de disputas pero también como un fenómeno dotado de misterio, que da lugar a reflexiones de índole filosófica, como por ejemplo la que esboza el personaje nominado como Escritor cuando dice que la música (al igual que el amor) transcurre “fuera del lenguaje”, que de todos modos algo “intenta decir” pero que inevitablemente queda ahí, en el intento, y que eso ocurre porque, si bien depende del lenguaje, siempre está “por debajo o más allá de él”. Esa tríada que conforman la música, el amor y la palabra (a la que inevitablemente se suma el silencio, esa aspiración utópica que habita el revés de las otras tres), es recurrente en varios de los monólogos, revelando en última instancia que en la calibración de sus volúmenes se juega el destino de cada quien. De hecho, los personajes de esta novela cobran cuerpo y relevancia precisamente ahí, en el modo en el que cada cual modula su relación con la palabra, como lo demuestra el caso paradigmático del esposo de la intérprete, un intelectual consagrado que un buen día, en medio de una clase magistral, repentinamente se queda sin palabras, si es que acaso no articula una renuncia voluntaria que lo excluye para siempre del panteón letrado. El escenario elegido es el más atinado, porque en el fuero interno, ámbito en el que se expresa lo que habitualmente se calla, es dónde mejor quedan expuestas las tensiones en juego en esa relación; y Huston, claro, aprovecha al máximo esa plataforma de revelaciones. Sabiendo que para desarrollar cada personaje cuenta con no mucho más que un par de páginas, recurre en principio al uso de tipologías estereotipadas (el catedrático maníaco, el militante de izquierda, el músico contemporáneo, la feminista, etc.), para de inmediato singularizarlas a través de pensamientos, sentires, manías e historias tan potentes como memorables.
Otro elemento nodal, presente en las variaciones, es la condición femenina, en tiempos, como casi todos, de masculinidad dominante (la novela fue escrita en 1980).Como en las cuestiones anteriores, el friso que los diferentes testimonios y perspectivas va dibujando es más que elocuente, y resulta particularmente urticante cuando en la voz interna de las víctimas se hace visible la retícula íntima y cotidiana de la desigualdad.
Por supuesto, en el devenir de los treinta y dos monólogos hay mucho más, tanto que incluso hay lugar para solapadas referencias metatextuales, como cuando Liliane, sobre el final, dice: “Yo compuse cada variación. Con las notas de Bach. Con las personas de esta habitación”. Y de inmediato, subrayando que el “como si” al que la obliga el fingimiento propio de la interpretación y de la escritura es en definitiva una variación de la voz propia, agrega: “Yo pretendí hablar por treinta personas...” En la modulación sutil de esa frase, la ejecución de la pieza musical se torna indistinguible de la escritura del libro, y la interprete y la escritora por un instante se solapan. No porque lo que se pretenda es una ficción autobiográfica sino porque el experimento de traducción se ha consumado.
Nancy Huston, cabe aclararlo, además de escritora es música, y más precisamente clavecinista, e indudablemente trabajó en esta novela, al menos en parte, con esa materia digamos propia. Pero no para recrear su vida, sino para potenciar y otorgarle peso existencial a algo que evidentemente en su vida es fundamental y que en este libro expone con la solvencia de quien sabe de lo que habla. Y nos referimos, claro, a esa zona intermedia, ligada al misterio de un silencio que nunca es absoluto, que va de la música a la escritura y viceversa.
11 de marzo, 2026

Las variaciones Goldberg
Nancy Huston
Traducción de Pablo Gianera
Pinka, 2026
177 págs.