En un ensayo brevísimo y contundente, Maurice Blanchot se pregunta quién es el yo que sueña. Podríamos replicar quién es el yo que escribe ante un libro de inocultable adscripción a los relatos íntimos. Ese yo debería, en el mejor de los casos, surgir de la construcción de un narrador que eluda la mera confesión, la elegía o el anecdotario. Un yo mediado, diría Vivian Gornick.
Con su libro Lo que es mío, José Henrique Bortoluci, historiador y sociólogo brasileño nacido en Jaú en 1984, se suma con holgura a un grupo de escritores y escritoras –Didier Eribon, Annie Ernaux, Rebecca Solnit o Theodor Kallifatides, para nombrar solo algunos– que han sabido entender la historia chica como indivisible de la grande. En todos ellos, con distinto matiz, aparece como parte del relato una condición: la de tránsfuga de clase, concepto de Pierre Bourdieu.
En Lo que es mío, esa traición no es precisamente el desencadenante: los padres, cuenta el autor, aun sin entender demasiado el alcance de sus logros estudiantiles, guardan una memorabilia de sus triunfos en olimpíadas matemáticas y otras pruebas de su excelencia. José Henrique es el primer universitario, sí, pero la tensión que lo guía en la escritura es cómo leer la vida de su padre Didi, camionero nacido en Jaú, zona rural de San Pablo, sentado en su cabina entre 1965 hasta 2015, trabajador precarizado en sucesivos gobiernos dictatoriales, al que le toca recorrer y ser parte, como transportista, del proyecto Carretera Transamazónica.
Así emprende la tarea y, a su manera, tiene que cruzar varios caminos, tender puentes, y aventurarse en una lectura y en una escucha desde su nuevo lugar, que es doble: el hijo formado en las ciencias sociales y, también, el hijo de un hombre con un cáncer complicado.
El libro trasciende el armado sentimental del propio archivo: es mucho más que una biografía íntima, palpable y alejada de la solemnidad, una memoir de familia entre los recuerdos de Didi y el registro de un tiempo incierto con pronósticos poco esperanzadores y soluciones médicas siempre provisorias.
Se inserta en lo que Ernaux llama autosociobiografía, ese yo que dialoga con su contexto social, político, económico, cultural. Sin el escalpelo de Ernaux, o mejor: con otro filo, el tono cálido de Bortoluci pone el foco en cómo escuchamos el relato de origen, el mito familiar, la historia de nuestros padres. Cómo escucha el hijo al padre, cómo se despoja, si fuera posible, de las categorías académicas (igual presentes), y recuerda al mismo tiempo la intimidad –las privaciones, las ausencias, los regresos, los relatos de otros, el mundo del padre, un mundo lejano, de carreteras que se hacían al andar–; y cómo entiende e inserta la vida de Didi en la historia general de Brasil, las dictaduras sucesivas de los años 60 y 70, con los zarpazos de la explotación amazónica, la idea del progreso como conquista arrasadora.
De hecho, casi al promediar el libro, en el capítulo “Selva y selva” aparece la voz clara del Bortoluci universitario, con máster y posgrados, que encuentra en la vida de Didi la historia de Brasil encarnada. Y más se encarna –y más devasta, como si se tratara también de un cuerpo social acosado por la enfermedad– en “Aquel pueblo”, cuando repasa el bolsonarismo y la pandemia, asociados en la crueldad y la muerte.
“No puedo nombrar con mi vocabulario académico ese Brasil que emerge de sus historias. (...) Me hago un lío cuando intento revestir sus palabras con el glosario del debate político ilustrado y progresista al que estoy acostumbrado”, escribe. La confesión toca una de las cuerdas más interesantes de la narrativa personal: develar la dificultad del procedimiento frente a la materia viva que no termina nunca de ser pasado, materia siempre lejos de una verdad, de la clausura de sentido, y demasiado cerca del mundo emocional de quien decide contarla. Es decir: pone en cuestión su mirada. Escribe en lo inestable de un ajuste de lentes, lo único posible para mirar la propia vida. Familiaridad y extranjería, para tomar palabras de Alberto Giordano. En esa dificultad subyace algo del trabajo de campo: ¿preguntamos lo suficiente? ¿Escuchamos lo suficiente? Y en esa dificultad se ve, también muy claramente, el lazo amoroso que va trenzando en la escucha, porque no renuncia a la voluntad de entender.
En la voz de Didi, llegan las historias, casi perfiles biográficos, de Nestor, Manelão, Jaques, sus tres amigos camioneros. Una pena que la traducción castiza le adjudique a esa voz términos y giros que le son tan lejanos (y disonantes en la lectura).
Didi Bortoluci no supo de las repercusiones del libro, murió en 2023. La actualidad política de Brasil tomó otros rumbos, pero –escribe José Henrique– “esa nueva forma de brutalidad parece disfrutar de una fecunda supervivencia”. Y pego, deliberadamente por feroz cercanía, un textual de Didi que explica su desinterés en la política: “al día siguiente vamos a tener que trabajar igual”.
11 de marzo, 2026

Lo que es mío
José Henrique Bortoluci
Random House, 2025
144 págs.