Los comentarios críticos acerca de la obra de Luis Sagasti suelen señalar su supuesta condición de “inclasificable”. Posiblemente el epíteto se repita al referirse a La realidad absoluta, su nuevo libro. Aquí el autor vuelve a construir un híbrido entre ficción, ensayo narrativo y un ritmo que le debe mucho al lenguaje poético. El cruce de géneros no es algo novedoso en la literatura argentina (ahí están Respiración artificial, algunos cuentos de Borges, o el Facundo) y lejos está de ser un fenómeno insular en nuestro presente. María Negroni, Hernán Ronsino, María Gainza son algunos autores que comparten esta pasión por desdibujar los límites genéricos. Pero, pese a este territorio en común, a partir de Bellas artes Sagasti fue diseñando un estilo reconocible por su erudición ajena a la solemnidad, por su humor contenido y, fundamentalmente, por su facilidad para realizar asociaciones entre elementos en apariencia disímiles.
En La realidad absoluta conviven, entre otros, el músico de vanguardia Moondog, el coronel Walter Kurtz y los relatos que circundan a Apocalypse Now, el bombardeo a la Plaza de Mayo de 1955, una larguísima caminata de Werner Herzog y la timidez de los árboles, ese fenómeno en el que, en una referencia a la propia organización textual, las copas de los árboles se acercan sin tocarse, formando imágenes semejantes a pequeños deltas en el cielo. Los materiales que le dan forma son heterogéneos: historia, filosofía, ensayo, música, narración biográfica y, también, si tal cosa existe, la ficción pura en dos narraciones que finalmente confluyen: la de un anciano profesor de filosofía que encuentra el Ser heiddeggeriano en un pueblito perdido y la de un escritor fantasma que se apropia de la narración del autor consagrado que lo ha contratado.
La “realidad absoluta” es la figura que cohesiona y le da unidad al texto. Sagasti, en vez de definirla, la va caracterizando a partir de la proliferación de relatos y pequeñas reflexiones. Se trata del vínculo desnudo con el mundo, desprovisto de las mediaciones de la metafísica y la moral. Una experiencia pura, horrorosa, incomunicable, “el más allá del lenguaje, el más allá de lo expresable” porque “ciertas experiencias son inmunes a la nitidez”. Así, la selva con su desmesura ocupa un lugar central. Una selva capaz de enloquecer al más cuerdo y de borrar de un plumazo cualquier pretensión civilizatoria; incluso, la de la transparencia comunicativa. Con afán modernista, Sagasti afronta el viejo desafío de escribir lo inefable.
Con nombres e imágenes que se repiten en loop, la estructura espiralada de La realidad absoluta hace que las narraciones asuman nuevas significaciones en el diálogo que sostienen entre sí. Así, por ejemplo, cuando Sagasti se refiere a la fascinación que genera la competición olímpica de los cien metros llanos, afirma que se trata de una “carrera primal”, cercana a la desesperación selvática. En párrafos extensos (algunos se extienden por páginas), el lector se ve arrastrado por una vorágine asociativa casi siempre sorprendente. Las huellas del ensayo se ven menos en una voluntad explicativa que en un enciclopedismo delirante y en la flexibilidad formal. Refiriéndose a los infructuosos intentos de Aby Warburg por comprender los horrores de la Primera Guerra Mundial, Sagasti señala con ironía que “necesitaba encontrar racionalidad en esa carnicería”. Los límites entre lo humano y lo animal, entre razón e instinto, aparecen desdibujados. Por eso, la figura de Kurtz (el de Coppola pero también el de Joseph Conrad) es central: todo documento de civilización es también un documento de barbarie.
Con La realidad absoluta, Luis Sagasti confirma su originalidad dentro del panorama de la literatura argentina contemporánea. Una originalidad que le debe menos a sus coqueteos con el ensayo que a la cadencia oral de su prosa y a la felicidad digresiva. Estas características hacen que, junto a César Aira, sea uno de los pocos herederos del mejor Lucio V. Mansilla.
11 de marzo, 2026

La realidad absoluta
Luis Sagasti
Eterna cadencia, 2026
144 págs.