En un artículo escrito en 1926, Freud se detiene a analizar un tipo de pacientes al que lo ha enfrentado su experiencia de médico y psicoanalista: aquellos que se consideran a sí mismos como “excepciones”. ¿Excepciones de qué? De cierto curso convenido o natural que se esperaba de las cosas pero del que, sin embargo, el apremio de la vida los ha extraído. Esa autopercepción se anuda, según Freud, con una vivencia o un sufrimiento experimentado en la primera infancia, un daño del que quienes lo han sufrido “se sabían inocentes y pudieron estimar como un injusto perjuicio referido a su persona”. Resulta paradójico: el resultado es que de esa injusticia algunos se arrogan para sí mismos una especie de privilegio (que se los avala el golpe que han padecido) y una forma de rebeldía. Por algo son excepciones: “la ley” no los toca, ya que ha empezado por excluirlos. Pero nadie quiere permanecer náufrago o en soledad. En definitiva, también las excepciones se pueden volver regla, o pueden con paciencia y con su existencia misma horadarla de a poco hasta llegar a interrogarla de cuajo: ¿o quién es acaso el que ha decretado que una niña debe quedarse sin madre a los pocos años de haber nacido? ¿Qué ley es la que prescribe que deben ser los hijos quienes deban sobrevivir la muerte de sus padres y no al revés? Porque lo cierto –dicen las “excepciones”– es que esas cosas pasan. En resumen: ¿quién podría saber de antemano cuándo vamos a morirnos? En todo caso uno podría decir: nadie, pero una niña o un niño menos que ninguno, porque la muerte es algo que aún no imagina.
Soledad inesperada es un bellísimo libro acerca de la orfandad (si es que la belleza aplicada a esa vivencia no resultara en oxímoron). En primer lugar, la de la propia Teresa Arijón, huérfana de madre desde los ocho años. Y a través de su experiencia, la presentación de la orfandad como condición existencial, como acontecimiento constitutivo de una subjetividad que, por lo dislocado del trauma, por la complejidad para asimilar una muerte cuando es temprana, por su resistencia para ser analizada y la fuerza con la que la comprensión resulta rechazada, ha de volverse excepcional. El libro está compuesto a la manera de “entradas“, un poco como ocurría en Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes (y la relación con ese libro puede justificarse también como atinada en la medida en que este texto de Arijón es sobre todo, y entre las tantas cosas que puede ser, una fervorosa declaración de amor). Sobre el borde superior de las páginas, una especie de membrete con una frase entre paréntesis ubica lo que pudo haber sido (o terminó siendo) un disparador, un núcleo temático, una variación sobre un poema, un corolario o un título de lo que debajo está escrito: (lo que no se quiere escuchar), (madre tiempo), (nada está solo), (la mirada), (una tumba ambigua), (un gajo de mandarina), (lo que no fue), (dejarse ir), (parir/partir), (desafiar a dios), (cerrar una herida), (culpa), y así a lo largo de todo el libro. Arijón evoca su infancia y con ella el episodio de la muerte de su madre, los reacomodamientos familiares, su relación con sus tías cuidadoras, con su prima, sus abuelas, con su padre, consigo misma. Pero sobre todo evoca a Delia, a la mujer que ella fue además de haber sido su progenitora y que, a partir de su desaparición, ha quedado erigida en recuerdo amoroso para sus familiares, sus amigas, su marido, su hija.
Habría que aclarar: en la mirada de Freud, esos casos “excepcionales” llevaban una valoración negativa. Son poco adeptos al trabajo que propone la intervención analítica, la de relegar una gratificación inmediata para obtener más tarde una mayor y menos nociva. Han sufrido mucho y pronto, por lo que no están ya dispuestos a seguir pagando un precio, el mínimo que fuese, por el placer que siempre desean obtener. Bastante hemos sufrido como para que se nos exija un esfuerzo más, señala Freud que es su lógica. Pero nada más alejado de la “excepcionalidad” aquí presentada. Arijón hace manifiesto que nunca se deja (que nunca ha dejado) de pagar el precio, y que ese pago la ha vuelto artista. La orfandad, en Soledad inesperada, es además el motor inmóvil capaz de promover, a fuerza de identificación con unos otros también excepcionales (puesto que han pasado por “lo mismo”), la construcción –por parte de la autora– de una suerte de familia ampliada, y entonces gran parte de las anotaciones que llenan sus páginas traen a colación (cuando no es que ponen en conocimiento al lector) anécdotas en relación a artistas (grandes) que han quedado a su vez huérfanos de madre: Salvador Dalí, Yasunari Kawabata, Paul Léautaud, Kobayashi Issa, Albert Camus, Jeanine Grisius, Arturo Carrera, Cecilia Meireles, Gérard de Nerval, Jane Fonda, Mijaíl Baryshnikov, Juan Rulfo, Paul McCartney y su mujer Linda Eastman, Madonna, Francis Picabia, Clarice Lispector. La relación entre orfandad y creación artística (¿habría que llamarle “búsqueda”?) queda expuesta sobre la mesa: “Para ser artista hay que mirar el mundo con el desapego de un niño”, cita Arijón a la pintora Celia Paul, hija de Gwen John, una mujer huérfana. ¿Pero será realmente desapego lo que siente un niño, una niña? ¿No será más bien lo contrario? La afirmación “pasa por alto que Gwen no se resistió a dejar de ser hija: simplemente, a sus ocho años, dejó de serlo”, agrega inmediatamente la autora como si fuese una enmienda. O quizás haya que mirarlo (al mundo) desde la desposesión de una huérfana, va diciendo Arijón pero sin decirlo. Unas páginas antes, había ensayado: “Perder a la madre a una edad tan frágil conlleva una forma de desapego: el huérfano aprende a estar en tránsito, desarraiga”. Imagen de la orfandad total: un equipaje que no es de nadie ni nadie reclama, valijas que llegaron a un lugar y que nadie agarró, escribe citando a Guillermo Kuitca. “Lo que queda varado, esperando para siempre”.
Pero hay que decir que Teresa Arijón es, antes que nada, poeta, y que entonces la relación entre orfandad y poesía es la que va quedando, y cada vez más, como establecida: el origen del poema, podría argumentarse, es una desposesión; pero en tanto desposeído, quien no posee, por eso mismo se libera. El arte es un exorcismo invertido más que una catarsis. Un exorcismo distinto que el de las películas de terror. No se trataría tanto de expulsar lo ajeno que nos domina como de dejarse poseer por alianzas con las cosas y con otros seres como una búsqueda infinita de lo que nos ha sido, por alguna razón, negado: la posesión de un amor total. O dicho de otro modo: ¿quién sería poeta? Aquel o aquella que, como en el poema de Rimbaud, fuese capaz, pese a todo, de afirmar: “Esclavos, no maldigamos la vida”. O aquel o aquella que no hiciera del sufrimiento un efugio, una fuga, “un recurso para evitar una situación difícil”: “El efugio es el arma de los débiles (escribió Machado de Assís)”, transcribe Arijón para inmediatamente anotar: “Si le agrego una letra, deviene refugio”: asilo, guarida, escondite, protección.
Hay otra escena que recorre y acompaña el avance del libro: los diálogos e intercambios de la narradora con su analista (una mujer nombrada como N), encuentros que van construyendo en su repetición una secuencia casi cinematográfica, como de elemento en serie que, justamente a causa de eso, a veces resultan un poco humorísticos, otras más desdichados: “La muerte de mi madre no me expulsó de mi infancia. Esa sensación solo puede tenerla una persona adulta. Yo, en cambio, quedé varada en la tierra de los descubrimientos”. Es una respuesta que la narradora se da para sí misma frente a una interpretación distinta de las cosas, ante una posibilidad otra que su analista le ofrece a considerar, pero se escucha como una firme posición ética y una declaración de principios. “Ella está en todo lo que escribo”, es otra de esas declaraciones. Su madre Delia como el núcleo ausente de toda su escritura. Y como en esas películas que a veces agregan una última imagen o un último cuadro una vez que han pasado los créditos y la pantalla se ha fundido a negro, cuando parecía que ya todo había terminado, escribe Arijón en la última página del libro, como por fuera de él y casi al modo de una comprobación, después de que ya ha expresado sus agradecimientos: “La vida comienza a los cuarenta. Hasta ese momento solo estamos investigando (escribió Carl Jung)”.
7 de octubre, 2026

Soledad inesperada
Teresa Arijón
Lumen, 2026
240 págs.