Dos extraños es un tango hermoso, un clásico de Pedro Laurenz y José María Contursi, quién no conoce el estribillo: “Y ahora que estoy frente a ti/ Parecemos, ya ves, dos extraños/ Lección que por fin aprendí/ Cómo cambian las cosas los años”. Y son justamente los años, como medida y metáfora del tiempo, acaso la clave poética de esta novela. La experiencia del tiempo en sí. De hecho, Luis Gusmán hace años que tenía esta novela en carpeta, por la que sentía una cierta predilección, acaso porque otra de las insistencias de su obra siempre fue el tango, de hecho su padre, el padre de Gusmán, fue cantor de tangos y Gusmán mismo, digámoslo así, es tanguero. Sin embargo, la trama de Dos extraños no es necesariamente tanguera, y no se trata en verdad de una novela sentimental o melodramática, como narra la canción. La trama, como la mayoría de las novelas de Gusmán, intenta dar cuenta de algunas coincidencias y malentendidos que siempre aluden o cifran el misterio. Ahora que ese ya no es un género literario ni una faja de venta, se podría decir, por qué no, que las novelas de Gusmán son siempre novelas de misterio.
“Imaginó el laberinto auditivo como un tubérculo intrincado, una hiedra que crecía de manera informe”. Adrián Venturi, el personaje principal de Dos extraños, es un cantor de tangos que oye mal; desde hace poco tiene acúfenos, hay un zumbido permanente. A partir de este síntoma, Venturi pierde el interés por la vida y por sus cosas, y empieza a vivir en una suerte de limbo. Pero tiene que ir a un concurso de tango en Mar del Plata, que lo tiene a él como uno de los homenajeados, ya que se presentan cantores que lo imitan. Al llegar a Mar del Plata y al encontrarse con una mujer más joven –Natalia–, que viene de Roma, Venturi
empieza a ocultarse y mentir, y la realidad se modifica al compás de confusiones, engaños y la no menor participación del azar. Porque Dos extraños también es la historia de varias mentiras, pero sobre todo de, para decirlo de algún modo, qué se hace con la mentira. Porque no siempre la mentira se revela o se impone. Hay muchas otras variantes. Y Gusmán sabe escribirlas, escribe varias en este libro. Hasta sentir que, a fin de cuentas, mentira y verdad son agujas de un mismo reloj.
“No fue necesario ningún intercambio de palabras. El silencio se fue instalando entre nosotros con esa fuerza demoledora que tienen el tiempo y la costumbre”. Gusmán siempre tuvo una rara habilidad para sugerir; para narrar de un modo a la vez transparente y elusivo. Ese rasgo de su estilo, con los años –con los libros– se ha vuelto cada vez más eficaz, como si en cada libro repitiera el truco, pero cada vez lo hiciera más rápido o con un nivel de complejidad mayor. En Dos extraños, la relación de Venturi con las mujeres de la novela: su esposa, su hermana, su madre, Natalia, son logradísimas y, sin embargo, si queremos repasar y reconstruir lo narrado, veremos que tenemos muy poca información, pero es es una condición de su lenguaje, con muy poco, Gusmán narra mucho. Como si el primer borrador de esta novela pudiera tener cien páginas más que una mano sabia ha quitado sin que se note. Ya se ha escrito mucho sobre la obra de Luis Gusmán, aunque probablemente entre lo mejor que se ha escrito está lo que escribió un español, Rubén A. Arribas, que presentó El frasquito con un prólogo para la editorial Cotrabando en 2023; ese texto cierra con esto: “En cualquier caso, quien lea esta novela hará bien en recordar que fue –y sigue siendo– un libro de inmadurez”, y después “(...) y que no encontró otro modo de hacerlo que componiendo un violento tango espiritista”. Entre El frasquito (1973) y Dos extraños* (2026) hay cincuenta y tres años, más de medio siglo. Y sin embargo la escritura de Gusmán se empeña en tener esa condición, esa inmadurez tanguera, debe ser ese el fantasma o espíritu que la habita, pero no es el de un cantante, no, es el de un bailarín de tango, los bailarines tienen eso, mientras pueden bailar, siempre parecen jóvenes.
30 de septiembre, 2026

Dos extraños
Luis Gusmán
Edhasa, 2026
196 págs.
Crédito de fotografía: Luciano Thieberger.