Quien suponga que el avance del relato conduce hacia el fin del relato desconoce las historias de Antonio Oviedo. Estas jamás prosperan, y, sin embargo, llegan a lugares a los que nadie antes había llegado. Por ejemplo, tales historias se disuelven en el aire sin saber si han comenzado, se disgregan en la sombra que iluminan ni bien dibujan una forma que se oculta. Vueltas sobre sí mismas, o retaceándose a medida que se despliegan, ellas atentan con realizarse de un modo que hace del escamoteo un súbito absoluto. Su lectura por lo tanto podría parecer ardua o somnífera, y, sin embargo, nada más erróneo. La lectura de Oviedo hechiza y conduce, rapta y orienta. La pregunta entonces sería ¿hacia dónde se dirigen esas historias, esos retazos de personajes que deambulan, o –como en esta última nouvelle– de dónde provienen –de dónde vuelven– esas siluetas que desperfilan el predominio de la historia en procura de ser –como bien señala Ignacio Lacamoire– “fragmentos siempre reacios a formar parte de una frágil totalidad”? La procedencia de Oviedo, aun cuando se puede rastrear, es extraña. Posee dos orientaciones a seguir: sus lecturas alimentan la escritura y esta habilita una inteligencia literaria lo suficientemente anacrónica como para fascinar a pocos fieles lectores; y también, lo escrito alimenta un sueño oscuro que prodiga pesadillas tan insignificantes en lo cotidiano que, el término extrañeza, queda definitivamente reducido y anulado por las manías de la mirada que lee, por las construcciones sintácticas de un estilo que avanza, por la obsesión de soberanía con la que ya se ha escrito. Oviedo procede entonces de un lugar que él mismo ha sabido hacer a fuerza de intimidad y distancia, de acierto y lejanía. Ese lugar es el lugar a descubrir de quien recién llega modificando cuanto lo rodea, de quien antes que un contorno claro es una presencia difusa. Tan secreto resulta entonces el lugar de procedencia que ya de por sí se ha vuelto residencia, pues se confunde con el perfil de la propia figura. Semblante, rictus o rostro –llámenlo como quieran– Oviedo es quien se ha vuelto, antes que esas formas reconocibles, la silueta adentro de cada relato que ha escrito; silueta que, por cierto, procede con lenta reticencia en procura de resguardar una vaguedad y una vacilación propia de la más exasperante morosidad.
Tal vez por eso Oviedo ha sabido hacer de la nouvelle la extensión precisa de sus historias. Pues antes de que lo narrado cristalice, lo súbito del final ya está preanunciado en la perplejidad de una realización que aspira a evidenciar lo frustrado. Y, más allá de la anécdota que da origen a lo contado, un límite señala las pocas páginas que se necesitan para trazar un escozor minúsculo que sea lo suficientemente perturbador como para que la atención quede presa de eso que se cuenta. Prosa entonces llena de ritmos, o eventos tramados por la objetividad poética de una reticencia a desatender el mundo, cuando esa objetividad aspira a la iluminación profana en los detalles, las pequeñas novelas de Oviedo vuelven con ello difuso el arte mismo de la condensación al dejarse ganar por la elegancia y la brutalidad del lenguaje que es tan extraño como la realidad que quiere contar. En esa longitud –donde menos siempre es más y más busca la ligereza de ser siempre menos– Oviedo ha logrado tornarse reconocible. Sus libros se distinguen así al formar parte de una aristocracia de la rareza que cabe en la extensión de un relámpago. Y ese relámpago es la frase, a la que podríamos identificar como “los tentáculos de las cosas idas”, como se lee en esta última nouvelle. Tal vez por eso sus historias no ahondan en argumentos identificables, bien intencionados o de moda, sino que sustraen, suspenden, disgregan y abandonan lo sucedido cuando ese abandono es la aparición misma de toda frase. Sus descripciones, la presentación de escenarios, la insistencia por la variación de un viejo tema –la ciudad– encuentran en la nouvelle su autor de representaciones, su museo de la escritura, un modo de contar tan oblicuo que termina siendo una verdadera manera negra. Pero, sobre todo, encuentran la predilección por la frase, lo único capaz de minimizar la historia en procura de agigantar su vaciamiento con minucias. Sin historia alguna, las frases de Oviedo se vuelven protagonistas. En la arquitectura de la pesadilla, éstas unen cada modulación de lo soñado, acentúan la distancia a lo real que, de tan próxima, es la cotidianeidad misma de los personajes que están a punto de desaparecer, o que se rehúsan a presentarse. Acaso las orientaciones de la frase, su conducción hacia ciertos extraviarnos, sean en ellos señales a seguir, destellos de una búsqueda que continúa, ritmos sobre un patrón que, formas menos atentas de la inteligencia, denominan hábitos o costumbres. Pero de seguro, esas frases son solo tiempo, esfuerzo, una obstinación morosa que imita el roer de las cosas cuando estas se han vuelto íntimas y fatales.
Lentas siluetas que volvían remite a una continuidad que la publicación de la Obra reunida de Oviedo pareciera haber delimitado. Sin embargo, fiel a sí misma, su escritura reniega de lo que se reúne y ahí entonces, las siluetas vuelven en afán de desestabilizar lo que se creyera ya reconocible. Por ejemplo, en la tetralogía de la ciudad –conformada por Intervalos, Restos, Trayectos y Vísperas– uno podía leer la suerte de cierto elenco estable de personajes –Lagos, Slater, Bengolea, Montes– los cuales tramaban una referencialidad de libro a libro para erigir así el escenario de la ciudad. En este caso, lo único que persiste de ese viejo procedimiento es la unidad de lugar, pero reducida a las modulaciones de la voz en las historias que el narrador refiere o permite que escuchemos. Ocurre que esa voz claramente no puede oírse en otro lugar más que en la ciudad que Oviedo ha inventado. Pero a la vez, esa voz ya no se interesa por esa totalidad en la que vive, sino que poco a poco va reduciéndola, perfilando, seccionando sus partes al ritmo de un sentir siniestro que tiene algo de resplandor profano. Un nauseabundo olor que emana en las galerías del centro, un anfiteatro ocupado por ordenanzas que en él trabajan y una escalera de caracol que desciende hacia una profundidad sin luz a la que nadie se atreve a bajar presentan de la ciudad fragmentos, zonas, umbrales que condensan lo que ésta guarda como su mejor secreto: lo desconocido. Que la ciudad se vuelva desconocida en su día a día, que en la proximidad de su suerte lo desconocido se expanda minuto a minuto es acaso una observación propia de la inteligencia literaria de Oviedo, inteligencia que, a esta altura, ya es distinción. En uno de los capítulos de esta nouvelle, bajo la forma de una conferencia titulada “Barrios desconocidos”, asistimos a tal exposición en la voz de un profesor que, por momentos, es un “fabulador nato” y también un “carroñero consecuente”, el que, sin embargo, y al margen de lo dicho, no puede dejar de contar lo que cree que sabe. Suerte de proyección de la autoría, lo que expone “el profesor” es más que el mero interés propio de un diletante. Se trata entonces de una metafísica del merodeo, de la medida que el lenguaje le otorga a las cosas y de la relación que las cosas tejen en la telaraña del lenguaje: “Gran diversidad es la que se observa; viejas casonas italianizantes junto a casas racionalistas, chalets con pequeños jardines, fachadas modificadas, yapadas y parchadas una y otra vez. Pero no hay que pasar por alto que cada cuarenta o cincuenta metros se abren en cada cuadra rectos y estrechos pasillos que nunca se terminan de recorrer y que suelen desembocar en una casa, aunque no habría que descartar que en el fondo de esa misma casa reaparezca un nuevo pasillo (camuflado por plantas, arbustos y enredaderas) igualmente angosto que se diferencia del primero porque fue construido con algunas curvas que a su vez pueden de golpe interrumpirse. Ahí empieza un umbral. El otro umbral se tendría que buscar en las calles sin salida, calles ciegas donde los recovecos o lo recóndito no son tan fáciles de hallar. Quisiera sugerir que sigilosamente, desde el primer segundo, según mi modesto parecer, ahí existe otra ciudad”.
Pero la nouvelle en Oviedo es también una caja de resonancia donde cierta música seduce y espanta. En ella el lenguaje parece dar realidad a voces cuya procedencia es no solo dudosa, sino también prácticamente incierta. Así la voz de las siluetas que irrumpen encuentra su oratoria elevada para la exposición de una serie de restos a los que, ampulosamente, intenta dar forma; pero en lo dicho uno puede oír la exposición a lo desconocido que las ha trabajado hasta afantasmarlas. Habladores caídos en desgracia, vividores de sí mismos, fascinadores del desencanto, los personajes de Oviedo –las siluetas en las que la frase se eleva– encuentran en la exposición de sus vidas un momento protagónico que ni siquiera llega a ser patético, pues antes, se extravían en cadencias que, a lo lejos, dibujan una meta tan próxima que solo puede ser lejana. Como nadie, Oviedo ha trabajado para esas voces una poética del rencor desdichado, un tipo particular para el que bien vale una cita extensa al momento de concluir, por ejemplo, en lo dicho por un sastre que, devenido en alguna ocasión colectivero, o vendedor de golosinas en un cementerio, recuerda que de la ausente paciencia solo puede llegar la desgracia: “Es el trabajo que da menos satisfacción. Un saco mal cocido no tiene arreglo, basta errarle un milímetro para que empiecen los problemas, en las solapas o en los bolsillos se forma un bulto y no hay forma de disimularlo. Ni hablar si ese bulto aparece en los pantalones: no hay cómo salvarlos. Por eso el hilván es fundamental, si no hay hilván bien hecho todo se complica. El hilván es la clave, es como una brújula, hay que seguirlo con mucha calma, pero llega un momento en que el hilván se adelanta, se mueve solo y uno casi ni se da cuenta, esa es la mejor señal y no hay que perderla de vista. El que no tenga paciencia se puede dedicar a otra cosa, eso es lo que me pasó a mí”.
Sin otra razón más que empalidecer ni bien algo las enciende, las historias de Oviedo son producto de una imaginación que se extingue a medida que la literatura se parece más y más a esa palidez que lo vuelve todo distinguible. Por eso la nouvelle es su aspecto y la frase su contorno. Leamos entonces las caras que fugazmente parecen acompañar a las siluetas de algo que, ni bien vuelve, lo hace simplemente para desaparecer con la lentitud de un crepúsculo que parecería ser el último.
30 de septiembre, 2026

Lentas siluetas que volvían
Antonio Oviedo
Ferreyra Editor, 2026
88 págs.