Una antología es una construcción que, por un lado, procura la entrada de un proceso dominado por la sinécdoque en la que hay una parte que sustituye al todo y vela por él, lo reemplaza y completa en su referencia. Y por el otro, exige un fuera de campo; se focaliza sobre el recorte que ilumina pero remite a un afuera que completa el cuadro en un vínculo tanto metonímico como dialéctico. Hay una relación de contigüidad que exige la presencia de una ausencia. La antología es una huella de una producción poética. Yo nací en la secuencia de un ritmo es el resultado de dicha técnica de extracción y es la –merecida– presentación en Argentina de María Gabriela Llansol.
Poeta portuguesa nacida en 1931 en Lisboa, vivió un exilio de veinte años en Bélgica, antes de regresar a Portugal, país donde murió en 2008. Con casi treinta libros en su haber, fue la Editorial Serapis quien decidió traducir y publicar la antología Yo nací en la secuencia de un ritmo curada por João Barrento, director del Espacio Llansol, y traducida por Magalí Eguiluz, Julia Sabena y Amalia Sato.
Le atribuimos al fragmento, la concentración de la potencia, la condensación de los sentidos explorados por una poética que en su imagen se asemeja a una fotografía, porque retrata el instante de su producción y permite leer los pasajes y transformaciones que se suceden a través del tiempo, en este caso, de las páginas que conforman esta unidad, el libro. Pero a su vez hay una escena que se sustrae e imaginamos completar con un estilo que subsiste en los textos descartados, y de ahí el lector dimensiona la espectacularidad de la producción de Llansol. Curioso apellido que dispara asociaciones vinculadas a los idiomas que poseen palabras compuestas que designan una frase –como el alemán–, o simplemente, al trabajo sintáctico que realiza César Vallejo con Trilce y apunta a la invención de un lenguaje. Triste y dulce, neologismo necesario para marcar la identidad de una escritura, el afán por la vanguardia y el derrumbe de una época. Llansol también aglutina por azar un destino, apellido de origen catalán cuya traducción directa es sábana o lienzo, pero también la conjugación del llano y el sol; un terreno luminoso. Y eso es justamente lo que encontramos en la escritura de Maria Gabriela Llansol: el trabajo sobre la fertilidad del lenguaje como tierra y materialidad que permite la transmutación de la sintaxis, de las canónicas formas de percibir la poesía: “__ abrí la puerta de la casa de escritura y entré en ella; estaba vacía; (...)”.
El singular uso de las líneas como una grafía propia, que distingue y distancia de la puntuación ortodoxa para estimular un lenguaje que nace de una necesidad íntima: los espacios, las líneas, los cortes en una prosa poética que, de a ratos, se transforma en verso corto. Pero la sensación es que la apuesta no es experimental sino que parte de una intimidad, de encontrar la expresión justa, las figuras y recursos en un propio juego o universo construido a fuerza de palabra.
En este sentido, la escritura es experiencia y vivencia; el tono es vibracional. “Elegí, definitivamente, no ser polvo sino vibración luminosa, feliz, colorida”, dice la poeta, que en varios pasajes retoma los topos de la vibración, de la luz, y de la felicidad. Lejos de la oscuridad, de los grises, la niebla o el luto: “Estoy tranquila, como la luz encendida”. Claridad, todo el libro resplandece.
El tono es el de un diario íntimo, dice yo, toma la primera persona para hacer transparente una experiencia, una forma de ver el mundo. La cosmovisión es la de las aguas cristalinas en las que la poeta mira sus pies y marca el rumbo traslúcido hacia la nitidez de sus pasos, que saben de la escritura un oficio. Pero no por estar retribuido monetariamente sino porque es aquello que hace a la práctica constante, necesaria y le otorga identidad al sujeto.
Llansol pone la sintaxis al servicio de sus necesidades textuales; la escritura es una sexualidad que erige una trama, provoca placer, genera sentido y es una fuerza vital. La erótica del texto es una espesura liviana, son flujos significantes que se entrelazan para crear un organismo vivo y conservarlo. La escritura de Llansol es como la sexualidad en Freud: fuerza vital, libido orientada a formar unidades cada vez más amplias. Proyecto en expansión y deseo puesto en el lienzo.
“Todo lo que siento a mi alrededor, se vuelve sinónimo de estar vivo”, dice. La exaltación y la fiesta de lo vivo al punto de no saber discernir qué es un ser humano puesto que todo lo viviente se equipara en el horizonte del presente: “No sé decir qué es un ser humano. (...) descansando juntos animales, plantas y humanos, desearíamos aprender unos de los otros a vivir sin jerarquía entre lo vivo”. Sin embargo, la sospecha del lenguaje y la escritura es lo que rompe esa jerarquía con la necesidad del texto que también puede ser escrito por la naturaleza. Y esta relación es definida como pliegue que, en términos de Deleuze, es una operatoria del barroco que alude a las capas que dan cuenta de la multiplicidad de la materia y su devenir hacia el infinito. “La materia presenta, pues, una textura infinitamente porosa o cavernosa sin vacío (...) cada cuerpo, por pequeño que sea, contiene un mundo”.
De este modo, el texto comienza con una palabra que es una figura para Llansol, un “punto-voraz” que conforma “escenas fulgor”, “y la distancia que va del punto-voraz a la escena fulgor nosotros podemos llamarla epifanía”. Aparición de un mundo que se repliega de textualidades, materialidades orgánicas que ordenan la vida cotidiana en la secuencia de un ritmo que dice yo.
30 de septiembre, 2026
Yo nací en la secuencia de un ritmo
Maria Gabriela Llansol
Traducción de Magalí Eguiluz y Julia Sabena
Serapis, 2026
100 págs.