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Al 2040

Jorie Graham


Silvio Mattoni


Fiel a una idea de libro, Al 2040 se dirige casi al presente, pero quince años pueden ser muchos si se piensa en el momento crepuscular de la vida. La pregunta que parecen hacerse estos poemas de Jorie Graham, nacida en 1950, sería: ¿quedará algo del mundo para entonces?; o su versión más perentoria: ¿hay algo todavía, en las formas de la vida, aunque no sean para mí? Por momentos, las escenas descriptas, en las que retorna el agua, como un representante de lo que nace, muere y vuelve a nacer, parecieran vistas a través de la ventana de una incierta convalecencia. Aunque también podría decirse que toda voz poética se sabe en ese limbo entre lo escuchable y lo prescindible, dado el estado ruidoso y destructivo del mundo. Y la voz de Graham es eminentemente lírica, rítmica, con variaciones múltiples en la música de sus versos (la muy buena traducción de Rubén Martín no impide que uno agradezca la edición bilingüe), aun cuando le habla a la sordera de una masa en movimiento, los que serán tal vez jóvenes aún en la mitad de este siglo. Desde ese ventanal, como en cualquier pantalla, se divisan entonces los signos de una serie de extinciones, los pájaros escasean, los árboles hacen silencio, los poemas pareciera que todos hubiesen sido escritos por muertos. Se mira llover, por ejemplo, al mismo tiempo que se siente la fragilidad de la palabra “lluvia”, como si los nombres de la naturaleza fuesen una traducción de versos escritos en otro idioma, en la lengua que tenía referentes más claros, acaso ingenuos, cuando lo percibido se acercaba a lo pronunciado y al decir “agua” se la invocaba. “Me vuelvo más ahora hacia los muertos”, escribe Graham en el poema “Lluvia en traducción” (Translation rain), “cada día más nítidos al acercarme a ellos, / allí en sus sedosas capas de / silencio, su ancho y casi inmóvil océano / en vaivén bajo su luna llena, / olas que estrían el telón de fondo sin horizonte”.

Así, el agua puede ser el agente de la destrucción, anegándolo todo, o bien puede volverse la promesa de renovación, aunque ya no haya testigos conscientes, es decir, hablantes, pero de todos modos el ritmo de la lluvia e incluso el advenimiento de la inundación parecen decirle todavía a la convaleciente que escriba más versos, mensajes sin destinatario preciso, hacia el año 2040. Esas cartas al futuro en su forma rítmica quizá respondan a otras, semiolvidadas, bajo estratos de silencio, pero que existen, como si los muertos pronunciaran un dictado, una frase pendiente, que atraviesa a la poeta y que se envía a los aún no nacidos: “Estabas ocupada. Había poco tiempo.”, escribe, porque el final es inminente, siempre lo es, y quizás por eso no se leyó algo importante, el mensaje de la lengua en el tiempo que pasa: “Lo no leído brilla con su brillo singular. Ha sido aquilatado. Se puso en tu cuenta y fue / quemado. ¿Qué era aquello?, debes recordarlo, ¿cuál era tu mensaje, que se suponía que / debías transmitir?” Con esta pregunta termina el poema que da título al libro. Pero la última palabra de Graham es una “coda”, un envío donde vuelve a aparecer la lluvia, y entonces se destaca el gesto que no es un mensaje, el gesto de seguir escribiendo aunque no haya un quién ni siquiera un ambiente parecido al de otras épocas de la lectura. La lluvia moja el cuerpo de la poeta, madura, sentada en una breve tapia, mientras deja que las gotas resbalen por su cara, que regueros de agua surquen su cuello “como si fuera un pequeño libro”, se dice ella, “que se lee con atención en busca / de fallas, crestas, lapsos / de tiempo en mi pensamiento”. Luego se mira las manos, a través de la lluvia que bordea sus ojos, y sus propias manos le hablan: “y ellas dicen levántanos, / no vas a morir / aún, estamos / vivas en la muerte / de esta iteración de la / tierra”. No le dicen que otro mundo espera, ni otros lectores de poemas del 2040, ni que habrá otra tierra, pero tiemblan los vidrios de ventanas con el latigazo del agua, los tallos un poco se doblan, una franja de pasto suelta como un vapor, “y si escuchas”, le dicen a la poeta sus propias manos empapadas, podrás “oír en él un débil pulso, / un espejismo, una liberación de semillas en el aire / donde el viento insiste”. Las manos, como separadas de la que escribe, las otras manos de la escritura que están bajo la lluvia del último poema, “ahora se alzan, palmas hacia arriba, refulgentes, / me dicen, / toca, tócalo todo, / comienza por tu rostro, / pon tu rostro en nosotras”. La poeta, en silencio, en el blanco que no se acuerda del futuro, se pone las manos mojadas en la cara y decide que todo lo que está vivo merece no una palabra, ni un mensaje, ni una defensa poética de la tierra, sino el gesto, las palmas, el ahora que se convierte en sentido, aunque no sea para siempre.

23 de septiembre, 2026

Al 2040. La bella varsovia.jpg

Al 2040
Jorie Graham
Traducción de Ruben Martín
La Bella Varsovia, 2026
192 págs.

Crédito de fotografía: Jeannette Montgomery Barron.


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