Detrás de la sencilla, de la coloquial afirmación del título, una frase que podría ser proferida por un turista que se apresta a disfrutar de sus vacaciones o por un friolento detractor del invierno, la novela de Francesco Pecoraro, publicada por la editorial Periférica en 2025, se adentra y explora mucho más allá de la cíclica estación estival, que se asocia con los viajes, el ocio y el calor que hornea las ciudades. De hecho, el verano es apenas el contexto de una de las variables porque, antes que en cualquier verano, la narración se inscribe en una fecha precisa: el 20 de julio de 2001; y ajusta también las coordenadas espaciales: Roma, la costa del Lazio (Lavinio y Anzio) y Génova, ciudad en la cual se realiza la reunión del G8 y la masiva manifestación del movimiento antiglobalización que Silvio Berlusconi II (“el Mierda”) manda reprimir “no tanto porque lo considere peligroso, sino para que quede claro quién está al mando”.
Dividida en seis capítulos, la novela desarrolla, por un lado, el encuentro y la salida de Roma a las playas del Tirreno de tres jóvenes, Giacomo, Enzo y Filippo –treintañeros que a codazos buscan hacerse lugar dentro del sistema, o se acomodan en la banquina de él–, que evocan a una cuarta amiga ausente, Biba, un “pibón” que, como ellos, pasó por la yerra ideológica de izquierdas del Liceo Statale Terenzio Mamiani, y que mantiene con los tres una relación que incluye encuentros sexuales de diversas cataduras a espaldas de los otros dos. Por otro lado, mientras GEF, sigla que engloba y designa en la imaginación de Biba a esa tríada masculina, cena frutos de mar y asiste a una pedestre fiesta de cumpleaños, ella participa de la protesta en Génova y es testigo del Acontecimiento: el asesinato de “Carlo Giuliani, muerto de un tiro” por los desbordados ejecutores de la represión. Por último, el capítulo final reunirá a los cuatro amigos, al día siguiente, en un departamento en Anzio con vista al mar y a las consecuencias subjetivas del Acontecimiento.
Saltando de uno a otro de sus personajes –de Enzo a Giacomo y de ahí a Filippo–, del discurso directo al indirecto libre y al fluir de la conciencia, de las historias personales –y familiares– que los configuran a los pensamientos, dudas, inseguridades y a las frases que cada uno de ellos lanza para alimentar una charla fragmentada y errática, yuxtapuesta a las intervenciones del infatigable narrador, el relato atraviesa infinidad de temas: desde los trabajos (y los días), los consumos culturales (léase libros y películas), las inquietudes individuales y, en una imbricación permanente, las colectivas, que provocan el cruce, choque o tensión entre lo privado y lo público. El narrador también aprovecha el viaje de esa varonil trinidad desde Roma a Lavinio –no la Roma imperial y gloriosa, la Roma de Bernini y de la Guía Verde, sino la otra, la de los suburbios, la del Colli Portuensi y las enmarañadas autopistas– para reflexionar sobre el significado de la romanidad, el romanesco, la gastronomía marítima, el complejo (des)orden político, económico y social de ese comienzo de siglo y, especialmente, sobre la decadencia arquitectónica y urbanística de Roma: “en los años sesenta del siglo XX se consolidaba el bloque de pisos... como si no hubieran existido nunca otras formas ni otros tipos de construcción, como si en las molleras de los constructores, de los arquitectos y, sobre todo, de los clientes, nunca hubiera existido más deseo que el de vivir en un bloque de pisos, junto con más pisos, encima de otro piso...”.
Mientras, como una sombra o una letanía, de fondo para GEF –para Biba será en primer plano–, transcurre la manifestación de esa indefinida entidad de los “antiglobalización” y el Acontecimiento. Una muerte –asesinato– que deviene en símbolo, que condensa un espíritu de época. Como el de Giacomo Matteotti en el ascenso y consolidación de Mussolini, el de Aldo Moro en los “años de plomo” y, quizás, el del juez antimafia Giovanni Falcone. Pero, esta vez, se trata de un quidam, de un joven que la policía elige al azar para demostrar que “nosotros, un grupo humano organizado militarmente a quien el sistema ha delegado el monopolio de la fuerza, vamos a ejercerla del único modo en que concebimos, el de la violencia”. Una muerte más, en apariencia, pero que la novela resignifica en la escena de escritura, en la identificación del autor con el narrador, como un hecho bisagra, como la marca de un cambio de era: “para quien escribe este libro, (esos hechos) ocurrieron hace ya veinte años y quedaron fijados en el tiempo junto con el G8 como anotaciones, como post-it pegados a la cronología histórica posterior a la Segunda Guerra Mundial para marcar dos singularidades bien distintas, ambas con un antes y un después”. Al lector argentino, por el año y por el familiar y tangible relato de la represión, sin dudas las páginas más intensas de la novela, le volverán a la memoria los hechos de nuestro (casi) verano de 2001, las jornadas que marcaron con sangre y muertes la caída de De la Rúa y sus secuaces, varios de ellos, como Bullrich y Sturzenegger, espadas del actual “gobierno”.
Aunque cada uno con sus particularidades, la imagen homogénea que puede esbozarse de GEF y de Biba parece ser la pesimista representación de una generación nacida después del Mayo del 68, que atravesó la infancia con la lucha del Estado contra las Brigadas Rojas, que asistió al “fin de las ideologías” o al “fin de la Historia” para encontrarse en la juventud con una paródica reedición del ya paródico fascismo original. Berlusconi, el Mierda. Una generación sin brújula ideológica, hundida en la incomprensión absoluta del presente y arrojada a la incertidumbre de un futuro en el que deberá sacrificarse lo colectivo para “salvar” al individuo. Una generación indiferente que se vuelve conformista, que afirma rechazar aquello que acepta, con burguesa sumisión, para conservar su confort y sus privilegios de clase. Francesco Pecoraro, hijo de otra época, no los redime ni los condena. Quizás, en retrospectiva, trata de comprenderlos, aunque ya sea tarde.
23 de septiembre, 2026

Lo único que importa es el verano
Francesco Pecoraro
Traducción de Carmen Torres García
Periférica, 2025
208 págs.