Casi una impugnación literaria a la remanida máxima de Spinoza, Ana María Shua (Bs. As., 1951) despliega en los relatos de su último libro un raid de diagnósticos, enfermedades, infecciones, dolencias, duelos, obsesiones, que exhiben, en todo caso, lo que un cuerpo no puede. Pero esto –lo que un cuerpo no puede– se dispone como ganancia –como poder– bajo el dominio de una escritora con oficio y mañas aprendidas a lo largo de una vasta carrera que se inició formalmente hace casi cincuenta años, cuando publicara, a sus dieciséis, El sol y yo, poemario que le valió la Faja de Honor de la SADE.
Por más que en la antología El cuerpo roto se observe aquella galería de infortunios corporales y mentales, Shua –aséptica cirujana textual que saborea los términos técnicos del discurso médico como un poeta se regocija con el cariz de la palabra justa– desestima toda solemnidad y trata a los personajes y a sus penurias con la inteligencia de un humor que socava convenciones arbitrarias y preceptos mentecatos. Ejemplar al respecto es “Técnicas modernas”, en el que una pareja adolescente de la década de los sesenta, siguiendo un auténtico –existente– manual pseudocientífico, se martiriza por cómo realizar el acto sexual –cómo alcanzar el orgasmo e impedir, simultáneamente, que la joven virgen muera desangrada–. En “Un canto a la vida”, la narradora refiere la historia de sus crecientes dolencias y tumores. En principio, un padecimiento en la cadera la obliga a recibir a las visitas acostada al ras del piso o sobre una mesa ratona y planear su vida desde allí; y durante el tratamiento de quimioterapia, frente al miedo a la muerte, sus allegados –profesionales cultivados– se revelan expertos en supersticiones, ritos mágicos y medicina alternativa.
Si el absurdo arrecia allí donde el sufrimiento extremo se presenta –sufrimiento que el cuerpo y la mente fabrican, desde luego–, el realismo llega para narrar la frenética guardia en un hospital público un sábado cualquiera. En el travelling vertiginoso de “Casi una crónica”, casos extremos se suceden entre fracturas, sobredosis, heridos de bala y pobres diablos que no tienen dónde caerse muertos. Los médicos y el personal sanitario cobran aquí el valor de héroes anónimos, predispuestos a ver y a escuchar al ser humano taponado por los síntomas, en una jornada verdaderamente agotadora para la narradora-cronista: un día en la vida de los hombres y mujeres de la salud pública argentina –parece decir Shua– no es para cualquiera.
El sufrimiento, el duelo, el mundo hospitalario y la problemática –física, política, social– de los cuerpos han pre-ocupado desde siempre a nuestra autora. Basta pensar en las peripecias kafkianas del narrador de Soy paciente, su primera novela; en la agonía prolongada del padre tiránico de La muerte como efecto secundario; en los métodos sádicos del centro de obesidad que sufre la protagonista de El peso de la tentación. El cuerpo roto termina con el registro austero y el ritmo trepidante de “Después de la muerte”, un cuento de tintes autobiográficos que Shua escribió de joven, tras el velorio de su progenitor. Internado por una operación de rutina, un padre muere de manera sorpresiva. La viuda y las hijas comienzan a entender, mientras velan al hombre en su casa, que lo trágico se funda menos en la muerte del ser querido que en la sobrevida de quienes lo han amado. Así como las enfermedades crueles afectan también a los allegados del paciente, es la muerte del amado lo que tajea la vida de sus íntimos. La autora decidió publicar este relato recién en 2022, en el volumen Sirena de río. Evidentemente, y a pesar de una extensa obra teñida de enfermedad y humor, de padecimiento y de risas, ciertas historias –ciertos cuentos– necesitan del proceso de una larga vida para encontrar el punto final implícito en toda publicación.
30 de septiembre, 2026

El cuerpo roto
Ana María Shua
Páginas de espuma, 2026
192 págs.