Hace poco, un amigo me mandó un artículo en The New York Times que desde el título se preguntaba a dónde habían ido a parar las reseñas de libros y presentaba las temerosas inquietudes de rigor acerca de si la Inteligencia Artificial podría ofrecer un balance crítico de todo lo que se publica, luego de lo cual ofrecía también algunos datos concretos. El más interesante, recordando que "interesante" es lo que está a medio camino de lo aburrido, era que hace unos sesenta años, lo que el autor del artículo llamaba "una buena primera novela" recibía alrededor de noventa reseñas distintas entre los diarios de los Estados Unidos e Inglaterra, cifra que hace diecisiete años se redujo a veinte reseñas como máximo y que en la actualidad, tal vez, oscilaba entre dos o tres. La cuestión era que el género de la reseña literaria, en sí mismo, está desapareciendo de los grandes medios, lo cual me hizo recordar otro artículo en The Washington Post, que mi amigo me había enviado el año pasado, sobre por qué la Associated Press dejaría de publicar reseñas de libros para, a lo sumo, reemplazarlas con una nota de color alrededor de algún best-seller.
Quizás un ejemplo de este nuevo enfoque sean los artículos genéricos que vimos acerca del millón de euros que ganó Samanta Schweblin en España, artículos donde se ofrecían breves semblanzas biográficas, se insistía con fascinación en la cifra de un millón, se reproducían textuales y opiniones varias, y si con suerte se nombraban sus libros, nadie, ni remotamente, ofrecía un juicio estético elaborado a partir de su lectura concreta. En lo personal, diría que eso no debería sorprendernos: la noticia no era (ni será) un libro sino el premio, el millón de euros, gracias al cual todo escritor, pero también cualquier oficinista que se cruzara con la noticia, podría soñar con la maravillosa posibilidad de salvarse de la maldición bíblica del trabajo. Detalle curioso: leyendo el segundo artículo que me mandó mi amigo, el de The New York Times, me enteré de que The Washington Post también dejó de publicar reseñas de libros, por lo que en toda la industria de los medios en los Estados Unidos, al parecer, subsisten hoy solo cinco “críticos literarios a tiempo completo”. Debo decir que en Argentina, al menos, yo nunca conocí a ninguno, y si están leyendo esto en El diletante es porque se trata de un espacio donde la fe en las reseñas todavía resiste.
Y bien, ¿a dónde fue a parar el resto de las reseñas de libros? Ya sé, esta es la parte en la que uno puede anticipar el pesado, melancólico e idealizado balance histórico entre un mítico pasado en el que los libros todavía se leían, se criticaban y se discutían sin otro compromiso entre los involucrados que la libertad intelectual, en contraste con un presente oscuro en el que el noventa por ciento de los libros editados no solo es ilegible, sino que incluso da vergüenza usarlos para balancear una mesa rota. En el medio se podría repetir que, por una retorcida fantasía comercial donde se mezclan quienes no escriben con quienes no leen, muchos editores están más pendientes de publicar el último capricho de algún “influencer” antes que el anónimo libro de cuentos de quien, tal vez, podría ser la próxima Samanta Schweblin.
En parte, todo esto es verdad. Aunque, en parte, tampoco hay tantas novedades. Hace años, otro amigo me regaló un libro de alguien que sabía reseñar libros muy bien, William Hazlitt. Desde finales del siglo dieciocho, Hazlitt se quejaba de que “la popularidad de la que gozan los escritores de más éxito acaba apartándonos de ellos por la palabrería y el alboroto que suscitan, por la repetición de su nombre oído a perpetuidad, y por la cantidad de admiradores ignorantes y faltos de criterio que arrastran detrás de sí...”.
La diferencia, en tal caso, estaría en que William Hazlitt sabía que el trabajo de reseñar un libro, esto es, leer con atención y crear un noble argumento que dé sentido a su valoración, jerarquizarlo sin miedo a diferenciar entre lo que es bueno y lo que es malo, y ofrecerle al universo difuso de los lectores y escritores exigentes un par de ideas críticas útiles para orientarse, debatir y pensar con más amor lo que los libros tienen la capacidad de hacer, era bienvenido en su tiempo. Y esa amplitud de posibilidades, por supuesto, significaba una inevitable amplitud de criterios. Ahora, en cambio, como dice el artículo en The New York Times, si las reseñas tienen posibilidades de seguir existiendo, será porque las editoriales todavía necesitan “elogios para sus nuevos lanzamientos, como una canasta de Pascua necesita papel verde triturado bajo los huevos”.
Y hablando de huevos... ¿alguien duda de que si las reseñas de libros desaparecieron fue porque se volvieron demasiado complacientes y temerosas, al punto que en muchos casos podrían intercambiarse sin mayores diferencias en el tono por las contratapas celebratorias de los libros? Al disolver los juicios analíticos en beneficio de una simple recomendación descriptiva, no es ningún misterio que las reseñas se amancebaron y sellaron su obsolescencia intelectual y comercial, aunque sería justo añadir que esa metamorfosis, guiada por el deseo mercantil de agradar, no solo afectó a las reseñas, sino a la totalidad de la humanidad. Y quién sabe si en el hecho de que las reseñas empiecen a desaparecer no haya una macabra advertencia acerca de lo que nos espera, a pesar del esfuerzo denodado por agradar a todos, halagar con nuestras ideas y evitar discusiones que fracturen la “playlist” automática del intercambio interesado de elogios...
Dicho esto, es necesario subrayar que, desde que los lamentos de la Escuela de Frankfurt ante el muro del capitalismo nos fueron presentados a quienes leemos y pensamos la literatura, nadie ignora que la cultura es una industria que produce, entre otras cosas, unas mercancías llamadas libros, y que la finalidad de esa producción es acumular ganancias. Pero, ¿acaso las buenas reseñas deberían oponerse o ser incompatibles con esto? Muy por el contrario, las buenas reseñas, las críticas bien pensadas y mejor escritas, las reseñas capaces de desatar incluso una diminuta ola de indignación cultural, “dinamizan” el mercado, y si la teoría económica es cierta, eso debería reavivar, diversificar y ampliar la industria cultural. En consecuencia, si el consumidor de libros en Argentina, según el último Informe de la Cámara Argentina del Libro, es cada vez más estático y está saturado por una oferta cada vez más cara de lo igual, ¿será también porque las buenas reseñas de libros se fueron?
La cuestión de la Inteligencia Artificial no tiene que ver con que ChatGPT sea capaz de leer, procesar y evaluar todos los libros más rápido y con más eficiencia que cualquier reseñista, sino con que, mucho antes que OpenAI recibiera su primer financiamiento de la CIA, las reseñas de libros hechas por humanos ya se estaban fabricando bajo los eficientes parámetros socialmente automatizados del beneplácito y la inocuidad. Así que, en el peor caso, que ChatGPT pueda ahorrar ese trabajo puede pensarse como el desenlace lógico, no como la causa determinante, del largo adiós de las reseñas. ¿Qué habría podido salvar entonces a las reseñas de su triste desaparición? Probablemente su inconformidad con reducirse a cartas breves de domesticidad y relaciones públicas, que era para lo que han solido usarlas, y todavía las usan, quienes por la vía del abaratamiento literario pretenden llegar a publicar sus propios libros. Y lo logran, porque no nos engañemos: excepto casos particulares, los peores reseñistas suelen ser malos escritores en ciernes, y más temprano que tarde, malos escritores consagrados, pero siempre voluntariosos tratantes de adulaciones. Debe ser hermoso vivir en un mundo de autoengaño donde todo libro que llega a nuestras manos es lindo, noble y bueno.
The New York Times menciona a Martin Amis, otro escritor que solía hacer buenas reseñas y fue editor del Times Literary Supplement. Para Amis, explica el artículo, reseñar libros era un deber del escritor, en el sentido en que para un músico en actividad, digamos, debería ser casi preceptivo escuchar y pensar algo concreto acerca de lo que están haciendo sus colegas. Si los escritores no meditan acerca de la escritura o los músicos no meditan acerca de la música, ¿quiénes van a hacerlo, los "teóricos" que no pueden escribir un renglón ni afinar una cuerda? La aclaración es pertinente porque una parte severa del problema, tanto para quienes hacen muy malas reseñas de libros como para quienes desconocen la noción de criterio, es creer que cuando alguien habla acerca de hacer buenas reseñas se refiere a “destruir” un libro, demostrando que la imagen que suele tenerse de un crítico, por mucho que se simule la celebración del “pensamiento crítico”, es la misma que en Ratatouille.
Por su parte, Amis sostenía que el arte de reseñar un libro se anclaba en el reconocimiento de una “élite del talento”, y como era un lector agudo, es decir, un lector que no se proyectaba más allá de la literatura, sus reseñas, como las de muchos buenos escritores, enseñaban a leer mediante el replanteo permanente de una pregunta: ¿qué es la literatura? Y como además no era ingenuo, también notaba que la “democratización del talento”, la noción plenamente vigente entre nosotros de que “cualquiera puede hacerlo”, afectaría rápido a la literatura por la sencilla razón de que todos nos consideramos más “competentes” con las palabras antes que con las teclas de un piano o el griego ático. Quizás este problema derivado de la “democratización” de todo principio de autoridad hoy se acerque mucho mejor al corazón de los veteranos “brokers”, atentos al conmovedor colapso de los ahorros y de las ilusiones semejantes de los jóvenes “traders” hundidos en el submundo de la usura digital.
Por supuesto, el lado desfavorable de las reseñas que aún intentan diferenciarse del marketing y abordan un debate es que, aunque en la intimidad todos los implicados reconocen la irrupción de una verdad sobre lo que hacen y valoran su coraje, en público los autores se enojan, patalean y lloran, los editores se ofenden y toman precauciones, y los publicistas profesionales de las editoriales se alejan en silencio, y de una u otra manera todos llegan siempre a la tranquilizadora suposición de que, o bien el reseñista es un envidioso, ¿pero quién dispuesto a leer en serio envidiaría un libro malo?, o bien es un resentido, ¿pero por qué resentirse ante el mal trabajo ajeno?, o bien se trata de alguien que odia, ¿y no es raro acusar a quien nos critica de odio pero nunca acusar a quien nos celebra de amor? De lo que casi ningún autor va a acusar jamás a ningún reseñista sincero, sin embargo, será de haberle señalado que quizás no era el brillante genio plenipotenciario que creía ser. Es la razón por la cual en ninguna Feria del Libro se discuten estos asuntos, y los periodistas culturales figuran apenas como avergonzados maestros de ceremonias y aplaudidores para presentaciones de libros.
Con las reseñas incómodas desvaneciéndose, no obstante, para los autores muy interesados en el juego publicitario también las reglas culturales y sus nuevos formatos se complican. Como podemos ver, hay quienes con tal de figurar e intentar difundir sus libros están dispuestos a pasar horas y horas en distintos canales de streaming o podcasts y hablar a cámara en decenas de “reels” mientras están siempre activos en todas las redes, incluso si esa evidente voluntad inicial de enfocarse en sus libros se hace poco a poco aburrida o irrelevante. Entonces empiezan a contar anécdotas estúpidas, dar lecciones de vida, disfrazarse y opinar sobre absolutamente cualquier cosa, incentivados a volverse “personajes” cuya auténtica obra, como suelen explicar quienes reflexionan al respecto, terminan siendo ellos mismos. En esto hay quienes, además de ridiculez, ven el despliegue de las nuevas reglas del arte contemporáneo.
En este punto, a muchos autores y autoras les pasa lo mismo que a muchos “booktubers”: al intentar contarnos lo que “sintieron” al leer un libro, les resulta imposible esconder durante más de diez segundos que lo único que “sienten”, en realidad, son ganas de tener “views”. Para el buen reseñista, en cambio, lo importante es ser intelectualmente honesto y contarnos qué es lo que hacen los libros a nuestro alcance, tratando de no quedar atrapado tampoco en sus propias camarillas. Y si los escritores con éxito (y) en las redes hoy se consideran a sí mismos vedettes, como marcó Pedro Yagüe, quizás no esté de más recordarles de vez en cuando que incluso las vedettes, personajes de la cultura que también fueron a parar a un pozo misterioso, vivían criticándose entre ellas, y que escribir solía ser algo más que bajar unas escaleras y mostrar el culo.
6 de mayo, 2026
Crédito de fotografía: El bibliotecario, Giuseppe Arcimboldo.