Entre la vida y las palabras existe siempre un riesgo. Ese riesgo es la falsedad, la distancia entre lo experimentado y lo que se refiere, lo superfluo que distrae a un lector atento y lo siempre de más que extravía a quien ofrenda su atención. Sin embargo, sin palabras los hechos se esfuman, se pierden en el tiempo. Pero a la vez, a veces las palabras los eclipsan, los distorsionan, los presentan como sombras tras un vidrio esmerilado. Ese riesgo es propio de los escritores que fundamentan lo escrito en la experiencia. Ocurre que la invención –el ingenio, la fábula, la trama cual un velo– es algo común a todos, mientras que el extremo del empirismo –como aventura capaz de contar el mundo– es una distinción de pocos. Por eso, referir lo acontecido –antes que la ilusión de lo inventado– se distingue como lo más complejo a la hora de narrar. Entre las palabras y la vida, entre un ritmo y una experiencia cualquiera, hay siempre una vitalidad que es lo propio de los hechos por contar; que esa vitalidad permanezca como tal en las palabras, que lleve a las palabras a decir otra cosa, que haga que estas suenen en un tenor distinto a lo habitual, es tal vez la divisa privativa de escritores que justamente cuentan sin atender a otra cosa que no sea el imperativo de volver presente lo acontecido. Amantes del pasado, cultores de la voluntad, atentos a la peripecia del descuido, esos escritores colman tal imperativo no solo con la singularidad de su estilo, esa correspondencia entre palabras y hechos, sino también con una ética de vida que subordina la escritura a una mera felicidad por doblegar la intensidad en una forma.
Al Alvarez acaso fue uno de los últimos exponentes de esos escritores. Durante años escribió sobre aquello que le interesaba: andinismo, póker, personajes entrañables y por supuesto sobre libros. Podríamos decir el núcleo central de su felicidad. Si revisamos su vida, vemos que quedarse quieto es la calamidad superior contra la que Alvarez luchó. Dispuesto a hacerlo todo, temores, discapacidades físicas y hasta el error de algunos matrimonios jamás lo detuvieron en el avance de su deseo. Sin embargo, habría que señalar que los temas son siempre secundarios, tal vez hasta superfluos. La excesiva libertad de Alvarez es la gran protagonista de cuanto ha escrito. Algo de eso se debe a la admiración que profesó tempranamente por D.H. Lawrence, el escritor que escandalizaba a la generación posterior a la Segunda Guerra, dispuesta a romper con la vieja Inglaterra que, extenuada, se preparaba para librar su última batalla: la llegada de los años sesenta. Parte de esa afinidad se nota en el estilo de Alvarez, este es desenfadado, directo, por demás próximo, jamás liviano. Si escribir es sostener un ritmo, Alvarez sabe que cada tema tiene el suyo y es un verdadero especialista en hallarlo.
Los ensayos reunidos en este libro, cuya primera edición es de 2006, atraviesan no solo los años de un ensayista sino también los riesgos asumidos por un prosista exquisito. Desde viajes a las zonas polares hasta el sórdido mundo de campeonatos de cartas en Las Vegas, pasando por observaciones a lo mejor de la poesía inglesa, Alvarez se ha permitido todo eso y mucho más; por ejemplo, retratar al pianista Alfred Brendel y al aviador Saint-Exupéry, acaso justificándose en la siguiente frase: “La literatura era un lugar hermoso y privado, pero ahí fuera había otros mundos llenos de gente con talento que no tenía nada que ver con las artes, y yo quería escribir sobre ellos también”. La vida puede enseñar a un escritor no solo los temas que en algún momento se transformarán en sus temas, sino también enseñar el procedimiento correcto para tratarlos. En el caso de Alvarez eso fue cuando, al contar vidas ajenas, no se centró solo en lo que a esas vidas les había pasado, sino más bien en cómo les pasó lo que pasó, y, por supuesto, eso transcurría a través de las palabras, “la forma en que el carácter se expresa”. Tal vez entonces el enigma del carácter haya sido la aventura de Alvarez, su riesgo; pero sin lugar a dudas, contar ese carácter, comprenderlo, ponerlo al alcance de todos, haya sido su apuesta en la que se jugara la moneda del talento. Por supuesto, detrás de ello se esconde el enigma del estilo, ya que el carácter “es una cualidad interior, un indicador de cómo te comportas tanto en el mundo como en tu escritura, y se manifiesta en tu tono de voz”. Como buen inglés Alvarez lleva consigo el nacimiento de la conversación, ese origen particular del ensayo en el siglo XVIII –cuando se formó el carácter de las artes en contraposición a las ciencias. Por eso mismo en cada página que escribe, ya sea sobre cualquier tema, una y otra vez parece recordar que una buena conversación es lo mejor de la literatura.
Desde luego, Alvarez ha logrado manejar en dosis correctas intuición y cálculo. Con la intuición ha sabido detectar esos “otros mundos” que le interesaban, por ejemplo, los estanques de Hampstead Heath donde diariamente nadaba y que contó en un diario fabuloso; y con el cálculo ha sabido hacer de la escritura una especie de inteligencia particular que ni bien se aleja de la primera, cincela con palabras acertadas y precisas lo que la distancia decanta. Así Alvarez supo editar a Sylvia Plath, atender a Seamus Heaney, introducir en Inglaterra a Robert Lowell y observar en el póker una poética de quien se documenta en lo incierto: “No es suerte, sino cálculo, memoria, paciencia, habilidad para estimar las probabilidades y los porcentajes y, por encima de todo, observación: la capacidad de reconocer e interpretar los pequeños tics y excentricidades, las dudas, los sutiles cambios en el tono de voz que indican tensión o confianza”. Pero, sobre todo, supo hacer de la adrenalina, la excitación y el temor una adicción sostenida a la que denominó “escalada”. Alvarez entendió esta acaso como un arte, un arte feliz y preciso, apasionante y mortal en el que “cada movimiento tiene que resolverse mediante una especie de estrategia física en términos de esfuerzo, equilibrio y consecuencias”. Sin caer en el menosprecio del carácter intelectual, con el que convive, Alvarez señaló que lo que fascina en la escalada es que “tienes que pensar con el cuerpo, y pensar con claridad, porque si te equivocas, existe el riesgo de salir herido”. En contraposición a la “ocupación solitaria” que define a la escritura, este otro arte le aseguraba la alegría, pues tenía el convencimiento de que “la escalada, después de todo, es un deporte de inconformistas”.
Siendo un buen representante de los alcances de la modernidad, y siguiendo a Freud, el autor de Cómo fue que todo salió bien, su brillante autobiografía, no duda en señalar que “la vida se empobrece, pierde interés cuando la apuesta más alta en el juego de la vida, la vida misma, no puede arriesgarse”; por lo que, como parte de esa raza extinta, para él toda apuesta no es más que una pulsión que nos recuerda quiénes somos. Lejos de las comodidades que nos aploman, sostenidos en nuestras eximias y torpes habilidades, aun aspiramos a una claridad que mucho antes nos resultó presente como el sol o la luna. Tal vez por eso Alvarez escribiera, como testamento y epitafio, el siguiente pasaje: “En el hermoso, silencioso e inútil mundo de las montañas se puede alcanzar cierta claridad, incluso una seriedad rebelde. Para mí vale la pena correr un pequeño riesgo”.
28 de octubre, 2026

Apuesta arriesgada. Personas, pasatiempos, póker y libros
Al Alvarez
Traducción de Constanza Guitiérrez
Fondo de Cultura Económica, 2026
496 págs.