La filosofía del derecho es el vector que atraviesa la obra de Giorgio Agamben, signa la bitácora de su ahora obra reunida bajo la tragedia del homo sacer en su condición de “hombre sagrado” y, como tal exento del sacrificio ritual y, al mismo tiempo, la de “hombre maldito”, exento de la justicia de los hombres, toda vez que su asesinato no tornaba punible al homicida. Agamben alude mediante esta figura del derecho romano arcaico a la “vida desnuda”, desprotegida, a una vida a la intemperie y desprovista de cualidades y valores éticos y morales, tan difíciles de hallar hoy como, entre otros, el cerio, el praseodimio, el samario o el europio, tierras raras de ingente interés por su escasez.
La elegante edición con la que Adriana Hidalgo reúne la obra completa de Giorgio Agamben: Homo sacer, edición integral 1995-2015, no solo constituye el debido reconocimiento al aporte que uno de los más notables filósofos del derecho contemporáneo viene haciendo a la comprensión de la filosofía jurídica y política, la ontología, la teología y la estética, sino que nos obliga a analizar la tradición normativa que aún rige los destinos del mundo occidental. La Ley de Citas promulgada en el año 426 durante el reinado de Teodosio II y Valentiniano III, reunía los nombres de los llamados maestros del derecho. Agamben, abogado y filósofo, nos permite acceder a los acontecimientos que terminaron convirtiendo al derecho, en tanto mero constructo intelectual, en una herramienta devenida contra sí por desatender que ese arcaico puñado de normas en permanente mutación, sin el concurso de Heidegger, Benjamin, Weil, Foucault, Derrida, Debord, Arendt, Wittgenstein y del escritor praguense Franz Kafka, poco o nada incidirían en estas iniciales y agonizantes décadas del siglo XXI. Crucial intromisión la de un escritor cuya ficción esta alimentada por el pensamiento de Goethe, Kierkegaard y Schopenhauer pero que, sin embargo, permite a Agamben encontrar el punto de clivaje de ese territorio minado que constituye una obra original que, partiendo del rito ancestral, se funda en la escolástica cristiana, el derecho romano, la literatura y la política, haciendo de sus escuelas una suma tan virtuosa como intimidante. Es que Agamben no se limita a citar valores axiológicos, a la reivindicación de la ética y la moral como principios rectores del bien común, sino que invoca aquello que en Roma se conocía como mores maiorum, locución que no se limitaba, meramente, a las costumbres, sino que las proyectaba hacia la compleja urdimbre de la trama social. Agamben invoca a partir de los instrumentos de autoridad e imperio sobre el ser humano la hipótesis que se insta a sí misma: cómo eludir los métodos de dominación que transmutan social y ontológicamente –a partir siempre de ese prius– creando una espiral descendente que reduce la categoría humanitas acuñada por Cicerón, y, más grave aún, el concepto de Linneo de homo sapiens, reinstaurando en cierto sentido la categoría de homo sacer en su acepción maldita.
Es sencillo entonces, leyendo como un continuum los nueve tomos de Agamben, ahora agrupados, comprender que “la vida desnuda” a la que se refiere, implica ver la nada a la que la humanidad ha descendido ¿Y por qué Franz Kafka?, sería lícito preguntarnos. Lícito, pero no lógico, sería una de las respuestas que podríamos ensayar, puesto que Gregor Samsa, Joseph K., K., Karl Rossmann, protagonistas de los relatos y las novelas de Kafka aluden de manera indudable al refugiado, al expulsado, a aquel condenado a la intemperie del absurdo, a un hombre que es, a su vez, un despojo sin protección jurídica puesto que habita el estado de excepción. Cuando Agamben despliega sus irrefutables argumentos sobre política y biopolítica, es decir, cuando inquiere sobre la suerte de quien existe más allá de toda esencialidad, y por tanto permanece relegado hacia los confines en los que la dignidad se diluye, ¿cómo no ver en ese ser (el Ser de Heidegger, opuesto al Ente al que el primero repele), desde la fiable posición filosófica de Agamben, al migrante ilegal, al interno del Lager, a quien habita tras los muros de un neuropsiquiátrico, de una cárcel o un hospital público, al homeless de la Avenida Kensington, o de cualquier calle de Buenos Aires, es decir al desheredado que es homo sacer, a nosotros mismos?
Ahora bien, para no hablar de la epifanía o la iluminación de un escritor, Agamben se refiere libro tras libro a una especie de orden aleatorio y, como tal, inconsistente, que pretendemos ignorar. La justicia, el juramento, la guerra, el reino, la gloria, la arqueología del entendimiento, Auschwitz, la pobreza en sí misma y la de los cuerpos que carcome, cuerpos recipiendarios de algo más, de algo –en ciertas circunstancias– más insignificante que trascendente. Agamben nos muestra que, promediando la tercera década del siglo XXI, el lenguaje amerita consideraciones para nada ajenas a la implacable dirección de su discurso. ¿Qué tan desguarnecidos estamos?, se permite citar tácitamente en “El uso de los cuerpos” cuando transcribe un párrafo de una carta dirigida por Franz Kafka a su amada Milena Jesenská. Las cartas del 8 y el 9 de agosto de 1920. Pongamos en marcha nuestra imaginación: un encuentro entre los platónicos (acaso) amantes en un hotel. Ella con “absoluta inocencia” comete una “pequeña indecencia” diciendo una “pequeña obscenidad”, algo sin importancia. No obstante, Kafka se da cuenta en ese preciso instante de que jamás olvidará esas palabras “indecentes”. Como si, justamente, ese pequeño gesto y esas palabras lo hubieran atraído irresistiblemente día tras día para regresarlo a las puertas de la habitación de ese hotel. Ya que, desde entonces, agrega literalmente Kafka, durante años y años su cuerpo “fue sacudido hasta el límite de lo soportable” por el recuerdo y el deseo de aquella “pequeña bien precisa obscenidad”. Y a continuación, nos recuerda en una entrada a su diario: algo tan trivial que “no vale la pena mencionarlo”. Castigo, culpa, indulgencia, redención. Como si lo dicho por Milena no hubiera sido más que un ictus. Lo grave es que, desde este punto de partida, Agamben desarrolla en “El uso de los cuerpos” (Homo sacer IV,2) no su posición ante un dilema propio, sino la incómoda posición de Kafka y muchos años después la de Foucault. El malentendido es antes deshecho por el propio Kafka, y es Agamben quien lo extermina: “no son la justicia o la belleza las que nos conmueven, sino el modo que cada uno tiene de ser justo o bello, de estar afectado por su belleza o su justicia”.
Extrañas fuerzas convergentes Kafka y Agamben, Agamben y Kafka. El filósofo no encuentra en la filosofía una más alta comprensión del lenguaje como instrumento para describir al homo sacer, al hombre en su desamparado páramo exterior. Está claro en la categórica frase de Agamben inscripta en “El cuerpo de la lengua” cuando afirma: “La filosofía es –literal y platónicamente– una parodia –o una autoparodia– de la poesía; no podría existir si no existiera la poesía”. Esta convicción de Agamben debe, estimo, ser juzgada como parte de una línea más o menos visible que atraviesa toda su obra. En esta puede haber clarividencia creativa (¿puede haberla?), saltos temporales, secretas circunvoluciones que lo llevan de la antigüedad a la posmodernidad. Cuánto habrá, y ya no es un interrogante, en Agamben del homo laborans de Arendt. “La obra de arte es la puesta en obra de la verdad del ser”, rememora Agamben que dijo Heidegger. Y sí. Para bien o mal de Arendt, el mismo filonazi que fue, quizá, el mayor filósofo del siglo XX, también dijo: “Toda la oscuridad del mundo no podrá con la luminosidad del Ser”.
Regresemos a la polis, a la ciudad tal como aparece en Aristóteles. Desplazamiento al que nos invita Agamben puesto que cimenta las bases de sus contritas reflexiones, que trasliteran las de Aristóteles, su primer autor: “...vivir según el bien es el principal fin, tanto para todos los hombres en común, como para cada uno por separado. Sin embargo, ellos se unen y mantienen la comunidad política también en vistas del simple vivir, porque probablemente hay algo bueno en el solo hecho de vivir...”. Probablemente. Algo bueno. Prestemos atención a esas palabras para comprender más profundamente estas otras, pronunciadas por Agamben cuando se refiere al procedimiento judicial, a El Proceso de Kafka, a la ley de los hombres, a la verdad y al bien: “al proceso no le interesa la verdad, al proceso le interesa el proceso”. ¿Quiénes sino Kafka y Agamben, los dos abogados, los dos desconcertados y hasta humillados por su condición de abogados, pudieron, uno, escribir una novela sobre el tema y, el otro, dedicar su vida a desmembrarla y traerla hacia nosotros mediado un siglo por mor de la sabiduría?
Tenemos evidencias que vimos estas últimas semanas en el país en que la “Justicia” hizo una revolución para luego sepultarla. Y esto debe quemarnos los ojos hasta la ceguera. Leamos nuevamente uno de los epígrafes que Agamben nos depara: “¿Por qué guardáis juristas, silencio en vuestro deber?”.
En “Auschwitz, el archivo y el testigo”, Agamben debe ser examinado como propone: a través de la poesía que Adorno repudia tras el holocausto. Y es aquí donde nos encontramos ante otro de los accidentes, para mí el más interesante que involucra a estos dos archivistas. Kafka: “Preocupaciones de un padre de familia” (1914-1917). Agamben: “Lo que queda de Auschwitz...” (1998). El personaje ficcional que preocupa a Kafka recibe el nombre de Odradek y es como una bobina de hilo que no dice más que unas pocas palabras y ríe con una risa sin pulmones, rumor de hojas secas. El personaje real de Agamben recibe el nombre de Hurbinek, tiene tres años, es tan frágil como el otro, pero lo hallan en Auschwitz y nadie sabe quién es, de dónde salió. Lo cierto es que el pequeño está enfermo, muriendo y ninguno de los sobrevivientes discierne en qué idioma habla ni de dónde proviene: ¿De Birkenau?, ¿Del bosque que circunda el campo de concentración? La realidad de la ficción, la ficción de la realidad. Una apuesta a la apuesta de Agamben. De “Odradek” aprendemos la compasión, la realidad que mueve la ficción. De “Hurbinek”, que morirá tres días antes de que los aliados liberen Auschwitz, la ficción que mueve la realidad.
Pero es fácil cuando uno aún es un sobreviviente. Los vivos estamos vivimos o eso creemos. Pero lo no estaremos en tanto el Estado de excepción y el capitalismo construyan otro Lager, y otro, y otro, y otro. Mientras estudiantes que reclaman al país que mintió “fraternidad...” y otras consignas por el estilo hagan estallar sus manos por los aires en nombre de la libertad y la igualdad bajo toques de queda, estado de sitio, represión, muerte. Estos temas los ha pensado Giorgio Agamben para nosotros y por nosotros. Y un tomo de un blanco impoluto y 1432 páginas da cuenta de ello.
28 de octubre, 2026

Homo Sacer. Edición integral (1995-2015)
Giorgio Agamben
Traducciones de Edgardo Castro, Flavia Costa, Ivana Costa, María Teresa D'Meza Pérez, Rodrigo Molina- Zavalía y Mercedes Ruvituso
Adriana Hidalgo, 2026
1432 págs.