Estamos en el año 2119. Thomas Metcalfe es un académico de la Universidad de los South Downs especializado en literatura de los siglos XX y XXI –más precisamente, en el período que va de 1990 a 2030–, y su carrera gira en torno a la obra del poeta Francis Blundy. Metcalfe consagra sus días a la búsqueda de un poema perdido, Una corona para Vivien, que el escritor le dedicó a su esposa y leyó, durante una cena que reunió a algunas de las luminarias de su época, en el lejano 2014. Desde entonces el poema se volvió célebre, hasta legendario, aunque nadie después de ese encuentro pudo volver a leerlo o siquiera corroborar su existencia. Y la mujer a quien estaba destinado, Vivien Blundy, una académica brillante devenida ama de casa e inspiración del poeta, es, como el poema mismo, objeto de su obsesión.
Por su parte, el mundo de Lo que podemos saber es el que quedó después del desastre ambiental: un planeta en buena medida cubierto por el agua, donde el aire conserva vestigios radiactivos, la diversidad animal y vegetal es escasa y el chocolate o el vino son bienes suntuosos. Un mundo en el que los desplazamientos son limitados y en el que la capacidad técnica de internet y el archivo digital de la humanidad se preservan principalmente en Nigeria, país que, tras las grandes inundaciones, alcanzó un notable desarrollo tecnológico y económico. Y, sin embargo, todavía existen las universidades, los académicos y los archivos; también, como no podía ser de otra manera, las rivalidades académicas, que sobreviven casi intactas a la catástrofe.
En esta novela Ian McEwan elabora un futuro distópico, tal vez para nosotros no tan difícil de imaginar, ya que se nutre de los conflictos que nos persiguen desde hace tiempo: el calentamiento global, la escalada de la violencia internacional, las guerras, el consumo desmedido, la falta de conciencia ambiental. A su vez, nuestra cotidianidad, resguardada por dos siglos de fotografía fija y cien años de soportes digitales, puede estudiarse con facilidad. Es el sueño de todo investigador, ya que se han preservado registros minuciosos, casi infinitos, de sus existencias digitales: los registros audiovisuales de las conferencias y charlas que dieron, sus correos electrónicos, sus mensajes personales, sus listas de compras, sus llamadas telefónicas. Aun así, en esa proliferación de datos e información, donde nada parece escapar al registro, sigue habiendo un intersticio por el que algo de lo fundamental se pierde o, sencillamente, no puede conocerse.
Sobre ese intersticio McEwan construye una trama de misterio cuyo centro es el poema. De qué se trataba, cómo era, qué tenía para revelar: esas son las preguntas que mueven a Metcalfe, un investigador enamorado de su objeto de estudio –y acaso también de la propia Vivien– y entregado a una búsqueda que lo lleva más allá de las bibliotecas, hacia un terreno casi inaccesible, en una aventura digna de Indiana Jones. La reconstrucción de aquella cena en la que se leyó el poema, de los vínculos entre los invitados y de la relación entre Francis y Vivien Blundy avanza al ritmo de los hallazgos, las conjeturas y los desvíos de la investigación, hasta que emergen voces y sucesos inesperados y todo aquello que el académico creía saber deja de ser lineal, cristalino y simple.
El epígrafe con el que se abre la novela pertenece a Richard Holmes, célebre biógrafo británico, y anticipa algunos de los interrogantes que plantea el libro: qué podemos saber del pasado a través de la indagación biográfica, qué dicen las vidas sobre su contexto histórico, social y cultural, cómo nos relacionamos con lo que pasó. En uno de sus libros más leídos, Huellas: tras los pasos de los románticos, Holmes relata cómo recorrió, pueblo por pueblo y a través de antiguos caminos rurales, la travesía de Robert Louis Stevenson por el sur de Francia, que el escritor narró en Viajes con una burra por los montes de Cévennes. Allí describe también la desazón que sintió cuando comprendió que no podría acompañarlo hasta el final, ya que uno de los puentes por los que Stevenson había cruzado estaba destruido. “Estaba fuera de mi alcance en el tiempo, y esas ruinas eran la auténtica, triste señal”, se lamenta Holmes. Algo semejante descubre Metcalfe frente a esos muertos que conoce tan bien y, a la vez, tan poco.
En ese futuro, las acciones de nuestro presente arruinaron el mundo tal como lo conocemos. Las generaciones más jóvenes desdeñan nuestra época: solo les interesa lo nuevo y rechazan la historia y la tradición literaria y cultural. ¿Por qué tendría valor conocer un pasado que nos trajo hasta aquí?, se preguntan. Y podría agregarse: ¿cuál es la utilidad de la literatura y las Humanidades cuando ya pasó lo peor? La obsesión de Metcalfe por el pasado, que puede parecer fútil o carente de sentido, es la que lo lleva a descubrir un secreto guardado durante más de un siglo y a desenterrar las vidas, los pesares, las luces y las sombras de los protagonistas de una época ya lejana. Quizás una posible respuesta a esas preguntas esté en estas palabras de Vivien: “La mayor parte de la vida es olvido. Rescatar fragmentos del pasado sería reivindicar una existencia mayor”.
28 de octubre, 2026

Lo que podemos saber
Ian McEwan
Traducción de Eduardo Iriarte
Anagrama, 2026
384 págs.
Crédito de fotografía: Jeff Gilbert.