Los seis relatos de La tormenta, el nuevo libro de Cynan Jones, están protagonizados por hombres. Hombres con miedo o, más bien, con desasosiego. El estilo lacónico, seco y salpicado de ruidos intensifica ese desasosiego. Estos cuentos se oyen. Hay quien dice que Jones es un escritor para escritores por su economía, precisión y atención a lo no dicho. Eso podría dar a entender que se trata de una lectura difícil. No es así, o no del todo: La tormenta resulta, paradójicamente, en algunos aspectos, más accesible para el lector en castellano que el texto original para el anglófono. No es casual. Matías Battiston –autor, además de traductor, de una obra que reflexiona justamente sobre esa tensión– replica los neologismos onomatopéyicos en cursiva que Jones inventa, pero resuelve uno de los desafíos más ingratos del original sin que se note el esfuerzo: los términos galeses que Jones deja sin traducir, Battiston los restituye en notas al pie. Le aporta al lector en castellano lo que el anglófono no tiene.
La tormenta responde a la frase atribuida a Tolstói: «quien conoce la propia aldea conoce el mundo». Esta sería galesa; rural o de pueblos chicos. Los protagonistas están expuestos a intemperies heladas, agrestes e implacables, como a un personaje recurrente, despiadado, que no les permite esconderse de su soledad. Y, por ende, de su vulnerabilidad. Battiston lo exalta; de eso parece hablar el cambio de título. En inglés se titula Pulse, una palabra que reúne sentidos que en castellano separamos: es latido, es señal corta y repetida, es ritmo vital y es impulso eléctrico o sonoro. Como verbo, to pulse significa latir, palpitar o vibrar rítmicamente. Jones la usa de manera reiterada a lo largo del libro, sobre todo en el último cuento, que lleva ese título. Pulso no alcanza. Battiston eligió La tormenta y así decidió anclar lo vital en algo que, en ese relato, como eco del libro entero, la naturaleza expone. Si es una pérdida, también es una honestidad: el libro va justamente hacia el desamparo humano que el clima implacable hace evidente.
Respecto del lenguaje sucinto y preciso de Jones, con frases cortas y párrafos de dos líneas y extremado aquí en comparación con sus libros anteriores publicados por Chai, deja a los lectores completar lo no dicho, aunque muchas veces tengamos que adivinar. Casi nunca sabemos qué ocurrió y parece que los propios personajes tampoco lo comprenden del todo. Esa opacidad genera tensión: seguimos leyendo para reconstruir una historia que, como un poema, el relato no nos ofrece completa. En el primer cuento, “Peregrino”, dos hombres se acercan de noche en un bote a un acantilado; ignoramos por qué hasta que el relato avanza bastante. Uno va a colgarse de una soga y recuerda haber visto, el día anterior, a un chico que parece el fantasma de otro al que le hizo bullying en la escuela y que se habría suicidado. El pasado también regresa en “Los renos”: un hombre que vive aislado en un refugio de montaña nevada sale a cazar al oso que está causando estragos en las granjas vecinas. El hombre carga con el peso de algo que habría hecho, y su angustia, en un giro final, borronea la realidad de la fantasía. En “La vaca”, una pareja a la que el test de fertilidad acaba de darle negativo llega a la granja de los padres de ella en plena parición de ganado: la textura áspera del lenguaje, con diálogos fragmentarios y cifrados, lleva al límite la teoría del iceberg hasta hacernos dudar sobre el deseo –o el miedo– de paternidad de esa pareja que debe asistir partos de animales, dar mamaderas, ver morir a un ternero recién nacido frente a la estupefacción de la madre.
El austero mundo agreste galés de Jones (salvo, acaso, en “Los renos”, que parece transcurrir en en Noruega o Suecia) es un campo de trabajo marcado por el riesgo, el esfuerzo y el aislamiento. “El inventario”, el relato más largo, sobre un hombre a quien no se le permite acercarse a su exmujer y a su hija, muestra un mundo rural vencido por la modernidad. Es el más político: al hombre le desespera que la capilla esté siendo convertida en casa de campo y la escuela local en estudio de arquitectos, y piensa: “la gente necesita ver que si las cosas no paran, todo va a desaparecer y no va a quedar nada”. En “Cuadrados blancos” también hay un hombre con una orden de restricción. El hombre, a su vez, quebrado por el divorcio de los suyos, busca una manera insólita de mejorar su relación con su hijo. Aquí, como en los otros cuentos, la infancia es un tiempo de agresión y sufrimiento que produce adultos rotos. En el último cuento, “La tormenta”, una tormenta amenaza con derribar un árbol sobre el tendido eléctrico que cruza el techo de la casa. Acá todo está interconectado: personas, familias, árboles, vientos fuertes y lluvias furiosas. Hay un bebé y la casa no está preparada para la embestida de una de esas tormentas que antes ocurrían una vez cada veinte años y ahora cada año. La naturaleza es la agresora: impone lo inmanejable de un destino que nadie controla. No hay distancia de rescate.
La prosa de Jones, entonces, retacea: confía en un lector muy atento, que no solo va tras una historia, sino que la siente, y el sentimiento más presente es el miedo. Además, la perspectiva es inestable y no nos permite apoyarnos en una subjetividad. Esa ambigüedad alimenta la incertidumbre. Y algo fascinante: junto al desasosiego de esos hombres, por debajo de las líneas, el sufrimiento infantil recorre el libro como una corriente subterránea: niños expuestos al daño y adultos a quienes la infancia todavía alcanza. Dice la última oración de “Peregrino”, como dicha por los halcones que defienden el nido al que le quieren robar los huevos: “dejen a nuestros hijos en paz”.
21 de octubre, 2026

La tormenta
Cynan Jones
Traducción de Matías Battistón
Chai, 2026
168 págs.
Crédito de fotografía: Murdo Macleod.