El soviético Lev Ivánovich Yashin es una leyenda del fútbol mundial, para muchos el mejor arquero de la historia. Fue, por ejemplo, el único arquero que ganó el balón de oro. Durante toda su trayectoria profesional, Yashin atajó siempre para el Dynamo de Moscú, en el que ingresó en 1949, a los 20 años. También fue arquero de la selección de la URSS, con la que jugó los Mundiales de 1958, 1962 y 1966, y con la que ganó en 1960 la Eurocopa, el máximo torneo alcanzado por esa selección. Por su vestimenta habitualmente negra y porque sus manos parecían multiplicarse y llegar a todas las pelotas lo apodaron "La Araña Negra". Yashin se retiró del fútbol profesional con más de 40 años y con una sola mácula en su trayectoria, la de ser el único arquero al que le hicieron un gol olímpico en un mundial de fútbol.
Yashin nació en 1929, doce años después de la Revolución rusa y a solo siete de la creación de la URSS en 1922. Murió en 1990, a los 60 años, cuatro meses después de la caída del muro de Berlín y solo veintiún meses antes de que su país dejara de existir, algo que acaso supo vislumbrar (desde 1985, Gorbachov lo gobernaba letalmente a base de perestroika y glasnost). Podría decirse entonces que la vida de Yashin está inextricablemente anudada con la breve pero intensa historia de su país. Un dato más sobre Yashin: en la década de 1960, estuvo dos veces en la Argentina; en las dos ocasiones, la selección soviética jugó partidos amistosos con la selección argentina en el estadio Monumental.
Paso, ahora sí, a esta novela en cuyo título se menciona a Yashin, que se retiró del fútbol en 1971, el mismo año en el que, según lo informa la solapa, nació Florencia Calvo, la autora.
Los guantes de Yashin está protagonizada por una mujer que, en el presente de la narración, atiende un negocio de artículos deportivos en un pueblito perdido de la provincia de Buenos Aires, donde vive recluida. En el comienzo, la necesidad de hacer el balance anual de su negocio la lleva a encontrarse, en un lugar en el que no debía estar, con un viejo prendedor del Dynamo de Moscú. El prendedor le pincha el dedo, la “altera” y la obliga a rememorar su vida. Aunque con más precisión habría que decir que lo que hace la protagonista no es tanto rememorar su vida sino exhumarla: desenterrar del patio de su casa una caja en la que guardó, mucho tiempo atrás, varios suvenires de una experiencia definitiva, ocurrida cuatro décadas atrás. Esa experiencia es su viaje a la URSS y los avatares de su accidentada participación como arquera de la selección argentina en un improbable –más adelante quedará claro por qué uso este adjetivo– mundial de fútbol mixto que allí se habría realizado. Yashin ocupa un lugar a la vez protagónico y fantasmático en ese pasado, ya que la vida de esta mujer cambió para siempre una “mañana plateada” de noviembre en la que vio al arquero soviético a la distancia, como un espejismo o una ilusión óptica, mientras él entrenaba en el estadio Monumental. Esa mañana, Yashin le habría hecho un “gesto con la mano” en el que ella quiso leer una “revelación”: “Las líneas confluían para formar el dibujo de una nueva vida que nacía esa mañana plateada”.
Desde el pinchazo inicial, y como era de esperar en una novela protagonizada por una arquera, las manos son fundamentales en Los guantes de Yashin. De hecho, toda la evocación del pasado que se desarrolla en una buena parte del libro es prioritariamente táctil, anclada en objetos que la protagonista manipula con delicadeza, como si temiera lastimarlos. Menos que volver a ver su pasado, la protagonista vuelve a tocarlo; se trata de una memoria táctil: “Mis recuerdos, mis únicos recuerdos, son estos de la caja, extendiéndolos sobre la mesada, sacándoles el polvo y volviéndolos a tocar”.
Los guantes de Yashin es una novela hecha de manos y de objetos, una novela atenta a la materialidad del mundo de la que uno sale recordando con la misma intensidad no solo unos personajes y unos hechos sino también unas cosas: unos guantes, por supuesto, pero también un prendedor, un casete, unas palas, el asiento giratorio de un piano, un walkman o un puñado de esas bolitas de goma Eva que forman el césped sintético de las canchas de fútbol 5. Un ejemplo más de esa memoria táctil. Cuando la protagonista reconstruye el tortuoso itinerario del vuelo que la llevó, en “un gigante con poca autonomía de vuelo”, de Buenos Aires a Moscú, busca un globo terráqueo que tiene en su biblioteca y “aviva” ese itinerario con el dedo índice: “Paso el dedo por la suciedad que lo cubre y marco el itinerario, queda el camino como una línea limpia que aviva los colores de los océanos, las llanuras y las montañas”.
Pero todas esas cosas concretas que habitan Los guantes de Yashin son parte de un mundo vagamente irreal, por momentos anacrónico. En principio, uno sospecha que ese mundo por lo demás verosímil es uno creado por la autora con elementos del mundo real, si es que tal cosa existe, para que su protagonista, una mujer distinta que desde niña no se adecuó a las normas, a lo que esperaban de ella, pueda tener una vida más o menos plena. Pero a medida que la novela avanza y la trama se retuerce barrocamente, la sospecha empieza a ser otra, mucho más inquietante. ¿Los hechos que evoca la protagonista realmente ocurrieron o son el producto de una mente fantasiosa que conjura con su imaginación una realidad insoportable?
En Los guantes de Yashin, aquí y allá, hay varios datos que apuntalan esas sospechas: duplicaciones, paralelismos, repeticiones, ligeras diferencias respecto de unos mismos hechos que la protagonista cuenta más de una vez, imágenes que se espejan unas en otras. Pero entre todos esos datos hay uno que resulta inapelable: el vínculo intenso, casi bovariano, que la protagonista confiesa mantener con la ficción, y en especial con dos novelas –Jane Eyre y Crimen y castigo– y con dos películas –Starlet y Pasaron las grullas– a partir de las cuales parece modelar su vida. ¿En qué medida, entonces, todo lo que ocurre en Los guantes de Yashin es una ficción compensatoria, una novela que la protagonista se hace a sí misma para soportar o eludir una realidad que la abruma o la expulsa? En otras palabras: ¿cuál es el estatuto de los hechos que se narran en esta novela?
Los guantes de Yashin es una novela sobre fútbol y una sobre la URSS. Es, podría decirse, una doble novela soviética: la novela soviética de la protagonista y la novela soviética de Florencia Calvo. Y digo “novela soviética” porque la URSS de Los guantes de Yashin no es tanto un país con una historia específica y documentada como un espacio imaginario y hasta una mitología que colapsó: “un universo que ya no existe, un sistema solar detonado”. Al igual que los recuerdos de la protagonista, la URSS de esta novela tiene un estatuto ambiguo. Ambos participan, para decirlo con Gilles Deleuze, de las “potencias de lo falso”.
Entre los tangos sobre el fútbol, el más conocido y seguramente el mejor es “El sueño del pibe”. En ese tango compuesto hace más de 80 años un “pibe” humilde recibe la citación para probarse en un club y esa noche, entusiasmado por la noticia, sueña que jugará en primera y, en su debut, marcará, en el último minuto, el gol con el que su equipo se impondrá al rival. Cuando el tango termina con ese gol con el que el pibe “quebró el marcador”, lo único real –lo único cierto– sigue siendo la pobreza de esa casa con un padre ausente y una madre que lava ropa ajena en un “piletón”. No obstante, la gracia del tango reside en que quien lo escucha olvida esa realidad y, como el niño, la reemplaza por lo que es solo sueño y, por lo tanto, deseo. Como en el tango compuesto por Reinaldo Yiso y Juan Puey, acaso casi todo lo que evoca la protagonista de Los guantes de Yashin no sea nada más y nada menos que un sueño de la protagonista: el “sueño más lindo que pudo tener”. No obstante, sobre el final, las alucinaciones y los deseos de esta mujer parecen empezar a tener algún correlato con la realidad. En las páginas finales, una madre soltera y su padre ferretero, un equipo femenino de fútbol 5 y alguna vecina chismosa parecen ofrecerle la posibilidad de formar parte de una comunidad, de salir de su ensimismamiento, de tener un lugar en el mundo.
La protagonista escribe muchas veces la expresión “vida nueva”. Además del fútbol, además de la URSS, ese es otro tema que, como pregunta, recorre la novela: ¿cuántas “vidas nuevas” puede tener una persona? Entiendo que la respuesta que a esa pregunta da Los guantes de Yashin es que esas vidas pueden ser tantas como esa persona se atreva a desear. Pero a esa respuesta optimista la enrarece una segunda pregunta: ¿qué lugar tiene la ficción en la concreción de esa posibilidad? Y entonces, ¿hay efectivamente fronteras que deslindan realidad de ficción? Y si las hay, ¿cuán porosas o flexibles son? Se trata de las mismas cuestiones que postula “El sueño del pibe”, con el agregado de que esta novela, y allí radicaría su politicidad, postula la necesidad de que ese sueño, que en el tango es solo de los pibes –el sueño del fútbol–, pueda ser, también, un sueño de las pibas.
Para disfrutar de Los guantes de Yashin no es en absoluto necesario conocer los múltiples intereses que ocupan a Florencia Calvo (investigadora de CONICET, profesora de Literatura Española del Siglo de Oro, arquera...). De todos modos, quien conozca esos intereses (ese es mi caso) los reconocerá como parte de los materiales con los que está hecha esta novela. Pero ese material autobiográfico está aquí manipulado ficcionalmente, transfigurado en otra cosa. La protagonista de la novela y la autora se parecen: ambas, de un modo u otro, gracias a la ficción, se reinventan y acceden a una vida nueva.
21 de octubre, 2026

Los guantes de Yashin
Florencia Calvo
Limbo Editorial, 2026
180 págs.