Con Llamafuegos, Hernán Sottini emprende una tarea riesgosa: continuar la acción del díptico que integran Los siete locos y Los lanzallamas. No se trata de una mera reescritura plagada de intertextualidades y juegos paródicos para la tribuna académica; tampoco de una nueva encarnación de lo que suele entenderse por “arltiano”, es decir, la mera exhibición de ambientes y personajes sórdidos. Alejado del epigonismo tardío y de los gestos paródicos, Sottini parece haber escrito con la certeza de que el estilo de Arlt es inimitable.
En Crítica y Ficción, Ricardo Piglia señaló que Los siete locos está conformada por dos novelas, la de Erdosain y la del Astrólogo. Llamafuegos continúa la segunda, aquella donde la potencia de la ficción se convierte en herramienta de intervención política. El Astrólogo ya no tiene la lucidez ni el vigor físico que tenía en las novelas de Arlt: devino un anciano decrépito, casi ciego, más cerca de la degradación total que de la muerte; sus discursos, atravesados por la derrota y la melancolía, son escuchados por los hijos de Hipólita. En novelas, cuentos y aguafuertes, el autor de El juguete rabioso fundó una Buenos Aires moderna atravesada por fábricas, trenes y bares; Sottini, en cambio, sitúa la acción en un apartado paraje patagónico en el que la naturaleza juega un rol agobiante. No es el único corrimiento: no hay en esta novela recursos del folletín ni escenas que remitan a Dostoievski. En cambio, se despliega una oralidad no mimética que la emparenta con Osvaldo Lamborghini, Ricardo Zelarayán y el primer Luis Gusmán. Así, el lunfardo de principios de siglo XX (“percanta”, “vento”, “sabiola”) está al servicio del extrañamiento lingüístico y no del reconocimiento en clave populista.
Como en las novelas de Arlt, son abundantes las referencias políticas. Pero si en aquellas se abordaban en tanto asuntos de su presente inmediato (la Revolución rusa, el avance del fascismo, el anarquismo, el capitalismo en expansión), aquí, en cambio, aparecen como piezas delirantes del museo del siglo XX. Las referencias a la coyuntura política contemporánea están ausentes, lo que no resulta casual en una novela edificada sobre las formas del distanciamiento. Con sintaxis enrarecida, algunos juegos de palabras joyceanos (“Así, viejo, con ese Cerdosain, Mierdosain o Miedosain”) y una trama opacada por monólogos cruzados, Llamafuegos se inscribe (e inscribe a Arlt) en la tradición del Altomodernismo.
Sottini no pretende la ingenuidad improductiva de continuar sin más las narraciones arltlianas. Los protagonistas apenas pueden reconocerse como versiones exasperadas del original: el Astrólogo es un ideólogo que con suerte puede pensar y hablar; Hipólita, una prostituta atravesada por un deseo sexual desenfrenado que no reconoce la prohibición del incesto. Con monólogos en los que el delirio y la realidad confunden sus límites, ambientada en un bosque que nada tiene de bucólico, la novela recuerda más a las de Ariana Harwicz que a Los siete locos. ¿Puede leerse Llamafuegos sin tener en cuenta las novelas de Arlt como puede leerse el Ulises sin considerar las referencias a la Odisea? Lo cierto es que más allá de las alusiones a Erdosain, las referencias intertextuales y los tópicos que se retoman, la novela configura un universo relativamente autónomo, como autónoma es la lengua que le da forma.
Beatriz Sarlo, Oscar Masotta, David Viñas, Josefina Ludmer: la obra de Arlt fue leída por casi todos los popes de la crítica literaria local. Pero su condición de clásico se asienta en algunas de sus reescrituras (“El indigno”, de Borges, en el que miniaturiza y limpia El juguete rabioso; el borgeano “Homenaje a Roberto Arlt” de Ricardo Piglia) y en el listado interminable de arltianos declarados y conjeturales. La heterogeneidad de sus pretendidos herederos da cuenta de la potencia de una escritura que habilitó (y habilita) caminos múltiples. Llamafuegos eligió uno de los caminos más osados: el de prolongar la vida de los protagonistas de las novelas más importantes de la literatura argentina en una lengua totalmente diferente. Hernán Sottini realiza un homenaje que también es una traición: si Arlt es nuestro gran narrador en prosa, él lo aborda con los ritmos y ambigüedades propios de la poesía.
21 de octubre, 2026

Llamafuegos
Hernán Sottini
Paradiso, 2026
304 págs.
Crédito de fotografía: Masken, Heinrich Hoerle.